30.11.08

Primer Domingo de Adviento: Isaías 63:16-17, 19; 64:2-7; 1 Corintios 1:3-9; Marcos 13:33-37

Empezamos el año nuevo de la Iglesia, de la Nueva Israel (el Ciclo B de las lecturas). No esperamos hasta el primero de enero. Empezamos el nuevo año esperando por, vigilando por, y pensando en la Encarnación: Dios hecho carne por medio del cuerpo de María. La Navidad que esperamos es la Encarnación. Por eso, no se puede ver la Navidad como solamente una conmemoración biográfica como, naturalmente, tenemos la tendencia de verla, como si fuera cosa de celebrar el natalicio de un mero heroe, rey, presidente, u otra figura histórica. La Navidad es un acontecimiento de verdadera historia biográfica-- pero es much más que eso. Esperamos la intervención definitiva de Dios en nuestras vidas y nuestra historia. No hay y no hará otra vez algo de semejante importancia en la historia. Reconocer la Encarnación es implícitamente reconocer la Resurrección y la Segunda Venida de Cristo para juzgar al mundo. Si de verdad es Dios hecho carne, entonces sabemos lo que tiene que resultar.

Isaías nos describe lo que aprendemos por medio de la Encarnación: conocemos a Dios como «nuestro padre» por medio de Jesús. San Pablo, en su primera carta a los corintios, celebra otro resultado de la Encarnación: recibimos en abundancia «dones divinos . . . por medio de Cristo Jesús»; estos dones divinos nos transforman en la conversión. Esta conversión personal es otro resultado de la Encarnación.

En el Evangelio, Jesús nos advierte que estemos sospechosos de la seguridad, de la paz, y de nuestra complacencia en los asuntos de la vida, porque es cierto que el Señor vuelve a cambiarlo todo. No tenemos seguridad ninguna en nuestros planes y en nuestros propios deseos. La Encarnación enseña que Dios ha invadido al mundo y que está determinado en transformarlo por completo cuando vuelva por segunda vez. Por eso no podemos vivir en la ilusión que el mundo que nosotros mismos construimos para nuestro placer es la realidad final. Lo que nosotros construimos tan asiduamente es solamente algo transitorio y temporario. La invasión radical que es la Encarnación y que resultará en una conquista total cuando se acabe el mundo presente lo ha cambiado todo.

23.11.08

Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo: Ezequiel 34:11-12, 15-17; 1 Corintios 15:20-26, 28; Mateo 25:31-46

El Rey del Universo interviene en su universo. Tenemos un libro de la Biblia llamado los Hechos de los Apóstoles. La Biblia entera se puede llamar «los Hechos del Rey». En Ezequiel, el Señor Dios dice que él es quien busca y rescata a las ovejas. En el Evangelio, Jesucristo describe su justicia en la consumación del mundo entero--el Juez viene a juzgar y arreglar. Interesamente, la lectura paulina habla de la resurrección que precede la consumación del mundo. Nuestro Dios no es un mero tema filosófico, un argumento intelectual, una fantasía psicológica. Nuestro Dios es un Dios de hechos, de acontecimientos, de verdaderas intervenciones públicas y privadas. Es el Dios que transforma las situaciones públicas y privadas. Es el Dios de sorpresas que azoran. No es un Dios en una cajita linda llamada «religión» por los hombres--es el Dios Rey del universo. La más grande sorpresa, como nos recuerda san Pablo hoy, es la resurrección de Cristo. Ese hecho confirma que nuestro Dios es el poder y la fuerza que gobierna, juzga, y transforma el universo. Acérquense a ese poder real.

16.11.08

Trigésimo Tercero Domingo del T.O.: Proverbios 31:10-13, 19-20, 30-31; 1 Tesalonicenses 5:1-6; Mateo 25:14-30

La diligencia sobria. Este es el tema de hoy. En Proverbios, vemos una alabanza extraordinaria a la mujer «hacendosa . . . . que teme al Señor». Existen tales mujeres y cuando las encontramos, las Escrituras requieren que ese tipo de mujer sea «alabada por todos». En algunas culturas, familias, y algunos círculos sociales, no se alaba mucho a la gente, sea hombre o mujer. Se guarda el silencio, y se rompe el silencio solamente cuando alguien fracasa en algo. Eso no es la manera bíblica ni cristiana: debemos de consolarnos unos a los otros y a honrar a los que merecen el honor. En Proverbios, se alaba especialmente la mujer activa, diligente, inteligente, y sabia. No es cosa de mujer pasiva o callada. Es cosa de una mujer muy activa y productiva que tiene ámbito para sus talentos prodigiosos.

