28.12.08

Sagrada Familia: Sirach 3:2-7, 12-14; Colosenses 3:12-21; Lucas 2:22-40

En el Evangelio,vemos la presentación del niño Jesús en el Templo por sus padres que cumplen la ley de Dios que exigía presentar el primer hijo varón como consagrado al Señor. Es el primer hijo y será el primero en todo, incluso la resurrección. Y ahí se encuentran con dos profetas inspirados y guiados por el Espíritu Santo: Simeón y la profetisa Ana, dos ancianos. Cuando llegua Jesús, la profecía surge de nuevo. Donde Él está presente, surge la profecía que lo celebra y lo apunta para todos los oyentes. Pasa así todavía hoy: cuando Jesús está presente, especialmente antes de la Santa Eucaristía pero también en los grupos de oración, el Espíritu Santo nos inspira otra vez a hablar palabras proféticas que proclaman la identidad de Jesús como el Señor y el Salvador. Esos padres humildes cumplieron la Ley de Dios acerca de su hijo y así cambió el mundo.Siempre respetaron y cooperaron con la vocación especial de ese Hijo, una vocación que vino de Dios y no de ellos mismos.Tuvieron la humildad de permitir que la vocación divina descrita por los dos profetas ancianos se pudiera realizar. Se quitaron del medio.

A tales padres se le da fácilmente el respeto y la honra como se manda en el libro de Sirach que amplifica el mandamiento dado por Dios de honrar a nuestros padres. San Pablo en su carta a los colosenses nos indica las virtudes que crean una familia en «perfecta unión»: amor, compasión, magnanimidad, humildad, afabilidad, y paciencia. La mujer debe de respetar al marido. El marido debe de amar la mujer y no ser rudo con ella. Los hijos deben de obedecer. Y los padres no deben de exigir «demasiado a sus hijos, para que no se depriman». El último consejo es de una importancia particular, especialmente cuando los padres quieren usar sus hijos como un medio de alcanzar sueños de éxito que no han podido lograr en sus propias vidas.

Se trata de una tendencia a usar los hijos como instrumentos de grandeza personal. Es un error fatal. Un hijo no es un instrumento para satisfacer nuestra vanidad. Un hijo es un don de Dios que tiene su propia y única vocación independiente de las ambiciones frustradas de los padres. Y también un hijo no tiene que ser perfecto. Tiene que ser aceptado como Cristo mismo nos acepta a nosotros en la diversidad de nuestras personalidades defectuosas. Esto no quiere decir que no se condena el pecado: el amor verdadero requiere siempre hablar claramente la verdad acerca de algo tan importante como el pecado. Pero se tiene que aceptar las diferencias inocentes de personalidad y de interés que no tienen relación al pecado.

Los padres que ponen a los hijos primeros y que aceptan a sus hijos como individuos con un destino nuevo lograrán, tarde o temprano, el respeto y la honra de esos mismos hijos. Pero si los padres no actuán como padres que les enseñan la verdad a sus hijos y que les dan consejos cristianos, entonces habrán complicaciones en el futuro. Si en la familia cada uno, como manda san Pablo, hace su papel debido, no habrán complicaciones en las relaciones familiares. Pablo nos describe un círculo de virtud entre los familiares mismos que acaba en la paz y no en conflictos, resentimientos, y divisiones.

1 comentario:

Tu Agenda Musical dijo...

Es Navidad!

Para ti y cada uno de tus seres queridos va mi saludo de Navidad hecho canción, haciendo un solo corazón en la ternura e infinito Amor de nuestro Niño Jesús...

Mis deseos de Paz y Amor para esta Navidad se extiendan en el nuevo Año 2009...

Este episodio especial de Navidad son 28 minutos de música, recuerdos y reflexiones ...

¿Qué tal si hechos un corazón le cantamos llenos de alegría al niño Jesús que nace para quedarse con nosotros PARA SIEMPRE?

Con amor.

Luisa Veyan S.
Lo puedes escuchar en: http://levantateysalacaminar.podomatic.com/