13.7.08

Decimoquinto Domingo del T.O.: Isaías 55:10-11; Romanos 8:18-23; Mateo 13:1-23

En Isaías se habla hoy de la eficacia de la Palabra de Dios. Jesús mismo en el Evangelio cita en detalle las palabras de otra profecía de Isaías: Jesús, la Palabra de Dios, conocía muy bien a las Escrituras. En ese conocimiento bíblico de Jesús, vemos la grandeza de las Escrituras: tenemos en nuestras manos la Palabra de Dios. Se encuentra la Biblia en muchas traducciónes, hasta en traducciónes que se concentran en usar palabras eminentemente claras para que todos puedan entenderlas. Oimos las Escrituras leídas en cada misa, diaria y dominical. Hasta en el «internet», tenemos la Biblia en varias traducciónes e idiomas. Y Dios garantiza que esta Palabra es eficaz.

En el Evangelio, tenemos la parábola del sembrador que es bien conocida y que hasta viene con la explicación del mismo Jesús. Es bueno meditar en las diferentes semillas que cayeron en diferente tipo de tierra pensando en las diferentes etapas de nuestras propias vidas.

Recordamos la etapa cuando la semilla de la Palabra de Dios vino, pero no la entendimos porque nadie la explicó o porque nosotros mismos no quisimos averiguarla. Recordamos tal vez otra etapa de nuestras vidas cuando aceptamos la Palabra con alegría pero por causa de nuestra inconstancia no llegó ha echar raíces. Recordamos cuando la Palabra cayó entre nuestras preocupaciones, nuestras ansiedades, y las seducciónes que la sofocaron. Y también podemos recordar la época de nuestra conversión cuando la Palabra cayó en tierra buena y dió fruto en abundancia. O tal vez todavía esperamos ese momento de conversión.

En la misma vida de la misma persona, hay diferentes etapas con diferente tipos de tierra. La etapa de la «tierra buena» es la etapa cuando reconocemos la eficacia de la Palabra de Dios y cuando con urgencia leemos las Escrituras. Y si leemos las Escrituras con esa urgencia necesaria para entender y con el auténtico reconocimiento que la Palabra de Dios es lo que solamente nos da vida, seremos «tierra buena» que da fruto.

Y entonces empieza la gestación de nuestra gloria al cual se refiere hoy san Pablo. La conversión es un proceso continuo. En ese proceso sufrimos «dolores de parto» hasta «que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo» que se completará en la resurrección del cuerpo en la nueva creación que surgirá cuando vuelva el Sembrador.

1 comentario:

Armando González Virto dijo...

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