30.12.07

Sagrada Familia: Sirach 3:2-7, 12-14; Colosenses 3:12-21; Mateo 2:13-15, 19-23

En el Evangelio, vemos como José responde con rapidez a la advertencia de Dios que se vaya a Egipto para proteger al niño Jesús. José es obviamente el modelo del padre que pone el bienestar de su familia primero. Por eso José «partió para Egipto» sin demorar. Huyó «esa misma noche». El padre y la madre ponen el bienestar de su hijo primero.

A tales padres se le da fácilmente el respeto y la honra como se manda en el libro de Sirach que amplifica el mandamiento dado por Dios de honrar a nuestros padres. San Pablo en su carta a los colosenses nos indica las virtudes que crean una familia en «perfecta unión»: amor, compasión, magnanimidad, humildad, afabilidad, y paciencia. La mujer debe de respetar al marido. El marido debe de amar la mujer y no ser rudo con ella. Los hijos deben de obedecer. Y los padres no deben de exigir «demasiado a sus hijos, para que no se depriman». El último consejo es de una importancia particular, especialmente cuando los padres quieren usar sus hijos como un medio de alcanzar sueños de éxito que no han podido lograr en sus propias vidas.

Se trata de una tendencia a usar los hijos como instrumentos de grandeza personal. Es un error fatal. Un hijo no es un instrumento para satisfacer nuestra vanidad. Un hijo es un don de Dios que tiene su propia y única vocación independiente de las ambiciones frustradas de los padres. Y también un hijo no tiene que ser perfecto. Tiene que ser aceptado como Cristo mismo nos acepta a nosotros en la diversidad de nuestras personalidades defectuosas. Esto no quiere decir que no se condena el pecado: el amor verdadero requiere siempre hablar claramente la verdad acerca de algo tan importante como el pecado. Pero se tiene que aceptar las diferencias inocentes de personalidad y de interés que no tienen relación al pecado.

Los padres que ponen a los hijos primeros y que aceptan a sus hijos como individuos con un destino nuevo lograrán, tarde o temprano, el respeto y la honra de esos mismos hijos. Pero si los padres no actuán como padres que les enseñan la verdad a sus hijos y que les dan consejos cristianos, entonces habrán complicaciones en el futuro. Si en la familia cada uno, como manda san Pablo, hace su papel debido, no habrán complicaciones en las relaciones familiares. Pablo nos describe un círculo de virtud entre los familiares mismos que acaba en la paz y no en conflictos y resentimientos.

25.12.07

¡Feliz Navidad!


Castellano: Juan 1:14 Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre.

Latín: Juan 1:14 et Verbum caro factum est et habitavit in nobis et vidimus gloriam eius gloriam quasi unigeniti a Patre plenum gratiae et veritatis

Griego original: Juan 1:14

Kai. o` lo,goj sa.rx evge,neto kai. evskh,nwsen evn h`mi/n( kai. evqeasa,meqa th.n do,xan auvtou/( do,xan w`j monogenou/j para. patro,j( plh,rhj ca,ritoj kai. avlhqei,ajÅ


23.12.07

4o Domingo de Adviento: Isaías 7:10-14; Romanos 1:1-7; Mateo 1:18-24

Lo central en las lecturas de hoy es la concepción virginal de Jesús como descendiente de David. En Isaías, el profeta dice que «la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros» (Is. 7:14).

Aquí viene al tanto una controversia falsa por parte de algunos que tratan de convencernos que la referencia hebrea original (la palabra hebrea «'almah») no es a una virgen sino a una muchacha joven de edad de matrimonio, sea virgen o no virgen, casada o no casada. Pero como dice el comentario en la Nueva Biblia de Jerusalén la traducción tradicional como virgen «es un testimonio de la interpretación judía antigua» de los judios que primeron traducieron sus Escrituras del hebreo al griego en la famosa traducción antigua llamada la Septuaginta. Esa traducción judía occurió antes de la llegada del cristianismo. Por eso, no es asunto de los cristianos tratando de imponer una traducción favorable al relato evangélico sino de una traducción judía que ya existía antes del cristianismo.


