20.5.07

La Ascensión del Señor: Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Lucas 24:46-53

Lo dijo muy simplemente un sacerdote predicando: Jesús volvió al Padre después de completar su misión. Nota que decir «su misión» es intencionalmente equívoco. La misión es al mismo tiempo la misión de ambos: de Jesús y también del Padre. Igualmente, nosotros seremos trasladados al cielo después de completar nuestra misión. No sabemos nosotros la hora en que eso pasará. Ni sabemos exactamente en muchos casos cuando empezó nuestra misión. Como una epopeya literaria en que la narración empieza en medio de la acción (en latín «in medias res»), en muchos casos no nos damos cuenta de nuestra misión hasta que estamos ya en medio de la misión. Similarmente los apóstoles no empezaron a darse cuenta de su misión verdadera hasta que encontraron la tumba vacía, y tuvieron que esperar hasta el Pentecostés para que esa misión se manifestaría plenamente.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, san Lucas describe como Jesús le indica a los apóstoles su misión de ser testigos «en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra» por medio del Espíritu Santo. En su Evangelio, san Lucas nos presenta a Jesús apuntando a esa misma misión «de predicar a todas las naciones» después de recibir al Espíritu Santo, «la fuerza de lo alto». Se debe notar que Jesús en el Evangelio dice que él le va a enviar el Espíritu «que mi Padre les prometió». Vemos claramente la Santa Trinidad: el Padre mandó al Hijo, el Hijo y el Padre les manda el Espíritu Santo. Es una misión trinitaria. Por eso los católicos nos cruzamos constantemente: es la insignia de nuestra misión evangélica. Por eso no debemos de aceptar el uso absurdo de la palabra «evangélica» para apuntar solamente algo que no es católico en fondo. Ser evangélico es ser católico al fondo con la insignia de la cruz invocando a la Trinidad. La misión evangélica auténtica es necesariamente una misión de la Trinidad.

San Pablo en Efesios invoca al Espíritu Santo concedido por el Padre de Jesucristo--otra vez la invocación de la Trinidad--a sus oyentes para «que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento». Ese llamamiento es nuestra misión evangélica y trinitaria, nuestra misión católica dirigida, como significa la misma palabra «católica», al mundo entero, una misión universal. La palabra griega usada por san Pablo para significar nuestro llamamiento tiene el sentido de un oficio o una profesión. Nuestra misión del Espíritu Santo es nuestro oficio verdadero, y cuando se completa entraremos a nuestra «herencia que Dios da a los que son suyos», la herencia recibida primeramente por el Hijo Jesús en su Ascensión al cielo.