24.2.08

3er Domingo de Cuaresma: Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2, 5-8; Juan 4:5-42

Vamos a empezar con el Evangelio. ¡Qué encuentro! Jesús se atreve a tratar a una raza odiada por los judíos. Jesús se atreve a hablar con una mujer. Jesús le pide un favor a la mujer. Y se interesa en la vida de la mujer samaritana. Le hace la pregunta clave que revela el problema de su vida: el hombre que tiene no es su marido. Y por el poder del Espíritu Santo la mujer dice la verdad. Una vida de confusión y mentira acaba en la confesión de la realidad que el hombre que tiene ahora no es su marido. Ahí en esa confesión verdadera empieza su conversión y su misión evangélica.

Nosotros también tenemos que enfrentar la verdad en nuestras vidas. La verdad es la realidad. Cristo no nos llama a escapar la realidad, sino a ver por primera vez la realidad de nuestras vidas y vivir en esa realidad. La mujer samaritana se dio cuenta de la contradicción central de su vida y cambió. La verdad es realismo. El cristianismo nos llama al realismo. En la sociedad, hay cierta idea que el cristianismo es una fantasía que no refleja las dificultades de la vida. Al contrario, somos nosotros, en una cultura sin Dios, que tapamos la verdad de nuestras vidas. Cristo nos abre los ojos.

En el libro del Éxodo, Moisés le abre los ojos a los israelitas dudosos de la providencia de Dios cuando produce agua de la piedra. San Pablo habla que la muerte de Jesús por nosotros «cuando aún éramos pecadores» prueba el amor de Dios. Ese mismo amor que iba acabar en la muerte le abrió los ojos con sus preguntas insistentes a la mujer samaritana. Y hoy nos abre nuestros ojos a la verdad, a la dignidad, y a la esperanza que tenemos en Cristo.

17.2.08

Segundo Domingo de Cuaresma: Génesis 12:1-4; 2 Timoteo 1:8-10; Mateo 17:1-9

Abram hizo algo extraordinario. Recibió promesas ambiguas de un Dios que en verdad él no conocía muy bien, y dejo su país, su parentela, y la casa de su padre. Lo dejo todo. Hizo el papel de un ridículo. Pero ese ridículo llego a ser el padre de la nación de donde surgió Cristo, el Mesías. Abram es en verdad nuestro padre en la fe porque no tuvo miedo de aparecer ridículo.

San Pablo escribe a Timoteo que estamos llamados a esa misma fe que acaba en entregar y consagrar nuestras vidas enteras a Dios. Esta salvación es por medio de Cristo, el descendiente prometido de Abram por cual todas las naciones son bendecidas.

En el Evangelio, Jesús se reune con los dos grandes profetas de la Vieja Alianza, Moisés y Elías, en la Transfiguración. Jesús es el cumplimiento de la promesa original al patriarca Abram. Ahora conocemos lo que Abram no conocía. Vale la pena dejarlo todo por una promesa tan clara de un Dios que llegó a ser hombre.

10.2.08

1er Domingo de Cuaresma: Génesis 2:7-9; 3:1-7; Romanos 5:12-19; Mateo 4:1-11

Las lecturas nos hablan de la tentación. En Génesis, la primera pareja deja de confiar en la providencia de Dios y se lanza a tomar la situación en sus proprias manos. Por eso comen de la fruta prohibida del árbol del conocimiento del bien y del mal. Además de la desconfianza en lo que Dios planea para ellos, quieren usurpar el lúgar de Dios y llegar a ser como dioses. Finalmente, no quieren obedecer y servir a Dios. Quieren solamente complacerse. Por eso acaba que el primer hombre y la primera mujer ya no pueden confiar en el otro y tienen que cubrir su desnudez. La inocencia y la confianza mutua se acaban.

Pero en el Evangelio, viene otro hombre, Jesús, que resiste las mismas tentaciones del mismo diablo. Jesús confía en Dios para aliviar su hambre y no se atreve a tomar la situación en sus proprias manos en desconfianza de la providencia de su Padre. Jesús no se atreve a manipular al Padre como le pide el diablo hacer si se tira de la altura del templo. Jesús no se atreve a someterse al diablo porque sabe que se tiene que servir solamente al Padre. Jesús lo hace todo en una manera opuesta a la primera pareja humana.

Por eso san Pablo puede decir con confianza que la obediencia del Segundo Adán nos hace justos y por eso empezamos a recobrar poco a poco la inocencia perdida-- una inocencia que tendremos en su plenitud cuando se renova todo el mundo a la segunda venida de Cristo.

3.2.08

40 Domingo del T.O.: Sofonías 2:3; 3:12-13; 1 Co. 1:26-31; Mateo 5:1-12

En el profeta Sofonías se habla que «los humildes de la tierra» serán protegidos por Dios. San Pablo escribe en la primera carta a los corintios que «Dios ha elegido . . . a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes». Todo apunta al Evangelio cuando Cristo dice en las bienaventuranzas que «Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra» (Mateo 5:4).

Los mansos no son simplemente los débiles. El erudito escocés William Barclay hizo, hace años, un análisis de la palabra griega (prautes) que se traduce como «los mansos». El concluyó que el manso es también una persona de fuerza. Él notó que las Escrituras llaman a Moisés el hombre más manso o humilde de todos los hombres (Números 12:3). Barclay indica que ese mismo Moisés era un líder fuerte como saben todos que han leído el libro del Éxodo. El mismo Jesús era manso y también de muy fuerte carácter como nos indican los Evangelios en muchas ocasiones.

Barclay nos explica en su libro que el manso es la persona que se puede controlar sus pasiones y que sabe cuando se debe de actuar propiamente con ira (Barclay, Flesh and Spirit, p. 120). El manso se controla pero también sabe actuar en una manera decisiva.