3.8.08

Decimoctavo Domingo del T.O.: Isaías 55:1-3; Romanos 8:35, 37-39; Mateo 14:13-21

Vamos hablar del coraje. El profeta Isaías afirma que Dios es la fuente que satisfecha todas nuestras necesidades y todos nuestros deseos. El cristianismo no es cosa de negar los deseos naturales sino de dar la satisfacción verdadera, sana, y permanente a los deseos naturales. Solo en Dios se encuentra la satisfacción de todos los deseos naturales. En Romanos, san Pablo afirma que nada nos puede separar del amor de Cristo. El amor de Cristo es la garantía que la providencia y misericordia de Dios nos dará todo lo mejor y toda satisfacción. Si murió por nosotros, como no va a darnos todo lo demás. Pablo vivió esa convicción cuando enfrentaba las persecuciones que culminaron en su juicio fatal en Roma.

En el Evangelio, vemos el coraje de Jesús mismo después de la muerte de san Juan el Bautista por medio de la maldad del rey Herodes. Jesús primero se dirigió «a un lugar apartado y solitario» después de la muerte de Juan el Bautista. Seguramente entró en oración con su Padre. Esa oración le dió todo lo que necesitaba para ir adelante. Sabía que nada, absolutamente nada, lo podía separar del amor de su Padre. Y siguió adelente y fue a la muchedumbre. Curó a los enfermos y multiplicó los panes y los pescados.

La reacción del miedo tras la muerte de Juan el Bautista hubiera sido retirarse del ministerio. La cautela hubiera aconsejado ya terminar con un ministerio público como el de Juan el Bautista que acabó en encarcelamiento y ejecución. Pero Jesús no quizo ir atrás. Siguió adelante porque sabía que el Padre lo iba a vindicar. Esa vindicación fue la Resurrección de su cuerpo, una resurrección indicada indirectamente por las palabras del mismo Herodes (compare Mateo 14:1-2).

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