14.1.07

Segundo Domingo del T.O.: Isaías 62:1-5; 1 Corintios 12:4-11; Juan 2:1-11

En Isaías, el Señor Dios es el Esposo de Israel: «como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo». En el resto del Viejo Testamento, Dios también es el Esposo de Israel. Por eso, cuando llegamos al Nuevo Testamento donde se le llama a Jesús el Esposo de la Iglesia tenemos una afirmación clara de la divinidad de Jesucristo, de la identidad de Jesús con el Señor Dios del Viejo Testamento.

En el Evangelio de San Juan, Jesús es un invitado a la boda en Caná. Pero Jesús es más que un invitado. Él, y no el novio, es responsable por la abundancia del vino nuevo y mejor que se le da a todos los invitados. El mayordomo, que no sabe del milagro de Cristo, felicita al novio por guardar el vino mejor para lo último. Pero, como saben los sirvientes y como sabemos nosotros, el novio no tuvo papel ninguno en la provisión del vino mejor. Sabemos nosotros que el esposo verdadero no es el novio, pero Jesús, y los invitados son la Iglesia a cual Jesús le da el vino mejor y nuevo de su sangre. A la mentalidad judía sumergida en las Escrituras de su religión es claro que el Esposo es una figura de Dios mismo. Por eso, San Juan nos está diciendo en este milagro que Jesús es Dios.

Y como católicos, no podemos olvidar el papel clave de María. Ella es la que intercede por los invitados necesitados. Hoy le pedimos a María que sigua orando por nosotros a su hijo como hizo en la boda de Caná por los invitados. Y nos acordamos de lo que ella nos aconseja: «Hagan lo que él les diga». María siempre apunta a Jesús y nunca a sí misma.

Vemos también en el episodio de Caná algo importante sobre el sacerdocio católico. El sacerdote es el imagen de Jesús el Esposo de la Iglesia. Por eso, el sacerdote es varón. El aspecto femenino y fundamental de la Iglesia se ve en María, la Madre de la Iglesia, que pide por los invitados que somos nosotros. El aspecto varonil y el aspecto femenino funcionan en concordia por medio del Espíritu de Dios. Son aspectos diferentes pero están de acuerdo. Esta visión de la concordia de los diferentes aspectos de la Iglesia se ve claramente en la Primera Carta a los Corintios, en cual San Pablo habla de diferentes dones, diferentes servicios, y diferentes actividades que son manifestaciones cooperativas de un mismo Dios y Espíritu.

También podemos poner una nota más personal al milagro de Caná: el vino mejor apareció a lo último. En la vida, hay muchas desilusiones inevitables. Pero el creyente que ora fielmente sabe que Jesús sabe darnos al fin lo mejor. Esperamos en nuestras circunstancias personales la intervención de ese mismo Jesú del Evangelio que vive aún hoy mismo y para siempre. Invocamos a María que le pida a Jesús, igual como ella hizo en Caná, que nos de el vino mejor. Esa misma María todavía vive y todavía intercede por nosotros, para cambiar el agua al vino de alegría, hasta el último momento de nuestras vidas.