4.11.07

Trigésimo Primer Domingo del T.O.: Sabiduría 11:22-12:2; 2 Tesalonicenses 1:11-2:2; Lucas 19:1-10


Nuestra vocación es nuestro destino. El escritor del libro de Sabiduría nos recuerda que Dios es nuestro creador, nuestro origen que está sumamente interesado en nuestro destino: «Porque tú amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho; pues si hubieras aborrecido alguna cosa, no lo habrías creado».

San Pablo claramente habla de Dios trabajando para traernos a nuestro destino: «Oramos siempre por ustedes, para que Dios los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder, lleve a efecto tanto los buenos propósitos que ustedes han formado, como lo que ya han emprendido por la fe». Dios es activo en traernos a cumplir nuestro destino.

En el Evangelio, Jesús le da al diminutivo Zaqueo su identidad y destino verdadero. El destino de Zaqueo no era ser ladrón y opresor. El Zaqueo verdadero, creado bueno por Dios, era el hijo justo del justo Abraham, que declaró que daba la mitad de sus bienes a los pobres y que iba a devolver lo que había robado.

Así nosotros tenemos que permitir a nuestro Creador que nos lleve a nuestro destino verdadero. En contraste a las filosofías populares, nosotros solos no podemos hacer nuestro destino. Nos tenemos que abandonar a la voluntad de Dios.

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