19.8.07

Vigésimo Domingo del T.O.: Jeremías 38:4-6, 8-10; Hebreos 12:1-4; Lucas 12:49-53

En estas lecturas vemos la cara dura de la vida del que sigue a Dios. Jeremías el profeta acaba tirado en una cisterna. Lo colgaron con sogas hasta que se hundió en el fango de la cisterna. En la misma manera, puede uno hoy en Jerusalén entrar en la Iglesia de Gallicantu (donde cantó el gallo para señalar la traición de San Pedro) y se puede ver una pintura grande de Jesús mismo colgando con sogas, bajo los hombros, cuando lo bajaron en la cisterna en la casa del sumo sacerdote que lo había arrestado antes de llevarlo a Pontio Pilato. Jesús cumple en su humillación la misma humillación prefigurada por el profeta Jeremías.

En la carta a los Hebreos, se habla de como Jesús «soportó la cruz sin miedo a la ignominia». El mismo Espíritu Santo que le dió a Jesús la audacia para enfrentar la ignominia sin miedo está a nuestra disposición. En el Evangelio de San Lucas, Jesús mismo habla del «bautismo que tengo que ser bautizado». Se refería a la cruz. También habla Jesús que no vino a traer paz, sino «división». Nosotros si somos otros Cristos, no por nuestros méritos sino por la gracia de Dios, también vamos a tener que enfrentar la ignominia como Jeremías y como Jesús y lo podemos hacer sin miedo por el poder del Espíritu Santo que inspiró a Jeremías y que llenaba a Jesús. También nosotros--si somos otros Cristos--traeremos la división, precisamente porque no se puede enfrentar la maldad sin la audacia de provocar la división. Todo esto es mucho para nosotros que en realidad somos nada. Pero con el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, todo lo podemos hacer, todo lo podemos conquistar, todo lo podemos enfrentar. Y así se hacen las cosas que parecen tan imposibles.

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