En la epístola, san Pablo acaba diciendo que nos mantegamos «despiertos y vivamos sobriamente». Quiere decir, todos debemos ser tan diligentes como la mujer que merece la alabanza en Proverbios. La cristiandad no llama a nadie a ser pasivo: eso es típico de las religiones orientales, no de la de nosotros. El cristianismo pone como modelo a la persona práctica y prudente que aprovecha las oportunidades para hacer el bien.

En el Evangelio, Jesús cuenta la famosa parábola de los servidores que explotaron en diferentes maneras al dinero que se le encargó. El único servidor condenado en la parábola es el perezoso que hizo nada con lo que se le había encargado. Otra vez, vemos que el cristiano está obligado a ser diligente. Pero no podemos dejarlo así en una manera tan indeterminada. ¿Diligente para qué? No es diligencia para la vanidad (como nos advierte la lectura de Proverbios), no es diligencia para la seguridad falsa del materialismo (como nos advierte implícitamente san Pablo), y no es tampoco la diligencia falsa del servidor que por resentimiento y miedo busca una falsa seguridad en no arriesgarse (como nos cuenta el Evangelio). Es una diligencia sobria que sabe que lo más importante es el Señor quien nos hizo y quien nos mantiene vivo momento tras momento, el mismo Señor que aparece en la parábola y que vendrá otra vez a este mundo.

9.11.08

Dedicación de la Basílica de Letrán (Fiesta): Ezequiel 47:1-2, 8-9, 12; I Corintios 3:9-11, 16-17; Juan 2:13-22

Se habla en cada lectura de hoy del Templo, del Santuario de Dios. En la lectura del Viejo Testamento, se habla del Templo de Dios revelado al profeta. En la lectura de San Pablo, se declara que cada cristiano es templo del Espíritu Santo. En el Evangelio, Jesús declara que su proprio cuerpo es el Santuario de Dios.

El Templo descrito por el profeta produce agua que nos da árboles con fruta y con hojas que son medicinal. Igualmente el Espíritu Santo es un torrente, un río, de Dios que nos alimenta y nos sana. Con el Espíritu, cada cristiano es un templo que contiene ese río sanador y que nos alimenta. En el Evangelio, vemos que el Espíritu es el espíritu de Cristo que vive en Su cuerpo, el nuevo Templo del Dios Padre. Como cristianos somos parte de ese Templo-Cuerpo de Jesus y compartimos Su mismo Espíritu. Vemos como las Escrituras se comentan y se iluminan unas a otras. Al final de todo, tenemos que contemplar en oración serena estas verdades misteriosas: Jesús es el Nueve Templo que nos da el Espíritu Santo que nos convierte a cada uno de nosotros en templos del mismo Espíritu.

2.11.08

Los Fieles Difuntos: Sabiduría 3:1-9; Romanos 5:5-11; Juan 11:17-27

El católico sigue obrando por sus familiares y amigos que han muerto. Por medio de la oración, el católico, siguiendo la costumbre de la iglesia primitiva, ora para asistir a los difuntos, pidiendo que lleguen a ver la cara de Dios. Creemos que después de la muerte muchos necesitan una purificación antes de ver la plenitud de Dios. Nuestras oraciones ayudan a los que están en ese proceso de purificación. Cuando ya lleguen a ver la cara de Dios, estos mismos difuntos, que hemos asistido con nuestras oraciones, ayudarán a los que quedamos todavía en la tierra. Esto es la comunión, los lazos, de los santos.

En la lectura de Sabiduria, ya se habla de las almas de los justos que están en las manos de Dios. En el Evangelio, Jesús le dice a Marta: «Tu hermano resucitará.» Nos dice lo mismo a cada uno de nosotros. Por eso, como dice San Pablo, "la esperanza no falla . . . ." (Rm. 5:5). Y nuestra esperanza no falla por los fieles difuntos.