27.5.07

Pentecostés: Hechos 2:1-11; 1 Corintios 12:3-7, 12-13; Juan 20:19-23

En los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo viene con «gran ruido» como «un viento fuerte». Aparecen «lenguas de fuego». En el libro de Génesis, el Espíritu de Dios también se presenta como un «viento de Dios que aleteaba por encima de las aguas» (Gn 1:2). En el hebreo original, se dice que se indica un viento de gran fuerza y violencia. A Moisés se le manifestó Dios «en llama de fuego, en medio de una zarza» (Éxodo 3:2). Las Escrituras comentan sobre las Escrituras. La unidad de la Biblia se manifiesta en la manifestación de Dios en Pentecostés en la misma manera que se manifestó en el Pentateuco del Antiguo Testamento. La palabra de Dios nace del Espíritu Santo y habla un solo mensaje.

Está claro que el Espíritu Santo es Dios y forma parte de la Santa Trinidad de Padre, Hijo, y Espíritu Santo porque se describe la manifestación del Espíritu con los mismos acontecimientos con cuál Dios se manifestó en el Antiguo Testamento. En Pentecostés, también se manifiesta la Iglesia, el Nuevo Pueblo de Dios, la Nueva Israel. En Pentecostés, no nace la Iglesia como se oye decir algunas veces. La Iglesia nació durante el ministerio público de Jesucristo cuando Jesús escogió los Doce y le dió su misión evangélica. En Pentecostés lo que pasó fue la manifestación universal de esa Iglesia ya fundada por Jesucristo durante su ministerio.

Y acuérdense que es casi cierto que María la madre de Jesús estaba presente en Pentecostés reunida con los apóstoles como se indica anteriormente en Hechos 1:14. Así se completa las referencias al Antiguo Testamento con María que es la Nueva Eva. Como la Eva primera era «la madre de todos los vivientes» (Gn 3:20), ahora María por medio del Espíritu Santo es madre no solamente de Jesús pero también de la humanidad nueva viviendo por el poder del Espíritu Santo. En el mismo Evangelio de san Juan que también se lee hoy, Jesús mismo ya había apuntado a María como madre de los creyentes: «Ahí tienes a tu madre» (Juan 19:26).

San Pablo en su primera carta a los corintios celebra el Espíritu como fuerza unificadora de los cristianos. Al contrario del babel y la confusión de lenguas en el Antiguo Testamento (Gn 11:1-9), ahora se manifiesta la unidad dada por el Espíritu. Esa unidad se destacaba en el don de lenguas de Pentecostés cuando los peregrinos judíos de varias partes del mundo presente en Jerusalén podían entender a los apóstoles que recibieron el Espíritu.

En el Evangelio, Jesús le da a los discípulos el don del Espíritu Santo y el poder de perdonar los pecados y de no perdonar a los pecados (Juan 20:23). Este poder se refiere en la tradición católica como «el poder de las llaves» con referencia al poder dado por Jesucristo a Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mateo 16:19). Por eso, en ciertos templos antiguos se puede ver la insignia de las llaves sobre el confesionario donde el cura da la absolución sacramental. Jesús, el Nuevo Moisés, prepara a Pedro para actuar con la autoridad de Moisés después que Jesús vuelva al Padre. Y en los Hechos de los Apóstoles se ve claramente a Pedro actuando con la autoridad del Nuevo Moisés. Con ese poder, salen los apóstoles del cuarto con las puertas cerradas por miedo a los judíos, y empiezan a predicar con el poder del Espíritu Santo el evangelio a todo el mundo.

20.5.07

La Ascensión del Señor: Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Lucas 24:46-53

Lo dijo muy simplemente un sacerdote predicando: Jesús volvió al Padre después de completar su misión. Nota que decir «su misión» es intencionalmente equívoco. La misión es al mismo tiempo la misión de ambos: de Jesús y también del Padre. Igualmente, nosotros seremos trasladados al cielo después de completar nuestra misión. No sabemos nosotros la hora en que eso pasará. Ni sabemos exactamente en muchos casos cuando empezó nuestra misión. Como una epopeya literaria en que la narración empieza en medio de la acción (en latín «in medias res»), en muchos casos no nos damos cuenta de nuestra misión hasta que estamos ya en medio de la misión. Similarmente los apóstoles no empezaron a darse cuenta de su misión verdadera hasta que encontraron la tumba vacía, y tuvieron que esperar hasta el Pentecostés para que esa misión se manifestaría plenamente.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, san Lucas describe como Jesús le indica a los apóstoles su misión de ser testigos «en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra» por medio del Espíritu Santo. En su Evangelio, san Lucas nos presenta a Jesús apuntando a esa misma misión «de predicar a todas las naciones» después de recibir al Espíritu Santo, «la fuerza de lo alto». Se debe notar que Jesús en el Evangelio dice que él le va a enviar el Espíritu «que mi Padre les prometió». Vemos claramente la Santa Trinidad: el Padre mandó al Hijo, el Hijo y el Padre les manda el Espíritu Santo. Es una misión trinitaria. Por eso los católicos nos cruzamos constantemente: es la insignia de nuestra misión evangélica. Por eso no debemos de aceptar el uso absurdo de la palabra «evangélica» para apuntar solamente algo que no es católico en fondo. Ser evangélico es ser católico al fondo con la insignia de la cruz invocando a la Trinidad. La misión evangélica auténtica es necesariamente una misión de la Trinidad.

