4.3.07

Segundo Domingo de Cuaresma: Génesis 15:5-12, 17-18; Filipenses 3:17-4:1; Lucas 9:28-36

En Génesis, Dios hace su alianza con Abram. Inmediatamente antes de los versos que inician la lectura de hoy, Abram le pregunta a Dios porque lo ha dejado sin hijo. Dios responde con una promesa: «te heredará uno que saldra de tus entrañas» (Gn 15:4). Dios también promete que la descendencia de Abram será tan numerosa como las estrellas (Gn 15:5).

En la carta a los filipenses, San Pablo nos llama a imitarlo basados en la fe que Cristo cambiará a nuestros cuerpos miserables en los cuerpos gloriosos de la resurrección. Es la misma fe que tuvo Abram cuando Dios le prometió un hijo aunque el cuerpo de Abram ya estaba «sin vigor--tenía unos cien años-- y el seno de Sara, igualmente estéril» (Romanos 4:19). Como Abram tuvo fe que su cuerpo casi muerto iba a tener fruto en su descendencia, nosotros igualmente tenemos que tener fe que nuestros cuerpos miserables y débiles seran transformados en los cuerpos gloriosos de la resurrección. También tenemos que notar que, para San Pablo, Jesucristo mismo es singularmente el descendiente de Abram (luego llamado Abrahán) (Gálatas 3:16). Por eso Cristo recibe la promesa que recibió Abram, y nosotros, por medio de Cristo, somos también herederos de esa promesa y alianza original que Dios hizo con Abram (Gálatas 3:29).

En el Evangelio, San Lucas nos presenta la Transfiguración. Jesús aparece glorificado con Moisés y Elías, todos descendientes de Abrahán. Dios proclama por medio de la Transfiguración el cumplimiento total de la alianza vieja que empezó con Abram. Como el cuerpo casi muerto de Abram fue milagrosamente hecho capaz de tener hijos, el cuerpo de Jesús aparece en su condición gloriosa. La voz del Padre anuncia que Jesús es su Hijo. Ahora vemos la manera sorprendente y magnificamente generosa en que Dios cumple su promesa antigua a Abram: Dios mismo, por medio de la Encarnación, se hace descendiente de Abram.

En resumen, vemos una triple transfiguración de la promesa original hecha a Abram en Génesis: la promesa de fertilidad al cuerpo viejo de Abram se transforma en la realidad de la glorificación del cuerpo de Cristo y en la promesa de también glorificar nuestros cuerpos miserables en la resurrección, la promesa de descendencia humana se transforma en el hecho maravilloso que en la Encarnación Dios mismo se hace hijo de Abram, la promesa que Abram será padre de muchos se convierte en la realida que, por medio de su descendiente Jesucristo, Abram es en realidad padre de todas las naciones.