25.11.07

Cristo Rey: 2 Samuel 5:1-3; Colosenses 1:12-20; Lucas 23:35-43

El ladrón bueno en el medio de la humillación de Jesús, en el medio de las burlas y los insultos, en el medio de su propia angustia física, en el medio de un momento negro que parecía no terminar, reconoció al rey del universo: «Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí».

Reconoció al rey verdadero de los judíos como decía el letrero sobre la cruz, al descendiente del Rey David de cual habla el segundo libro de Samuel. Reconoció al rey del universo por medio de cual «[t]odo fue creado . . . para él», como dice la carta de san Pablo. Reconoció a Cristo, ungido por Dios como David «para que sea el primero en todo».

¿Cómo fue posible que un criminal condenado en esas circunstancias pudiera hablar del Reino del crucificado? Oí un gran profesor jesuita decir una vez que hasta los cristianos simples hablan palabras de profecía sin darse cuenta. Este criminal arrepentido habló una profecía de cual todavía estamos hablando. En los momentos peores, nosotros también tenemos que estar dispuestos a hablar como profetas.

18.11.07

Trigésimo Tercero Domingo del T.O.: Malaquías 3:19-20; 2 Tesalonicenses 3:7-12; Lucas 21:5-19

En Malaquías y en el Evangelio se habla del «día del Señor», el día de juicio. Tenemos que notar una frase inolvidable en Malaquías referiendose al premio que se dará a «los que temen al Señor». Es una frase que nos pone a pensar en la Hostia consagrada, en la Eucaristía: «brillará el sol de justicia, que les traerá la salvación en sus rayos». Eso es lo que vemos cuando se expone la Hostia en nuestros altares para la adoración eucarísitica. En la Eucaristía, tenemos ya la iniciación de la Segunda Venida de Cristo.

En Lucas, Jesucristo también nos promete en medio de las persecuciones que nos dará «palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes». Cristo otra vez nos aconseja no tener ansiedad y confiar que él nos dará lo que necesitamos.

San Pablo habla duramente a los tesalonicenses que no trabajaban y que pasaban el tiempo «entrometiéndose en todo». Parece que esperando el fin del mundo como inminente, algunos de los tesalonicenses habían abandonado sus responsabilidades. Pablo los llama a vivir vidas ejemplares de trabajo y responsabilidad. Esto nos indica que en el trabajo cotidiano hay un camino verdadero a la santidad que nos completa como seres humanos. Esta es la visión de Juan Pablo II y también de San Josemaría Escrivá, quien fundó la Opus Dei.

11.11.07

Trigésimo Segundo Domingo del T.O.: 2 Macabeos 7:1-2, 9-14; 2 Tesalonicenses 2:16-3:5; Lucas 20:27-38

Hoy se afirma claramente la creencia clave de nuestra fe en la resurrección de los muertos. En la lectura de Macabeos, ya se ve esta fe en la resurrección afirmada por los mártires judíos. Esta resurrección no se trata de una creencia meramente en sobrevivir la muerte. Se trata de la resurrección del cuerpo. Uno de los hermanos mártires dice claramente: «De Dios recibí estos miembros . . . y de él espero recobrarlos». Creen en la resurrección del cuerpo, no solamente en la inmortalidad del espíritu.

En Lucas, Jesús corrige a los Saduceos que rechazaban la resurrección de los muertos. Y también nos instruye sobre el matrimonio humano: el matrimonio humano no se encontrará entre los resucitados. El matrimonio humano es meramente una indicación del amor y de la unión con Dios y con los otros fieles que nos espera en la resurrección. La particularidad del matrimonio humano será sustituido por una comunión más amplia y delectable entre los resucitados unidos en Dios.

San Pablo le habla a los tesalonicenses de su «consuelo eterno» y «feliz esperanza» que «los dispongan a toda clase de obras buenas y de buenas palabras». Ese consuelo eterno y esa feliz esperanza es la resurrección. Creer en la resurrección nos anima a una vida de obras buenas y de buenas palabras. No tenemos la desesperación de los que temen la muerte como el fin de la vida. Sabemos, por medio del testimonio apóstolico sobre la Resurrección de Jesucristo, que nos espera una vida más maravillosa que sobrepasa todos los placeres que hemos encontrado y disfrutado en este mundo.

4.11.07

Trigésimo Primer Domingo del T.O.: Sabiduría 11:22-12:2; 2 Tesalonicenses 1:11-2:2; Lucas 19:1-10


Nuestra vocación es nuestro destino. El escritor del libro de Sabiduría nos recuerda que Dios es nuestro creador, nuestro origen que está sumamente interesado en nuestro destino: «Porque tú amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho; pues si hubieras aborrecido alguna cosa, no lo habrías creado».

San Pablo claramente habla de Dios trabajando para traernos a nuestro destino: «Oramos siempre por ustedes, para que Dios los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder, lleve a efecto tanto los buenos propósitos que ustedes han formado, como lo que ya han emprendido por la fe». Dios es activo en traernos a cumplir nuestro destino.

En el Evangelio, Jesús le da al diminutivo Zaqueo su identidad y destino verdadero. El destino de Zaqueo no era ser ladrón y opresor. El Zaqueo verdadero, creado bueno por Dios, era el hijo justo del justo Abraham, que declaró que daba la mitad de sus bienes a los pobres y que iba a devolver lo que había robado.

Así nosotros tenemos que permitir a nuestro Creador que nos lleve a nuestro destino verdadero. En contraste a las filosofías populares, nosotros solos no podemos hacer nuestro destino. Nos tenemos que abandonar a la voluntad de Dios.