13.1.08

Bautismo del Señor: Isaías 42:1-4.6-7; Hechos 10:34-38; Mateo 3:13-17

Es impresionante que en las lecturas relacionadas con esta fiesta se manifiesta en forma explícita la Santa Trinidad. En Isaías, habla el Señor, el Padre de Israel, sobre su siervo en cual ha puesto su espíritu. Ese siervo es el mesías real. El espíritu es el Espíritu Santo.

En los Hechos de los Apóstoles, Pedro le predica a los gentiles «cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret» quien Pedro llama «Señor de todos». Otra vez vemos a la Trinidad divina: Dios Padre, el Espíritu Santo, y Jesús. Nota que a Jesús se le llama Señor como en Isaías se le llama a Dios Señor. Es claro que la convicción apóstolica es que Jesús es Dios. Tenemos las tres personas de la Trinidad identificadas y la afirmación que los tres son divinos. Esto es la fuente de la doctrina y dogma de la Trinidad.

En el evangelio, tenemos una manifestación clara de la Trinidad en el bautismo de Jesús. Baja el Espíritu Santo «en forma de paloma», y la voz del cielo declara que Jesús es su Hijo. Al declararlo Hijo, la voz se declara Padre. (Al contrario de ciertos sectores que se declaran «femenistas», no se puede decir que la voz del cielo es «Madre» porque sabemos por el testimonio bíblico que Jesús tiene una sola madre-- la Virgen María.) Y asi tenemos: Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Por eso, al final del Evangelio de San Mateo, Jesús manda a los apóstoles a bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Por eso, la Iglesia reconoce como bautismo válido solamente la aplicación de agua invocando a las personas de la Trinidad. Algunos protestantes han llegado al punto a rechazar la invocacíon tradicional y bíblica de la Trinidad y por eso han abandonado el bautismo auténtico y apóstolico. Pero, gracias a Dios, la majoría de los protestantes todavía mantienen fidelidad al bautismo trinitario, aunque a veces sin darse cuenta de su importancia.

Los católicos si saben el papel clave de la Trinidad en el bautismo. Por eso recordamos frecuentemente a nuestro bautismo cuando nos cruzamos, invocando a la Trinidad, con agua bendita al entrar a nuestras iglesias. Sabemos apreciar esta manifestación central de Dios en la Biblia y en nuestras vidas.

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