25.2.07

Primer Domingo de Cuaresma: Deuteronomio 26:4-10; Romanos 10:8-13; Lucas 4:1-13

En el Evangelio, vemos el diablo derrotado: trató de parar la misión salvadora de Jesús. Fue una tentación sutil--una tentación a usar a Dios para nuestra voluntad, en vez de entregarnos a la voluntad del Dios Padre. Jesús ganó la victoria porque en cada instante se nego a usar al Padre. La misión de Jesús era obedecer a su Padre. Nosotros también tenemos que obedecer a nuestro Dios Padre, no tratar de explotarlo, usarlo, o manipularlo. El Padre nos quiere profundamente, tiene planes para bien para cada uno de nosotros, tiene toda la sabiduría y todo conocimiento, sabe lo que nos verdaderamente conviene. Entregarse al Padre es entregarse al amor más profundo y potente del mundo. Las tentaciones del diablo se fundan en la mentira que nosotros sabemos más sobre nuestro bien que el Padre. Él que tiene experencia de la vida sabe que el Padre sabe más que nosotros.

En la lectura de Deuteronomio, Moisés le recuerda a los israelitas sobre el amor de Dios manifestado en la liberación del pueblo cuando salieron de Egipto. Para cada uno de nosotros, Dios también tiene una liberación igualmente dramática--una liberación del pecado, de la tristeza, y de la soledad. En la lectura de la carta a los romanos, San Pablo nos llama muy simplemente a la salvación: «Porque basta que cada uno declare con su boca que Jesús es el Señor y que crea en su corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, para que pueda salvarse». Como también dice en esta lectura, ahora somos como los israelitas: podemos invocar a Dios para salvarnos. Podemos invocar a Dios para librarnos de la esclavitud de la desesperanza, cruzar nuestro Mar Rojo, y llegar a la Tierra Prometida.

18.2.07

Séptimo Domingo del T.O.: Samuel 26:2, 7-9, 12-13, 22-23; 1 Co. 15:45-49; Lucas 6:27-38

David no mata a su enemigo declarado, Saúl, porque David no quiere «atentar contra el ungido del Señor». Esa misericordia contradice el consejo normal y lógico de su consejero Abisay.

En el Evangelio, Jesús nos llama a ser gente de una misericordia «extraordinaria»: «Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso». Esta misericordia extraordinaria contradice la lógica ordinaria de atacar al enemigo.

San Pablo proclama que los que están vivificados por el Espíritu serán «semejantes al hombre celestial». Ese hombre celestial es el último Adán, Jesucristo. En el Evangelio, el hombre celestial nos llama a una misericordia extraordinaria.

¿Es la llamada a tal misericordia ilógica? Si hay un solo Dios, autor de una sola verdad, esa verdad divina no puede ser ilógica. Tenemos una instancia de paradoja, pero no un mandamiento ilógico. Si somos pecadores, tenemos un interes lógico en tratar a los otros pecadores con misericordia porque seremos medidos con la misma medida con que medimos a otros. Si nos presentamos antes de Dios y pedimos ser medidos por una medida diferente a la que medimos a otros pecadores, seremos entonces nosotros los que estaremos en una contradicción lógica. ¿Entonces que es lo que debemos pedirles a nuestros enemigos? Le debemos pedir que reconozcan la verdad como David le pidió a Saúl que reconozca que David no se merecía la envidia de Saúl.

Eso es la misericordia extraordinaria: no destruir o matar al enemigo, pero llamar al enemigo a la verdad. No es condena llamar el pecador a la verdad. Al contrario, la Iglesia enseña que instruir al ignorante--ser profeta--es precisamente un esfuerzo misericordioso. No debemos de destruir al enemigo porque nosotros también fuimos enemigos de Dios y seremos otra vez enemigos de Dios cuando pecamos en el futuro. Debemos de tratar a los enemigos como queremos ser tratados. Y lo profundamente lógico es que queremos que alguien nos proclame la verdad, especialmente cuando estemos hundidos en el pecado. Por eso Jesús llamó a cada pecador al arrepentimiento y a creer en el evangelio. Esa llamada al arrepentimiento no es condena. Esa llamada es precisamente la misericordia que nos enseña como escapar la condena de Dios. Eso es lo que debemos hacerles a los enemigos: el gran favor, o gracia, de la verdad que libera.

11.2.07

Sexto Domingo del T.O.: Jeremías 17:5-8; 1 Co. 15: 12, 16-20; Lucas 6:17, 20-26

Las Bienaventuranzas en el Evangelio siempre nos perplejan porque llaman dichosos a los que son pobres, a los que tienen hambre, a los que lloran, y a los que son insultados y odiados. La lectura de Jeremías nos da una manera de entender las paradojas anunciadas por Jesús en las Bienaventuranzas. Jeremías nota que el Señor dice que maldito es el hombre «que confía en el hombre» y bendito es el hombre «que confía en el Señor». Los que a nosotros nos parecen malditos--los pobres, los hambrientes, los que lloran, los insultados--ya no pueden confiar en los hombres porque son precisamente los hombres que los han hecho malditos. Los rechazados por los hombres no tienen remedio que confiar en Dios. Y por eso los aparentemente «malditos» son en realidad los dichosos.

Son dichosos porque su confianza en Dios lleva un promesa escatológica: que los que confían en Dios serán satisfechos y glorificados por Dios. Por eso, en mi opinión, las Bienaventuranzas son una profecía de la pasión y crucifixión de Cristo. Cristo se hizo «maldito» por nosotros en su agonía antes de ser detenido por los soldados y también en los insultos y el odio que recibe de la muchedumbre, de los líderes judíos, y del los soldados romanos y que acaba en la crucifixión brutal. Pero esa maldición también acaba en la gloria de la Resurrección.

La lectura de San Pablo nos habla de esa glorificación por medio de la resurrección. Y claramente nos dice que si confiamos solamente en «las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres». En otras palabras, si confiamos solamente en las cosas de los hombres seremos los verdaderamente malditos, como nos dice Jeremías.

4.2.07

Quinto Domingo del T.O.: Isaías 6:1-2, 3-8; 1 Co. 15:1-11; Lucas 5:1-11

Estas lecturas hablan de nuestra misión por medio de las misiones entregadas por Dios a Isaías, a Pablo, y a Simón Pedro. Todos estos hombres primero reciben una manifestación de la gloria de Dios. Isaías ve al Señor en su trono con los serafines. Pablo menciona como el Cristo resucitado se manifestó a él aún cuando estaba persiguiendo a los cristianos. Pedro ve la gloria de Dios cuando Jesús le manda a volver a pescar después de pasar una noche entera sin tener éxito. El resultado es que «las redes se rompían». Todos ven la gloria de Dios.

Y cada uno de estos hombres reconoce su condición de pecador. Isaías dice «¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros . . . .» Pablo reconoce que él fue «como un aborto . . . . el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol». Simón Pedro respondió: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!»

Pero la gracia de Dios los purificó y les dio su misión. El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar comentó como, antes de encontrarse con Cristo, Simón no pudo descrubrir su misión particular por medio de sus propios esfuerzos como pescador. Solamente por medio de Cristo pudo Simón descrubrir que su destino eterno y verdadero era de ser Pedro y no simplemente el pescador Simón. También cada uno de nosotros se descubrirá solamenta por medio de un encuentro con Cristo quien nos da nuestra misión particular y eterna.