En su carta a los romanos, san Pablo advierte al nacimiento de Jesús del linaje de David como cumplimiento de las profecías de las Escrituras que ahora conocemos como el Antiguo Testamento (Rom. 7:2-3). Una de esas profecías era la misma profecía de Isaías en cual una virgen concebirá a un futuro rey del linaje de David. Pablo, indirectamente, se refiere a esta profecía de Isaías.

En el Evangelio, tenemos la historia propia de la concepción virginal de Cristo. Hasta ahora no se ha descubierto referencia en la literatura judía o pagana antigua a una ocurrencia semejante. Existen cuentos de nacimientos milagros, pero nunca se relata una concepción virginal sin contacto sexual.

Por eso, la concepción virginal de Jesús afirma dramáticamente la identidad única de Cristo como Dios, aunque la prueba definitiva al mundo entero no fue la concepción virginal sino la resurrección de Cristo de entre los muertos, como afirma san Pablo (Rom. 7:4). Y también se puede concluir que el hecho que no ocurren referencias a la concepción virginal de cualquier otra persona en el mundo antiguo significa que no se puede decir en manera convincente que el testimonio evangélico es un mero invento literario incorporado a la vida de Jesús por influencia de otras fuentes literarias. Como afirma la Iglesia en el Credo, Jesús fue encarnado de la Virgen María.

16.12.07

Tercer Domingo de Adviento: Isaías 35:1-6, 10; Santiago 5:7-10; Mateo 11:2-11

En el Evangelio, Jesús responde a la pregunta del encarcelado Juan el Bautista. Nos asombramos que Juan el Bautista tiene cierta duda sobre la identidad de Jesús, aún después del bautismo de Jesús administrado por el mismo Juan. Jesús le responde con una lista de sus milagros y se refiere también a su evangelización hacia los pobres: «los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva». Todos estos acontecimientos son signos mesiánicos. ¿Cómo lo sabemos?

Tenemos la primera lectura del profeta Isaías: «Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo.» Los judíos, incluso a Juan el Bautista, sabían lo que significaba esa respuesta: Jesús es ciertamente el mesías anunciado por los profetas.

Y fue anunciado por largo tiempo y por muchos años de exilio y de sufrimiento. Por eso nos habla el apóstol Santiago en su carta sobre la paciencia que espera la redención final: «Tomad, hermanos, como modelo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.» Santiago era líder de los cristianos de origen judío y entendía muy bien que Jesús era la esperanza de su pueblo y que vindicaba los sufrimientos de todos los profetas antiguos. Aunque hay sufrimiento en la espera, también hay júbilo porque se celebran los gran acontecimientos del Mesías que cura a los enfermos y a los que sufren, acontecimientos tan bien expresados en la primera lectura de Isaías.

Nosotros hoy tenemos esa misma esperanza jubilosa. Sabemos que en la Navidad nos viene el mismo Mesías otra vez en la Eucaristía para invitarnos a ser sanados y curados por medio de su poder. El Adviento es un llamamiento para recibir la curación que todavía ofrece precisamente el mismo que le respondió a la pregunta de Juan el Bautista. Nosotros hacemos durante el Adviento la misma pregunta al mismo hombre: «¿Eres tú él que buscamos? ¿Eres tú que nos puede sanar físicamente y espiritualmente?» En Navidad, oimos otra vez la respuesta que oyó Juan: «Sí, soy ese».



9.12.07

Segundo Domingo de Adviento: Isaías 11:1-10; Romanos 15:4-9; Mateo 3:1-12

Se habla hoy del Reino de Dios. Isaías nos da un retrato maravilloso de la paz y la armonía honda de ese reino.Es una paz tan radical que los que eran enemigos ya no serán enemigos. Hasta la naturaleza misma no será de ninguna manera amenaza al hombre. Tendremos un rey lleno del espíritu de sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, piedad, y temor de Dios.

