14.9.08

La Exaltación de la Santa Cruz: Números 21, 4-9; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17

En el Viejo Testamento, Moisés levanta la serpiente de bronce en un palo para curar a la gente sufriendo los castigos de su pecado (Nm 21, 9). El significado completo de este acto profético no se conoce hasta que Cristo mismo lo anuncia en el evangelio: "Y como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga en él la vida eterna" (Jn 3, 14-15). Pero hasta San Pablo no llegamos a conocer la significación plena de la cruz:
Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.

Flp 2, 5-8 (Nueva Biblia de Jerusalén).

Aquí esta el secreto de la vida cristiana de todos nosotros: tenemos que sacrificarnos en humildad para resuscitar de nuevo. Como dijo nuestro Señor: "Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará" (Lucas 9, 24). Esta verdad profunda y central se repite en cada Eucaristía. En cada misa, vemos el cuerpo roto y la sangre derramada por nosotros. La Eucaristía, el Sacrificio de la Santa Misa, nos llama a imitar a este sacrificio en nuestras vidas. Como dijo un escritor británico, tenemos que volvernos en "pan roto y vino derramado" para salvarnos y para avanzar la salvación del mundo. Los que han vivido la vida cristiana entre los conflictos y el sufrimiento de este mundo bien conocen la necesidad de convertir en esta manera a nuestras vidas en vidas verdaderamente eucarísticas.

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