17.2.08

Segundo Domingo de Cuaresma: Génesis 12:1-4; 2 Timoteo 1:8-10; Mateo 17:1-9

Abram hizo algo extraordinario. Recibió promesas ambiguas de un Dios que en verdad él no conocía muy bien, y dejo su país, su parentela, y la casa de su padre. Lo dejo todo. Hizo el papel de un ridículo. Pero ese ridículo llego a ser el padre de la nación de donde surgió Cristo, el Mesías. Abram es en verdad nuestro padre en la fe porque no tuvo miedo de aparecer ridículo.

San Pablo escribe a Timoteo que estamos llamados a esa misma fe que acaba en entregar y consagrar nuestras vidas enteras a Dios. Esta salvación es por medio de Cristo, el descendiente prometido de Abram por cual todas las naciones son bendecidas.

En el Evangelio, Jesús se reune con los dos grandes profetas de la Vieja Alianza, Moisés y Elías, en la Transfiguración. Jesús es el cumplimiento de la promesa original al patriarca Abram. Ahora conocemos lo que Abram no conocía. Vale la pena dejarlo todo por una promesa tan clara de un Dios que llegó a ser hombre.

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