25.3.07

Quinto Domingo de Cuaresma: Isaías 43:16-21; Filipenses 3:8-14; Juan 8:1-11

Tenemos hoy el gran episodio de la mujer sorprendida en adulterio. Para entender lo que pasa en este episodio, tenemos que considerar lo exigido por la Ley del Viejo Testamento. La comunidad tenía que apedrear un hombre y una mujer en una relación adúltera. Nota que el castigo incluye no solamente la mujer, sino también el hombre (Levítico 20:10; Deuteronomio 22:22). Además se necesitaba tener testigos actuales que serían precisamente los que tenían que tirar la primera piedra antes que el resto de la comunidad pudiera participar en el castigo (Deuteronomio 17:6-7).

Por eso, cuando Jesús les dice famosamente « Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra» y nadie tira, esto significa que los testigos actuales del adulterio eran pecadores. No pudieron tirar la primera piedra como exigía la Ley antigua. ¿Y porqué no pudieron tirar la primera piedra? No sabemos el pecado actual que les amarraba las manos a los testigos que se presentaron. Pero podemos especular que posiblemente esos mismos testigos también estaban en relaciones adúlteras con la misma mujer.

¿Porqué pienso asi? El episodio entero tenía como objeto ser una trampa para Jesús. Los enemigos de Jesús usaron hombres que fingieron «ser justos» para tratar de sorprender a Jesús en algún error fatal sobre el tributo debido al César (Lucas 20:20). Por eso no sorprendería que los escribas y fariseos trataran de usar testigos implicados en el mismo adulterio de la mujer para «ponerle una trampa [a Jesús] y poder acusarlo» (Juan 8:6). Para ponerle la trampa a Jesús tenían que buscar con rapidez una mujer en flagrante adulterio. No sería sorprendente que buscaron hombres relacionados con una mujer de ya mala reputación para obtener rapidamente los testigos exigidos por la Ley. Si esta especulación es probable, entonces vemos que los que tenían que tirar la primera piedra eran hombres que habían estado en relaciones adúlteras con la mujer acusada. La Ley mandaba que esos mismos hombres tenían que ser apedreados como la mujer.

Jesús vió que los testigos eran pecadores y no podían tomar el papel de testigos justos y sinceros exigido por la Ley. Jesús trajo justicia a un procedimiento ilegal. Pero Jesús no solamente aplicó justamente la Ley antigua pero quiso, como dice Isaías, «realizar algo nuevo» (Isaías 43:19). Jesús declaró la Ley Nueve de misericordia y perdón que reconoce que todos los humanos son pecadores. Y por eso san Pablo dice que «todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo y de estar unido a él, no porque haya obtenido la justificación que proviene de la ley, sino la que procede de la fe en Cristo Jesús, con la que Dios hace justos a los que creen» (Filipenses 3:8-9). Cristo mismo nos enseña en el Evangelio que no hay justificación para nadie en la Ley antigua.

18.3.07

Cuarto Domingo de Cuaresma: Josué 5:9, 10-12; 2 Co. 5:17-21; Lucas 15:1-3, 11-32

La lectura del libro de Josué ilustra el momento en que Israel salió del desierto y empezó a vivir en la Tierra Prometida: «desde aquel año comieron los frutos que producía la tierra de Canaán». Dios le quitó «el oprobio de Egipto».

San Pablo proclama con entusiasmo que en Cristo «todo es nuevo». En la película «La Pasión del Cristo», hay un momento singular cuando en la via crucis Jesús se encuentra con su Madre, nuestra Madre, y le dice, «Hago nuevo todas las cosas». Como dice san Pablo, Cristo hace nuevo «todo» sin excepción ninguna. Por eso tenemos que estar dispuestos a las sorpresas. Nuestros pecados viejos, nuestras costumbres, y nuestros vicios serán renovados y convertidos en la fuerza de la virtud. Tal transformación será una sorpresa asombrosa. Entraremos en la Tierra Prometida.

El Evangelio nos cuenta la parábola del hijo pródigo que gastó los bienes recibidos de su padre en mujeres malas. Bueno, también es una parábola del padre pródigo que le dió esos bienes al hijo sabiendo que tomaba el riesgo que el hijo lo gastara todo en cosas malas. Pero el padre sigue siendo pródigo. Cuando vuelve el hijo del desierto del pecado a su casa verdadera, el padre hace una gran fiesta y gasta sin pensar. Es verdad que en nuestros pecados y nuestra ignorancia hemos gastado los dones extravagantes que el Padre nos dió originalmente. Pero también es verdad que cuando volvemos al Padre, el Padre otra vez será generoso y pródigo en hacer todo nuevo en nuestras vidas. Lo que nos espera al volver al Padre son cosas verdaderamente asombrosas que nunca podíamos esperar después de nuestra estancia en el desierto. Dios es pródigo. No es miserable con nosotros.