Estos son los dones del Espíritu Santo, las disposiciones de nuestra humanidad renovada que abren el camino a los frutos o perfecciones del Espíritu Santo: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí (Gálatas 5:22-23). Por medio del Espíritu Santo, hoy mismo los cristianos participan en ese reino descrito por el profeta.

En la carta a los romanos, san Pablo describe a la comunidad cristiana disfrutando de los frutos del Espíritu Santo. Precisamente en esa comunidad nueva, en esa Israel Nueva, se ve el Reino de Dios prometido a los patriarcas. El reino mesiánico del Antiguo Testamento ya se encuentra en la comunidad cristiana.

En Mateo, se habla de san Juan el Bautista que anuncia que está cerca el Reino de Dios. Este profeta del Nuevo Testamento condena a los fariseos y saduceos que no cambian su modo de vivir, que no dan evidencia en sus vidas de la transformación del Espíritu Santo que vendrá en su plenitud por medio de Jesús. Por medio de la renovación del Espíritu Santo se inaugura el Reino de Dios ya en este mundo.

2.12.07

1.er Domingo de Adviento: Isaías 2:1-5; Romanos 13:11-14; Mateo 24:37-44

Isaías nos dice que la paz mundial vendrá por medio de la ley y de la palabra de Dios. En el Evangelio de san Mateo, Jesús, la Palabra de Dios, anuncia que él volverá como el Hijo del hombre. Este Hijo del hombre es el Mesías que inaugura la paz mundial en la profecía de Isaías. Isaías y el Evangelio tienen temas tan similares que, a veces, se refiere al libro de Isaías como el «Quinto Evangelio».

Para que venga esa paz mundial se necesita la paz en el corazón individual. En Romanos, san Pablo nos propone la conversión radical del individuo: abandonar el egoísmo para tirarnos en las manos de Jesucristo.

Pablo dice: «Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias ni desenfrenos, nada de pleitos ni envidias. Revístanse más bien, de nuestro Señor Jesucristo y que el cuidado del cuerpo no dé ocasión a los malos deseos» (Romanos 13:13-14).

Estas lineas fueron las que completaron la conversión dramática de san Agustín. Agustín leyó estas palabras de san Pablo en obedencia a una voz que le mandaba a «Recoger y leer». Agustín recogió las Escrituras, leyó este pasaje de san Pablo, y el cristianismo cambió por siempre. A fondo, las palabaras contra las lujurias y los desenfrenos, contra los pleitos y las envidias, nos llaman a abandonar el egoísmo. A revestirnos con Jesucristo abandonamos lo que nos quita la paz individual y mundial.

25.11.07

Cristo Rey: 2 Samuel 5:1-3; Colosenses 1:12-20; Lucas 23:35-43

El ladrón bueno en el medio de la humillación de Jesús, en el medio de las burlas y los insultos, en el medio de su propia angustia física, en el medio de un momento negro que parecía no terminar, reconoció al rey del universo: «Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí».

Reconoció al rey verdadero de los judíos como decía el letrero sobre la cruz, al descendiente del Rey David de cual habla el segundo libro de Samuel. Reconoció al rey del universo por medio de cual «[t]odo fue creado . . . para él», como dice la carta de san Pablo. Reconoció a Cristo, ungido por Dios como David «para que sea el primero en todo».

¿Cómo fue posible que un criminal condenado en esas circunstancias pudiera hablar del Reino del crucificado? Oí un gran profesor jesuita decir una vez que hasta los cristianos simples hablan palabras de profecía sin darse cuenta. Este criminal arrepentido habló una profecía de cual todavía estamos hablando. En los momentos peores, nosotros también tenemos que estar dispuestos a hablar como profetas.

