8.7.07

Decimocuarto Domingo del T.O.: Isaías 66:10-14; Gálatas 6:14-18; Lucas 10:1-12, 17-20

Un tema de las lecturas de hoy es la separación, la separación entre los que aceptan el evangelio de Dios y los que rechazan el evangelio de Dios. En Isaías, el profeta proclama la paz y bondad que Dios le dará a su pueblo. Pero en la parte de Isaías que no se lee hoy, también se habla del castigo de Dios a sus enemigos. En Lucas, Jesucristo manda a los setenta y dos discípulos a los pueblos antes de que llegue Jesús. Jesús los manda a traer paz y a curar a los enfermos. Pero a los pueblos que rechazan al evangelio, Jesús le dice a sus discípulos que sacuden el polvo de sus pies «en señal de protesta» contra tal pueblos. La decisión libre que rechaza el evangelio trae separación de Dios. No es asunto de cristianos juzgando en lugar de Dios, pero de reconocer las consecuencias de rechazar el evangelio. Cuando reconocemos esas consecuencias, a la misma vez reiteramos la urgencia de aceptar la invitación rechazada del evangelio.

En la carta a los gálatas, san Pablo se gloria solamente en la cruz de Jesucristo. Pablo da el ejemplo del cristiano que sabe que la cosa más importante y clave en la vida es Jesucristo. Todas las otras cosas del mundo merecen, en comparación, indiferencia. Por eso es que al rechazar el evangelio nos condenamos nosotros mismos. No son los cristianos que nos condenan. Somos nosotros mismos. De ese rechazo resulta la separación señalada cuando Jesús nos ordena a sacudir el polvo de nuestros pies. Por eso en la sociedad de hoy, los cristianos tienen que estar preparados a romper con la manera de vida de los que rechazan el evangelio y sacudir el polvo de sus pies en protesta contra tal rechazo. Esa protesta es la mejor misericordia que se les puede dar a los que se condenan por rechazar el evangelio.