11.3.07

Tercer Domingo de Cuaresma: Éxodo 3:1-8, 13-15; 1 Co. 10:1-6, 10-12; Lucas 13:1-9

Cuando Dios se revela es al mismo tiempo un acontecimiento maravilloso y enorme. En esa enormidad hay justamente un elemento de miedo por parte de nosotros. En la lectura del libro del Éxodo, «Moisés se tapó la cara, porque tuvo miedo de mirar a Dios». Y Dios le revela su «nombre para siempre»: «Yo-soy». La enormidad del acontecimiento naturalmente induce cierto miedo.

En la primera carta a los corintios, san Pablo dice que la roca que acompañaba a los israelitas y a Moisés en el desierto era el mismo Cristo (vea Números 20:6-11). En otras palabras, Cristo mismo es el Dios llamado «Yo-soy» que guió a los israelitas y a Moisés. Y en el evangelio Jesucristo se identifica ante de los líderes judíos como «Yo-soy» (Marcos 14:61-62).

En el evangelio de san Lucas, Jesús le comenta a la gente que no piensen que las tragedias que le ocurieron a los galileos matados por Pilato o a los que fueron aplastados por una torre no les pueden ocurir a ellos mismos. Jesús le advierte a la gente que «si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante». ¿Qué implica aquí Jesús cuando habla «de manera semejante»? El sentido literal de sus palabaras puede indicar que los que murieron de repente no se habían arrepentido. Los que murieron estaban en la misma situación que los oyentes de Jesús. Parece que Jesús nos quiere indicar que debemos de tener cierto miedo a la posibilidad que nuestra muerte puede llegar en cualquier momento inesperado y por eso debemos de arrepentirnos a tiempo. Como Jesús es el mismo Dios que se le apareció a Moisés, es apropiado que la revelación de Jesús igualmente induce cierto miedo sano.

Jesús también le dijo a la gente una parábola sobre el juicio de Dios. Dios tiene paciencia pero al fin Dios corta la higuera que no da fruto. La enseñanza es clara: tenemos que dar fruto y empieza con el abono del arrepentimiento.

Jesús nos habla de un Dios de amor y misericordia, pero en estas lecturas-- que la mentalidad moderna trata de ignorar-- Jesús también nos habla del juicio que cada uno de nosotros tendrá que confrontar. Jesús induce un cierto miedo sano para despertarnos de nuestra creencia irracional que la muerte inesperada solo le ocurre a otros.

4.3.07

Segundo Domingo de Cuaresma: Génesis 15:5-12, 17-18; Filipenses 3:17-4:1; Lucas 9:28-36

En Génesis, Dios hace su alianza con Abram. Inmediatamente antes de los versos que inician la lectura de hoy, Abram le pregunta a Dios porque lo ha dejado sin hijo. Dios responde con una promesa: «te heredará uno que saldra de tus entrañas» (Gn 15:4). Dios también promete que la descendencia de Abram será tan numerosa como las estrellas (Gn 15:5).

En la carta a los filipenses, San Pablo nos llama a imitarlo basados en la fe que Cristo cambiará a nuestros cuerpos miserables en los cuerpos gloriosos de la resurrección. Es la misma fe que tuvo Abram cuando Dios le prometió un hijo aunque el cuerpo de Abram ya estaba «sin vigor--tenía unos cien años-- y el seno de Sara, igualmente estéril» (Romanos 4:19). Como Abram tuvo fe que su cuerpo casi muerto iba a tener fruto en su descendencia, nosotros igualmente tenemos que tener fe que nuestros cuerpos miserables y débiles seran transformados en los cuerpos gloriosos de la resurrección. También tenemos que notar que, para San Pablo, Jesucristo mismo es singularmente el descendiente de Abram (luego llamado Abrahán) (Gálatas 3:16). Por eso Cristo recibe la promesa que recibió Abram, y nosotros, por medio de Cristo, somos también herederos de esa promesa y alianza original que Dios hizo con Abram (Gálatas 3:29).

En el Evangelio, San Lucas nos presenta la Transfiguración. Jesús aparece glorificado con Moisés y Elías, todos descendientes de Abrahán. Dios proclama por medio de la Transfiguración el cumplimiento total de la alianza vieja que empezó con Abram. Como el cuerpo casi muerto de Abram fue milagrosamente hecho capaz de tener hijos, el cuerpo de Jesús aparece en su condición gloriosa. La voz del Padre anuncia que Jesús es su Hijo. Ahora vemos la manera sorprendente y magnificamente generosa en que Dios cumple su promesa antigua a Abram: Dios mismo, por medio de la Encarnación, se hace descendiente de Abram.

En resumen, vemos una triple transfiguración de la promesa original hecha a Abram en Génesis: la promesa de fertilidad al cuerpo viejo de Abram se transforma en la realidad de la glorificación del cuerpo de Cristo y en la promesa de también glorificar nuestros cuerpos miserables en la resurrección, la promesa de descendencia humana se transforma en el hecho maravilloso que en la Encarnación Dios mismo se hace hijo de Abram, la promesa que Abram será padre de muchos se convierte en la realida que, por medio de su descendiente Jesucristo, Abram es en realidad padre de todas las naciones.