18.11.07

Trigésimo Tercero Domingo del T.O.: Malaquías 3:19-20; 2 Tesalonicenses 3:7-12; Lucas 21:5-19

En Malaquías y en el Evangelio se habla del «día del Señor», el día de juicio. Tenemos que notar una frase inolvidable en Malaquías referiendose al premio que se dará a «los que temen al Señor». Es una frase que nos pone a pensar en la Hostia consagrada, en la Eucaristía: «brillará el sol de justicia, que les traerá la salvación en sus rayos». Eso es lo que vemos cuando se expone la Hostia en nuestros altares para la adoración eucarísitica. En la Eucaristía, tenemos ya la iniciación de la Segunda Venida de Cristo.

En Lucas, Jesucristo también nos promete en medio de las persecuciones que nos dará «palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes». Cristo otra vez nos aconseja no tener ansiedad y confiar que él nos dará lo que necesitamos.

San Pablo habla duramente a los tesalonicenses que no trabajaban y que pasaban el tiempo «entrometiéndose en todo». Parece que esperando el fin del mundo como inminente, algunos de los tesalonicenses habían abandonado sus responsabilidades. Pablo los llama a vivir vidas ejemplares de trabajo y responsabilidad. Esto nos indica que en el trabajo cotidiano hay un camino verdadero a la santidad que nos completa como seres humanos. Esta es la visión de Juan Pablo II y también de San Josemaría Escrivá, quien fundó la Opus Dei.

11.11.07

Trigésimo Segundo Domingo del T.O.: 2 Macabeos 7:1-2, 9-14; 2 Tesalonicenses 2:16-3:5; Lucas 20:27-38

Hoy se afirma claramente la creencia clave de nuestra fe en la resurrección de los muertos. En la lectura de Macabeos, ya se ve esta fe en la resurrección afirmada por los mártires judíos. Esta resurrección no se trata de una creencia meramente en sobrevivir la muerte. Se trata de la resurrección del cuerpo. Uno de los hermanos mártires dice claramente: «De Dios recibí estos miembros . . . y de él espero recobrarlos». Creen en la resurrección del cuerpo, no solamente en la inmortalidad del espíritu.

En Lucas, Jesús corrige a los Saduceos que rechazaban la resurrección de los muertos. Y también nos instruye sobre el matrimonio humano: el matrimonio humano no se encontrará entre los resucitados. El matrimonio humano es meramente una indicación del amor y de la unión con Dios y con los otros fieles que nos espera en la resurrección. La particularidad del matrimonio humano será sustituido por una comunión más amplia y delectable entre los resucitados unidos en Dios.

San Pablo le habla a los tesalonicenses de su «consuelo eterno» y «feliz esperanza» que «los dispongan a toda clase de obras buenas y de buenas palabras». Ese consuelo eterno y esa feliz esperanza es la resurrección. Creer en la resurrección nos anima a una vida de obras buenas y de buenas palabras. No tenemos la desesperación de los que temen la muerte como el fin de la vida. Sabemos, por medio del testimonio apóstolico sobre la Resurrección de Jesucristo, que nos espera una vida más maravillosa que sobrepasa todos los placeres que hemos encontrado y disfrutado en este mundo.

4.11.07

Trigésimo Primer Domingo del T.O.: Sabiduría 11:22-12:2; 2 Tesalonicenses 1:11-2:2; Lucas 19:1-10


Nuestra vocación es nuestro destino. El escritor del libro de Sabiduría nos recuerda que Dios es nuestro creador, nuestro origen que está sumamente interesado en nuestro destino: «Porque tú amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que has hecho; pues si hubieras aborrecido alguna cosa, no lo habrías creado».

San Pablo claramente habla de Dios trabajando para traernos a nuestro destino: «Oramos siempre por ustedes, para que Dios los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder, lleve a efecto tanto los buenos propósitos que ustedes han formado, como lo que ya han emprendido por la fe». Dios es activo en traernos a cumplir nuestro destino.

En el Evangelio, Jesús le da al diminutivo Zaqueo su identidad y destino verdadero. El destino de Zaqueo no era ser ladrón y opresor. El Zaqueo verdadero, creado bueno por Dios, era el hijo justo del justo Abraham, que declaró que daba la mitad de sus bienes a los pobres y que iba a devolver lo que había robado.

