28.9.08

Vigésimo Sexto Domingo del T.O.: Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32

Tenemos que alegrarnos que Dios perdona a los pecadores que han destruido a sus proprias vidas precisamente porque somos nosotros esos mismos pecadores. La justicia de Dios no se puede separar de su misericordia. Por eso en Ezequiel se conecta intimamente la contrición con la justicia de Dios. Con la conversión viene la justicia misericordiosa. Pero sin arrepentirse quedamos condenados por nuestra propia mano.

Pablo le escribe a los filipenses como Jesús se humilló para salvarnos. Esta lectura se tiene que leer repetidamente para entrarla en lo fondo. Nosotros tenemos que abandonar el orgullo, la ilusión, que sabemos aparte de Dios como vivir la vida. Tenemos que admitir nuestra ignorancia y pedir perdon a Dios y, si es práctico, a los que hemos dañado en nuestro egoísmo.

En el Evangelio, Jesús se lo dice en una manera alarmante a los que están satisfechos: los peores que se arrepientan se han adelantado. Por eso el sacramento de la confesión es tan esencial. Tenemos que humillarnos y admitir que no somos tan perfectos, tan sabios, y tan buenos como pensamos. Esa complacencia es una ridiculez. Tenemos que alarmarnos para conocer la verdad: necesitamos que confesarnos regularmente para seguir saliendo del egoísmo y la ilusión de ser tan buenos. Noten bien que la confesión sacramental es una alarma evangélica.

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