10.8.08

Decimonoveno Domingo del T.O.: Reyes 19:9, 11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33

San Pablo escribe unas palabras muy sorprendentes en la carta a los romanos. Escribe que tiene «una infinita tristeza y un dolor incesante» que hasta «tortura» su corazón. Y después hasta dice que «aceptaría» verse «separado de Cristo». Esa tristeza, esa tortura emocional, y eso de aceptar hasta la separación de Cristo es todo por el hecho que los israelitas, su pueblo, han rechazado al Cristo, el Mesías.

Como Pablo, nosotros los cristianos no podemos contemplar a los judíos como simplemente otra religión mundial, otro pueblo entre muchos pueblos. La religión judía es una verdadera religión: incompleta pero verdadera. Por eso, tenemos como cristianos un lazo especial con los judíos de nuestro día. Por medio de ellos, vino y viene nuestra salvación. Como escribe Pablo, «de su raza, según la carne, nació Cristo». El cristiano favorece a los judíos.

¿Y por qué? Porque Dios se manifestó a ellos. La lectura de Reyes nos da una instancia de una epifanía del Señor--esta vez al profeta Elías. Jesús sería otro Elías que sobrepasaría la manifestación de Dios dada a los profetas con la sorprendente encarnación de Dios en la humanidad de Jesús.

En el Evangelio, Jesús camina sobre el agua y les dice a los discípulos aterrorizados: «Tranquilícense y no teman. Soy yo» (Mt 14:27). Esa frase «Soy yo» en el griego original es simplemente la frase «Yo Soy» (en el griego «ego eimi»). «Yo Soy» es el nombre de Dios, el nombre revelado a Moisés (Éxodo 3:14). Jesús es el mismo Dios de los patriarcas, de Moisés, y de los profetas. Por eso, siempre seremos espiritualmente judíos, como dijo el Papa Pio XII.