Así nosotros tenemos que permitir a nuestro Creador que nos lleve a nuestro destino verdadero. En contraste a las filosofías populares, nosotros solos no podemos hacer nuestro destino. Nos tenemos que abandonar a la voluntad de Dios.

28.10.07

Trigésimo Domingo del T.O.: Sirácide 35:15-17; 2 Timoteo 4:6-8, 16-18; Lucas 18:9-14

Las lecturas nos aseguran que Dios nos defiende contra los malos y no nos abandona. Y los humildes son los que Dios defiende. En Sirácide, se dice que la «oración del humilde atraviesa las nubes». En el Salmo Responsorial se declara firmamente: «En contra del malvado está el Señor para borrar de la tierra su recuerdo».

En Segundo Timoteo, San Pablo acaba su vida con plena confianza que el «Señor me seguirá librando de todos los peligros y me llevará salvo a su Reino celestial». Es la confianza de todos los mártires.

En el Evangelio, Jesús cuenta la parábola famosa del fariseo arrogante y el publicano humilde. Y Jesús declara, como el libro de Sirácide, que la oración del humilde es la oración productiva: «todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido».

Podemos estar seguros que Dios nos salvará, nos dará la felicidad, y nos exaltará. Pero primero tenemos que ser transformados en gente humilde. La humildad nos asegura una respuesta a nuestras oraciones.

21.10.07

Vigésimo Noveno Domingo del T.O.: Éxodo 17:8-13; 2 Timoteo 3:14-4:2; Lucas 18:1-8

Algunos tratan de criticar la lectura de hoy que viene del libro del Éxodo, en cual Dios ayuda a los israelitas acabar con sus enemigos, los amalecitas. El pasaje empieza con el ataque de los amalecitas. Dios entonces, por medio de las manos alzadas de Moisés sujetando la vara de Dios, le da la victoria a los israelitas. Cuando se cansaban las brazos alzados de Moisés, Aarón y Jur le sostenieron los brazos.

Los que critican y no escuchan dicen que es mala forma que Dios acabó con los enemigos de Israel. Creen estos críticos que el panorama de una derrota militar da una mala impresión del propósito de la oración constante.

Bueno, con respeto, tengo que decir que pienso que estos críticos están ciegos a lo obvio. Lo obvio es que Dios ayuda a su pueblo escogido a sobrevivir los ataques de sus enemigos. Este pueblo tiene que sobrevivir porque es precisamente este pueblo escogido que nos dará la salvación del mundo entero por medio de Cristo, hijo de David y de Israel. No comparto las ansiedades de los críticos.

En el Evangelio, Jesús también enseña la necesidad de la oración incansable para obtener la ayuda de Dios. Si el juez malo pudo por fin llegar al punto de ayudar a la viuda persistente, más cierto es que un Dios bueno nos va ayudar.

También nos acordamos que necesitamos la ayuda de nuestros hermanos y hermanas para persistir en la oración, como Moisés necesitó la ayuda de los hombres que le sostenieron sus brazos en la batalla. La oración también es batalla.

En la segunda carta a Timoteo, Pablo le habla a Timoteo: «anuncies la palabra; insiste a tiempo y a destiempo; convence, reprende y exhorta con toda paciencia y sabiduría». Como la historia de Moisés y como la parábola de Jesús, Pablo nos exhorta a persistir en nuestra misión. Y Dios nos dará la victoria por medio de Jesús, el Nuevo Josué, como se la dió al Josué original que acabó con los malos.

14.10.07

Vigésimo Octavo Domingo del T.O.: 2 Reyes 5:14-17; 2 Timoteo 2:8-13; Lucas 17:11-19

Nos tenemos que preguntar hoy si nos damos cuenta cuando Jesús nos cura y nos bendice. En el Evangelio, Jesús cura a diez leprosos, pero solo uno, un samaritano o extranjero, volvió a darle las gracias a Jesús. Y Jesús respondió con una curación adicional y más definitiva: «Tu fe te ha salvado».

