2.9.07

Vigésimo Segundo Domingo del T.O.: Eclesiástico 3:19-21, 30-31; Hebreos 12:18-19, 22-24; Lucas 14:1, 7-14

Tenemos lecturas sobre la humildad y también sobre grandeza y honor. Casi siempre en estas lecturas nos inmediatamente parece que tenemos un conflicto y contraste entre la humildad y el honor. Pero parece mas justo decir que hay en verdad un conflicto, no tanto entre humildad y honor, pero, mejor dicho, entre la humildad y la falta de fe en el poder de Dios.

En el libro del Eclesiástico, se dice «Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas». No nos dice que rechazemos la grandeza del honor, pero que tenemos que bien entender de donde viene la grandeza auténtica. Hazte pequeño para recibir la grandeza y el honor que viene de tener «gracia ante el Señor». Ten humildad y «te amarán más que el hombre dadivoso». Humildad nos traer el amor de otros y la gracia que es la aprobación de Dios que «sólo . . . [es] poderoso».

En la carta a los hebreos, san Pablo también hace un contraste. Es un contraste entre un encuentro dramático con Dios y un encuentro de fe más profundo y sencillo. Es un encuentro descrito como una «reunión festiva» de ángeles y como un juicio ante de Dios.

En el Evangelio, Jesús es muy claro y sencillo en su consejo. Nos dice que para evitar la vergüenza y para ser honrados debemos de vivir en humildad. Esa humildad es la misma humildad del Eclesiástico que nos manda hacernos más pequeño cuanto más grande seamos. El invitado es humilde porque no trata de agarrar el reconocimiento debido a él. Al contrario, el invitado humilde, con generosidad, toma una posición inferior a sus méritos. El invitado humilde es generoso porque no se paga él mismo. Al final de la lectura de san Lucas, Jesús afirma esa generosidad cuando nos manda a invitar a un banquete a los que no tienen con qué pagarnos.

Jesús no rechaza la tendencia humana y natural de preocuparnos por nuestra honra o vergüenza. Jesús toma nuestras preocupaciones naturales y las dirige a la gloria verdadera. Seremos honrados y glorificados si nos reducimos en humildad y si practicamos una generosidad desinteresada. Todo esto requiere confianza en Dios y en abandonar los asuntos de nuestra honra o vergüenza a las manos de Dios. Dejamos estos asuntos a Dios porque tenemos confianza que Dios sólo es poderoso. No tenemos que preocuparnos de nuestro honor y de nuestra compensación justa. Dios lo tiene todo en mano.