26.10.08

Trigésimo Domingo del T.O.: Éxodo 22:20-26; 1 Tesalonicenses 1:5-10; Mateo 22:34-40

Un tema que se puede encontrar, entre muchos otros temas, en la riqueza de las lecturas de hoy es el tema de la objetividad del bien de las otras personas. En Éxodo, vemos el principio fundamental: no explotes al vulnerable--la viuda, el húerfano, el extranjero, al que le prestas dinero. En la carta paulina, vemos a san Pablo declarar claramente a los tesalonicenses: «Bien saben cómo hemos actuado entre ustedes para su bien».

Este tema de actuar para el bien del otro y de no explotar al otro se resume en la lectura evangélica cuando Jesús nos propone los dos mandamientos en que se fundan la ley y los profetas. Existe Dios, la perfección total de la verdad, lo bueno, y lo bello. No es cosa de sentimiento o emoción. Existe objetivamente el único que es Bueno. Y a ese le debemos todo sin excepción: desearlo con todo corazón--quiere decir con todas nuestras intenciones y decisiones más fundamentales, y con toda alma, y con toda mente. Nota que no se excluye la intelectualidad. El cristianismo no es algo anti-intelectual. No podemos abandonar nuestra mente. Dios es la verdad y la sabiduría. Nos llama en forma completamente y totalmente humana: emocionalmente, psycológicamente, e intelectualmente. Nada humano queda afuera.

Entonces viene el otro mandamiento que también se basa en la objetividad, no en el mero sentimiento. Amar al «prójimo como a ti mismo». Cuando una persona se ama a si mismo, busca su bien objetivamente. Es verdad que en muchos casos los defectos psicológicos, la concupiscencia, y la ignorancia nos lleva a dañarnos, pero siempre intentamos buscar lo que creemos ser objetivamente nuestro bien.

Ese criterio ahora se tiene que aplicar a las otras personas. El varón con este criterio no se propone a seducir a la mujer, sino a proponerle la dignidad del matrimonio o la dignidad de la amistad honorable. Los padres no buscan la aprobación de sus hijos, sino asegurar un futuro de verdadera felicidad. Los hermanos mayores se interesan en proteger a sus hermanos menores. El profesor no abusa de sus estudiantes, sino se esfuerza para comunicar efectivamente lo que se ha comprometido a enseñar. El comerciante, el trabajador, el labrador, y el profesional se dedican a servir con calidad sin explotación ninguna. Es un criterio con objetividad que se basa en la existencia verdadera de Dios. Podemos mirar al bien de las otras personas porque creemos que existe Él que es perfectamente Bueno.

Por eso sabemos que en sociedades, familias, y en individuos donde se pierda la creencia en Dios encontramos la maldad sin límites. Se pierde la noción de la objetividad del bien. Entonces el único criterio que queda es el egoísmo y acabamos en comernos como fieras unos a los otros en el relativismo conveniente.

19.10.08

Vigésimo Noveno Domingo del T.O.: Isaías 45:1, 4-6; 1 Tesalonicenses 1:1-5; Mateo 22:15-21

En el Evangelio, la simplicidad astuta de la respuesta de Jesús a sus enemigos todavía es asombrante tantos siglos y siglos después: «Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». En la lectura de Isaías, vemos que es Dios quien permite las conquistas de los reyes. La conquistas romanas se permitieron para tener un ambiente de paz, seguridad, y buenas carreteras en el mundo mediterráneo en cual se difundió rápidamente el evangelio que acabó en conquistar a los mismos conquistadores romanos. Pero no fue solamente cosa de paz, seguridad, y carreteras. Como nos dice san Pablo en la carta a los tesalonicenses, fue por medio del poder del Espíritu Santo, «que produjo en ustedes abundantes frutos».

Con ese panoramo, volvemos a la famosa respuesta de Jesús: «Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Pero ahora nos damos cuenta que todo lo que tenga el César vino primero de Dios. En realidad, todo es de Dios. César es un mero producto de la providencia de Dios. Por eso, en fin, no hay conflicto entre pagar los impuestos a César y darle todo a Dios. Todo es de Dios-- hasta lo que le pertenece legítimamente al César.

