27.4.08

Sexto Domingo de Pascua: Hechos 8:5-8, 14-17; 1 Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21

Todas las lecturas de hoy se enfocan en el Espíritu Santo. En los Hechos de los Apóstoles, vemos a los apóstoles en el Sacramento de la Confirmacíon dándole el don del Espíritu Santo a los nuevamente bautizados. Nosotros hemos recibido el mismo don por medio de la Confirmación. Tenemos que abrirnos con fe a ese Espíritu que recibimos para vivir en el Espíritu. La Iglesia primitiva creció explosivamente por medio del poder del Espíritu Santo. Lo mismo tiene que pasar hoy por medio del mismo Espíritu Santo. La Renovación Carismática Católica es una manera providencial de abrirnos más a ese poder del Espíritu Santo recibido originalmente en nuestro Bautismo sacramental y en el Sacramento de la Confirmación.

En la primera carta de Pedro, Pedro, el primer obispo de Roma, el primer papa, exhorta a los cristianos a imitar a Cristo en su muerte y en su glorificación. Nosotros también en el Sacramento del Bautismo hemos muerto con Cristo y resucitado con Cristo a una nueva vida (Romanos 6:4; Colosenses 2:12). Esa transformación se debe al Espíritu Santo. Tenemos que cosechar los frutos de nuestro Bautismo pidiéndole a Dios que derrame su Espíritu en nuestras vidas.

Finalmente, en el Evangelio, Jesús mismo habla del Consolador y del Espíritu de la verdad que nos va enviar. El caos del mundo se explica por la ausencia de este Espíritu de la verdad en un mundo que «no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce». El mundo lo tiene que ver y conocer en nuestras vidas y en nuestra alegría.

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