28.10.07

Trigésimo Domingo del T.O.: Sirácide 35:15-17; 2 Timoteo 4:6-8, 16-18; Lucas 18:9-14

Las lecturas nos aseguran que Dios nos defiende contra los malos y no nos abandona. Y los humildes son los que Dios defiende. En Sirácide, se dice que la «oración del humilde atraviesa las nubes». En el Salmo Responsorial se declara firmamente: «En contra del malvado está el Señor para borrar de la tierra su recuerdo».

En Segundo Timoteo, San Pablo acaba su vida con plena confianza que el «Señor me seguirá librando de todos los peligros y me llevará salvo a su Reino celestial». Es la confianza de todos los mártires.

En el Evangelio, Jesús cuenta la parábola famosa del fariseo arrogante y el publicano humilde. Y Jesús declara, como el libro de Sirácide, que la oración del humilde es la oración productiva: «todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido».

Podemos estar seguros que Dios nos salvará, nos dará la felicidad, y nos exaltará. Pero primero tenemos que ser transformados en gente humilde. La humildad nos asegura una respuesta a nuestras oraciones.

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