12.10.08

Vigésimo Octavo Domingo del T.O.: Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14, 19-20; Mateo 22:1-14

Hoy quiero comentar sobre el tema de la cooperación con la voluntad de Dios. Somos libres en el sentido que podemos cooperar o rechazar a Dios. Todo lo que pasa en el mundo no es por mano de Dios. La maldad viene de nuestro rechazo de la voluntad de Dios en nuestras vidas y también viene por la influencia del diablo en este mundo. Dios permite la maldad porque nos hizo seres dignos de la libertad, pero Dios no es autor de lo malo. Por eso nuestra cooperación es tan importante. Para que se desenvuelva la voluntad de Dios para nosotros tenemos que cooperar.

En Isaías tenemos la fiesta que el Señor prepará para los que cooperan. Los invitados a la fiesta dicen «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara». Los que llegan a la gran fiesta esperaban en Dios por su salvación. ¿En quién o en qué esperamos nosotros para ser salvados? ¿Esperamos en el dinero o en la fama o en el prestigio? ¿Esperamos en una relación romántica? Los que llegan al banquete esperan en Dios para la salvación.

En su carta a los filipenses, san Pablo dice que el tiene fuerza, sea en pobreza o en abundancia, porque todo lo puede unido a Cristo que le da la fuerza. Pablo espera solamente en Cristo para sus necesidades.

En el Evangelio, tenemos la parábola de la boda del rey. No hubo la cooperación de los invitados. Quedaron indiferentes a una invitación real. Es asombrante, pero nosotros los humanos tenemos tremenda capacidad para ser indiferentes. A veces uno se tiene que quedar pasmado de como tantos son indiferentes a lo que les conviene, hasta cuando se le ofrece gratuitamente. Pero así es la cosa. ¿Porqué tanta indiferencia obstinada y obtusa? Creo que viene de la ilusión que no necesitamos a nada más o a nadie más. Es un tremendo error basado en el orgullo y la arrogancia de ser confiados en nosotros mismos. En verdad necesitamos siempre porque somos tan incompletos. Y él que nos completa es Jesucristo. Sin Cristo no podemos hacer en realidad nada que dure. No debemos rechazar la invitación del Rey.

Y la otra verdad que nos llama la atención de la parábola es que el Rey no mantiene la invitación por siempre. Llega un momento de decisión para todos; y si rechazamos la oportunidad, se invita a otros en nuestro lugar.

5.10.08

Vigésimo Septimo Domingo del T.O.: Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43

En el Evangelio, Jesús repite como parábola esencialmente (no exactamente) lo que se contiene en la lectura de Isaías. En Isaías, el dueño de la viña con la torre y el lagar decide destruirlo todo porque la viña no dio uvas buenas: dio solamente uvas agrias. Se condena al pueblo escogido porque muchos cometieron iniquidades. En la parábola de Jesús también tenemos una viña con una torre y con lagar que acaba en ser juzgada por Dios, pero esta vez no por razón de uvas agrias sino por razón que los viñadores mataron al hijo del dueño de la viña. Pero en fín, en ambas situaciones vino la condenación porque no se respetó a Dios el dueño de las dos viñas.

Aquí se habla del juicio y de la condenación de Dios. Hemos hecho en muchos casos de Jesús una figura de debilidad. Pero en el Evangelio vemos a un Jesús con autoridad que se tiene que respetar y temer porque anuncia el juicio de Dios a los hombres. Obviamente no es cosa de temer a algo malo sino de temer a lo que es perfectamente bueno que exige nuestro respeto, nuestra obediencia, y nuestra reverencia profunda. Jesús se tiene que respetar porque a la misma vez que es perfectamente bueno y compasivo es también omnipotente y exigente y rechaza lo malo. Jesús perdona pero también juzga.

Si queremos evitar ser uvas agrias y viñadores rebeldes, debemos de adaptar nuestras vidas al programa de vida descrita por san Pablo en la carta a los filipenses. El programa de vida del cristiano es presentar a toda necesidad y preoccupación a Dios en la oración con gratitud por todo, sea algo pasado, presente, o futuro. Y se nos promete que ese programa de vida nos quitará la inquietud y nos dará paz en esta vida. Para abandonarnos asi a Dios tenemos que reconocer que la paz de Dios sobrepasa toda nuestra inteligencia. Muchas cosas que nos pasan no entendemos, pero en la entrega total a Dios tendremos la paz. No se tiene que entender todo para recibir la paz de Dios en esta vida. Con fe en la providencia de Dios, seremos uvas buenas y viñadores obedientes al dueño de la viña.