Pero cuantas veces somos nosotros como los otros nueve leprosos que se fueron por su camino olvidandose de Jesús. Y con su olvido se robaron ellos mismos de una curación mas grande: la salvación por la fe. A nosotros también Jesús nos da bendiciones y curaciones, hasta cada día, pero nos olvidamos de Jesús y nos imaginamos que nos hemos curado nosotros mismos con nuestras calculaciones y nuestros proyectos. Y por eso perdemos la oportunidad de obtener la bendición y la transformación más espectacular de la salvación.

En el libro de Reyes, tenemos otro extranjero leproso, Naamán, curado. Como el samaritano, Naamán reconoce la fuente de su curación, a Dios, y se dedica a sacrificar solo a ese Dios poderoso. En su curación, la piel leprosa de Naamán se «quedó limpia como la de un niño».

Esta transformación del cuerpo de Naamán es una indicación de la resurrección del cuerpo al cual se refiere san Pablo en 2 Timoteo. Pablo nos habla del Cristo resucitado con cual viviremos y reinaremos si lo reconocemos. Y también dice Pablo que aunque seamos infieles, Cristo «permanece fiel».

Aunque a veces no reconocemos las bendiciones de Cristo, Cristo se mantiene fiel y nos cura y nos bendice verdaderamente. Pero, como los nueve leprosos ingratos, perdemos la oportunidad y rechazamos la invitación a una curación más espectacular, prodigiosa, y definitiva.

7.10.07

Vigésimo Séptimo Domingo del T.O.: Habacuc 1:2-3; 2:2-4; 2 Timoteo 1:6-8, 13-14; Lucas 17:5-10

Estas lecturas nos hablan del misterio de nuestras vidas: esperando para la gloria prometida. El profeta Habacuc le pone la pregunta a Dios: ¿Porqué tenemos que tolerar tanto desorden? Dios le responde: «El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe».

En el Evangelio, Jesús le da énfasis al poder de la fe, hasta de una fe que nos parece pequeña. Y también nos pone en nuestro lugar: somos siervos y tenemos que trabajar antes de comer y beber. El siervo de Dios espera con fe el banquete final.

San Pablo le escribe a Timoteo que el Espíritu Santo «no . . . [es] un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación». Cada palabra es importante. Tenemos que tener coraje y fortaleza, no miedo. Tenemos que practicar el amor que es la compasión sin explotación ninguna del otro, sea quien sea el otro. Porque tenemos fe, podemos practicar la moderación. No estamos desesperados. Los dones del Espíritu Santo completan la enseñanza del profeta Habacuc y hacen suave y sereno nuestro trabajo por Dios.

30.9.07

Vigésimo Sexto Domingo del T.O.: Amós 6:1, 4-7; 1 Tm 6:11-16; Lucas 16:19-31

No salen bien los ricos en estas lecturas. Todas las tres lecturas de hoy condenan la actitud típica del rico--una actitud de arrogancia. Esa arrogancia presume que, como un poderoso y rico, el adinerado controla su destino. Bueno, ese control es una ilusión, una mentira.

El profeta Amós era un profeta singularmente feroz en su condenación de la vida «buena» de los ricos. Condenó la vida lujosa de los ricos en frente de la catastrofe inminente que se acercaba a Israel en forma de los invasores de asiria.

Jesucristo en la famosa historia de Lázaro y el hombre rico también nos demuestra la falsa seguridad del rico que también tiene que morir en un momento inesperado. La ilusión de control del rico se demuestra claramente.

San Pablo también se fija en la mentira de las riquezas materiales. Para ver claramenta este punto se tiene que leer el resto del capítulo seis en cual se encuentra la selección de hoy. Pablo también denuncia la ilusión del dinero.

