26.8.07

Vigésimo Primero Domingo del T.O.: Isaías 66:18-21; Hebreos 12:5-7, 11-13; Lucas 13:22-30

Isaías es, en mi opinión, el profeta más cercano al Nuevo Testamento. Hoy leemos su profecía que el Señor enviará algunos «como mensajeros . . . hasta los países más lejanos y las islas más remotas». Esa profecía se ha cumplido. Por eso estamos leyendo sus palabras en castellano.

En el Evangelio de san Lucas, Jesús repite la misma profeciá de la evangelización universal: «Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios». Por eso, llamamos la Iglesia «católica» que significa «universal». La Iglesia es la Nueva Israel que se dirige a todos en todos los rincones del mundo.

Esa evangelización universal o católica sigue. Es una tarea difícil y peligrosa. A veces tenemos la tentación de «ensimismarnos», de retirarnos de la battalla y preocuparnos solamente de los asuntos internos de la Iglesia, asuntos que en algunos casos son graves.

Pero san Pablo nos dice hoy que tenemos que aceptar las correcciones y los sufrimientos como disciplina de un Dios que nos ama. Los problemas internos y las dificultades externas de la Iglesia, incluso las dificultades de la evangelización misionera, son correcciones y oportunidades para crecer en la santidad. Esa santidad es la voluntad de Dios que llegaremos a ser plenamente los humanos que debemos de ser. La santidad es la gloria de Dios. Y como dijo un padre de la Iglesia, «la gloria de Dios es el hombre plenamente vivo».

San Pablo nos aconseja que tenemos que enfrentar las dificultades y seguir caminando «por un camino plano, para que el cojo ya no se tropiece, sino más bien se alivie». Es una frase extraordinaria. La reacción natural de un cojo es retirarse del camino. Es nuestra reacción natural en frente de dificultades y angustia. Pero Pablo nos urge al camino y nos instruye que en caminando seremos aliviados y curados.

Por eso la Iglesia, como siempre en medio de dificultades internas y externas, tiene que seguir el camino católico de la evangelización mundial. Y siguiendo ese camino universal se aliviarán las dificultades.

19.8.07

Vigésimo Domingo del T.O.: Jeremías 38:4-6, 8-10; Hebreos 12:1-4; Lucas 12:49-53

En estas lecturas vemos la cara dura de la vida del que sigue a Dios. Jeremías el profeta acaba tirado en una cisterna. Lo colgaron con sogas hasta que se hundió en el fango de la cisterna. En la misma manera, puede uno hoy en Jerusalén entrar en la Iglesia de Gallicantu (donde cantó el gallo para señalar la traición de San Pedro) y se puede ver una pintura grande de Jesús mismo colgando con sogas, bajo los hombros, cuando lo bajaron en la cisterna en la casa del sumo sacerdote que lo había arrestado antes de llevarlo a Pontio Pilato. Jesús cumple en su humillación la misma humillación prefigurada por el profeta Jeremías.

En la carta a los Hebreos, se habla de como Jesús «soportó la cruz sin miedo a la ignominia». El mismo Espíritu Santo que le dió a Jesús la audacia para enfrentar la ignominia sin miedo está a nuestra disposición. En el Evangelio de San Lucas, Jesús mismo habla del «bautismo que tengo que ser bautizado». Se refería a la cruz. También habla Jesús que no vino a traer paz, sino «división». Nosotros si somos otros Cristos, no por nuestros méritos sino por la gracia de Dios, también vamos a tener que enfrentar la ignominia como Jeremías y como Jesús y lo podemos hacer sin miedo por el poder del Espíritu Santo que inspiró a Jeremías y que llenaba a Jesús. También nosotros--si somos otros Cristos--traeremos la división, precisamente porque no se puede enfrentar la maldad sin la audacia de provocar la división. Todo esto es mucho para nosotros que en realidad somos nada. Pero con el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, todo lo podemos hacer, todo lo podemos conquistar, todo lo podemos enfrentar. Y así se hacen las cosas que parecen tan imposibles.

15.8.07

Asunción de La Santísima Virgen María: Apocalipsis 11:19; 12:1-6, 10; 1 Corintios 15:20-27; Lucas 1:39-56

La fiesta de la Asunción de María atrae los ataques de los protestantes que creen que los católicos ponen a María en el mismo plano que Jesucristo. Aunque la definición dogmática de la Asunción de María ocurrió en el año 1950, es una creencia muy antigua de la Iglesia. En ese año, el Papa Pío XII confirmó que María «fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo, al terminar su vida mortal».

En realidad, es, como todas las fiestas de la Iglesia, una celebración cristocéntrica. Leemos hoy en corintios que Cristo «resucitó como la primicia de todos los muertos». Lo que afirmamos en la Asunción de María es que María, la primera cristiana, por medio de Jesucristo es la primera de todos los cristianos que participa en la Resurrección de Cristo. Fue asunta cuerpo y alma: aquí vemos la promesa de la resurrección del cuerpo que es también nuestra. Cristo tiene la prioridad entre todos, incluso María. María tiene la prioridad entre los cristianos.