San Pablo en Efesios invoca al Espíritu Santo concedido por el Padre de Jesucristo--otra vez la invocación de la Trinidad--a sus oyentes para «que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento». Ese llamamiento es nuestra misión evangélica y trinitaria, nuestra misión católica dirigida, como significa la misma palabra «católica», al mundo entero, una misión universal. La palabra griega usada por san Pablo para significar nuestro llamamiento tiene el sentido de un oficio o una profesión. Nuestra misión del Espíritu Santo es nuestro oficio verdadero, y cuando se completa entraremos a nuestra «herencia que Dios da a los que son suyos», la herencia recibida primeramente por el Hijo Jesús en su Ascensión al cielo.

13.5.07

Sexto Domingo de Pascua: Hechos 15:1-2, 22-29; Apocalipsis 21:10-14, 22-23; Juan 14:23-29

Las lecturas de hoy son claramente de caracter apóstolico. Estas lecturas nos enseñan los origenes apóstolicos de la Iglesia y la sucesión apóstolica que se encuentra en la Iglesia Católica y las iglesias orientales. En los Hechos, tenemos un retrato de la Iglesia primitiva funcionando con apóstoles y presbíteros. Estos presbíteros son iguales que los sacerdotes que también llamamos presbíteros en nuestros tiempos. Así vemos los apóstoles en el Nuevo Testamento funcionando como obispos con la asistencia de los presbíteros. La conclusión inescapable es que los Hechos de los Apóstoles nos presenta la Iglesia Católica.

Contrariamente al mito propagado por eruditos bíblicos, casi todos de procedencia protestante, el libro de los Hechos no presenta una iglesia pre-católica que fue corrompida más tarde por elementos católicos que suprimieron una vitalidad pura y carismática. La Iglesia Católica existió desde el principio. En la lectura de los Hechos, los apóstoles y presbíteros producieron el primer decreto conciliar invocando directamente la autoridad del Espíritu Santo para recibir los nuevos cristianos de origen gentil. El panorama católico es sumamente evidente si se ignoran los prejuicios de origen protestante. Los apóstoles son los primeros obispos supervisando a las iglesias, asistidos por los presbíteros. Cuando los apóstoles se van muriendo, algunos de estos presbíteros tomarán el papel de obispos dirigentes. Algunos como Timoteo ya eran obispos contemporáneamente con los apóstoles.

Este tema apóstolico es consumado en el libro del Apocalipsis donde la fundación de la Nueva Jerusalén que baja del cielo contiene los nombres de los doce apóstoles. La fundación de la Iglesia es apóstolica.

En el Evangelio de san Juan, Jesús asegura a sus discípulos que el Espíritu Santo vendrá a enseñarles todo que él le había predicado. Este es el mismo Espíritu Santo invocado por el concilio de apóstoles y presbíteros en el primer concilio de la Iglesia. El sistema católico es el sistema neotestamentario y carismático.

6.5.07

Quinto Domingo de Pascua: Hechos 14:21-27; Apocalipsis 21:1-5; Juan 13:31-33, 34-35

Las lecturas de hoy nos hablan de la transformación del mundo. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, Pablo y Bernabé hacen el trabajo de obispos y evangelistas que transforma el mundo por medio del Evangelio. Son obispos porque supervisan a las nuevas iglesias que fundan y designan los presbíteros en cada nueva iglesia. La idea que en la Iglesia primitiva no había un obispado y un sacerdocio es completamente errónea. Aquí tenemos a Pablo y Bernabé tomando claramente el papel de obispos supervisando a las nuevas iglesias. Los presbíteros son los asistentes y delegados de Pablo y Bernabé. Hoy día sigue la realidad que los presbíteros o sacerdotes parroquiales asisten al obispo de cada comunidad. Y acuérdense que anteriormente Lucas describe la ordenación de Pablo y Bernabé en Hechos 13:1-3. Está funcionando en la Iglesia primitiva el sacramento de Orden Sagrado.

En la lectura del Apocalipsis, san Juan tiene una visión de un cielo nuevo y una tierra nueva. Baja la nueva Jerusalén que tiene por fundación la obra evangélica de los doce apóstoles de donde surgen los obispos y presbíteros actuales de la Iglesia (Apocalipsis 21:14). La transformación del mundo se funda en la misión apóstolica.

En el Evangelio de san Juan, Jesús nos da su nuevo mandamiento: que se amen los unos a las otros. Este nuevo mandamiento es la manera por cual se transformará el mundo.

En resumen, vemos en la lectura de los Hechos que los obispos y presbíteros son los que inician la transformación evangélica del mundo, vemos en la lectura del Apocalipsis que la transformación cósmica se funda en ese trabajo apóstolico, y vemos en el Evangelio que el amor, llamado agape en el griego del Nuevo Testamento, es la manera distintiva de esa transformación.