Y esa prioridad de María se funda en que ella fue la esclava humilde de Dios. En Lucas, oimos otra vez el Cántico de María: «mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava». María reconoce, como nosotros, que Dios es la que la salva. Reconocemos que la mas humilde es la primera que participa en la resurrección del cuerpo.

En la vision de san Juan en el libro del Apocalipsis, vemos a María en su gloria «con una corona de doce estrellas». Tiene esa gloria porque es madre del Mesías. Todo deriva de Cristo.


12.8.07

Decimonoveno Domingo del T.O.: Sabiduría 18:6-9; Hebreos 11:1-2, 8-19; Lucas 12:32-48

El libro de la Sabiduría dice que la "noche de la liberación pascual fue anunciada con anterioridad a nuestros padres, para que se confortaran al reconocer la firmeza de las promesas en que habían creído" (Sabiduría 18:6). La primera pascua fue la intervención de Dios que le dió coraje a los Israelitas.

Pero esa pascua empezó con la fe de Abraham como nos instruye san Pablo. La fe de Abraham fue coraje: coraje de salir de su tierra natal y entrar en lo desconocido; coraje de confiar en la promesa de un heredero que saliera de la vejez; coraje de estar dispuesto a sacrificar a Isaac confiando que Dios podía resucitar a los muertos.

Jesucristo nos dice en el evangelio de san Lucas: «No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino.» Aquí está la culminación verdadera de la jornada de fe de Abraham. La culminación no es la pascua de la Vieja Alianza, pero la pascua de la Nueva Alianza de Jesucristo. En la muerte y resurrección de Cristo tenemos la pascua definitiva que es la prueba de la fe original de Abraham que Dios puede resucitar a los muertos. El rescate divino de Isaac del altar de Abraham prefigura la muerte verdadera y resurrección corporal de Jesucristo. Esa última pascua es la intervención divina que hoy nos da la fe para vivir con coraje.

5.8.07

Decimoctavo Domingo del T.O.: Eclesiastés 1:2; 2:21-23; Colosenses 3:1-5, 9-11; Lucas 12:13-21

Las lecturas de hoy hablan de las prioridades: las posesiones o Dios. En Eclesiastés, el Predicador nos dice famosamente:
«¡[V]anidad de vanidades, todo es vanidad!»

Todo es vanidad porque nada dura. Especialmente, nosotros no duramos. Desaparecemos en la muerte. Por eso, las posesiones son vanidad. Cuando nos morimos, quedarán para otros.

Muchas son las mansiones, fincas, y palacios que han quedado sin los dueños originales que las construyeron y decoraron con lujo y atención. Hoy mismo una multitud de turistas traspasan esos palacios con sus cámaras.

Esos turistas son hoy mas dueños de esos palacios que los reyes y nobles que las hicieron famosas. Los turistas todavía las disfrutan y las caminan. Los reyes y nobles que las construyeron han desaparecido.

Jesús mismo reitera la vanidad de las posesiones en la parábola del hombre rico que edificó graneros más grandes para sus riquezas. Al hombre rico, Dios le pregunta: «[L]as cosas que preparaste, ¿para quién serán?» En realidad, nunca somos dueños en esta vida porque todo lo que adquirimos se gastará o, si dura, llegará a ser de otro.

Un escritor católico británico justamente nota que posesión es ilusión. Él explica que si ni tenemos posesión de nuestra misma vida, que es un don de Dios, ¿cómo vamos a tener posesión en realidad de cualquier otra cosa? No somos dueños de nuestra vida que es un don que Dios da y quita a su placer. Esa realidad nos enseña que no tenemos posesión segura de nada en este mundo. En este sentido, verdaderamente, todo es vanidad.

Por eso, san Pablo está correcto cuando nos urge:

Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con el.

Colosenses 3:2-4.

Pablo nos informa que, por medio de nuestra conversión a Cristo, ya hemos muerto. Por eso no tenemos que temer a la muerte que nos espera. Además, cuando Cristo vuelva, entraremos en su vida gloriosa. No es un asunto vanidoso porque tenemos vida eterna en Cristo.

Lo que nos da esta esperanza auténtica es la realidad de la Resurrección de Cristo. Por medio de esa Resurrección, nosotros también entraremos en una vida gloriosa.

Si Cristo no resucitó, entonces es verdad que todavía estamos hundidos en la vanidad (1 Cor. 15:14-17). Pero si confiamos en la verdad que Cristo resucitó de entre los muertos, nuestra fe no es vanidad pero una esperanza eficaz. La vida que tenemos en Cristo si dura. Por eso esa vida no es vanidad.