Lo que Pablo le aconseja a Timoteo es que se concentre en una vida de «rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre», que luche «en el noble combate de la fe», todo para conquistar la vida eterna. El soberano de nuestro destino no es el dinero y el poder que se basa en el dinero. El «único soberano, rey de los reyes y Señor de los señores» es Jesucristo «el único que posee la inmortalidad».

El dinero es algo muerto, pero Cristo vive. El listo hace su inversión principal en Cristo.

23.9.07

Vigésimo Quinto Domingo del T.O.: Amós 8:4-7; 1 Timoteo 2:1-8; Lucas 16:1-13

El mensaje de hoy es claro: tenemos que escojer entre el materialismo, el dinero, como dios, y el verdadero Dios. En el Evangelio, Jesús habla claramente: «no pueden ustedes servir a Dios y al dinero». Jesús completa las denuncias furiosas del profeta Amós en que Dios jura castigar a los que explotan y defraudan a los pobres.

Todo ese afán por el dinero, hasta el punto de defraudar, es una tontería. Es una ilusión. En verdad, los explotadores no son los que tienen el poder. El poder reside, como dice Pablo, en «un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre él también, que se entregó como rescate por todos».

En los documentos del Segundo Vaticano, la Iglesia repite esta enseñanza que la ley inscrita por Dios en la humanidad es la generosidad al prójimo, no la explotación o el fraude. Jesús es el ejemplo singular de esa generosidad por su entrega voluntaria a la muerte para rescatarnos. En esa entrega al otro se encuentra la verdadera riqueza y el verdadero poder guarantizado por el Creador de todo.

16.9.07

Vigésimo Cuarto Domingo del T.O.: Éxodo 32:7-11; 13-14; 1 Tm 1:12-17; Lucas 15:1-32

Los sermones de hoy serán familiares: Dios es misericordioso y perdona a los pecadores. Pero en las lecturas, podemos notar algunos puntos que no se comentan frecuentemente. Decimos correctamente que el pecador tiene que primero arrepentirse. Pero nota como surge el arrepentimiento en estas lecturas. No es simplemente cosa que el pecador un día se despierta por su propia voluntad.

En Éxodo, los Israelitas se arrepentieron de su idolatría después que Moisés condenó su conducta. En la primera carta a Timoteo, san Pablo cuenta su propria conversión. Sabemos que esa conversión fue iniciada por la apariencia de Cristo mismo a Pablo cuando iba a Damasco. En el Evangelio, Jesus cuenta la famosa parábola del hijo pródigo que volvió a su padre después de haber fracasado en su vida disoluta. Vemos que la conversión y el arrepentimiento viene de acontecimientos: la condena de una figura profética, la voz del mismo Dios, o por medio del fracaso espectacular.

Cuando nos condena una persona que respetamos debemos de escuchar y no automaticamente atacar al mensajero. Debemos de orar y leer las Escrituras para poder oir la voz de Dios en nuestras vidas. En el medio del fracaso o las tragedias, debemos de analizar como cambiar nuestro modo de vida para volver a la casa del Padre y no simplemente continuar ciegamente en un estilo de vida irracional. Dios es en verdad misericordioso, y estas experiencias en cual podemos reconocer la realidad de nuestras circunstancias son parte de esa misericordia.

9.9.07

Vigésimo Tercero Domingo del T.O.: Sabiduría 9:13-19; Filemón 9-10, 12-17; Lucas 14, 25-33

Vemos en estas lecturas que el Espíritu Santo trastorna nuestra sabiduría humana y convencional. En el libro de la Sabiduría, se dice que los «pensamientos de los mortales son inseguros y sus razonamientos pueden equivocarse». Lo que remedia esta situación es el «santo espíritu» enviado por Dios que aclara nuestras circunstancias.

Y como vemos en la Carta a Filemón, san Pablo muestra como la inspiración del Espíritu Santo trastorna nuestras maneras acostumbradas de pensar. Pablo le pide a Filemón que vea y trate a su esclavo Onésimo como un «hermano amadísimo» y como un «compañero». Con la sabiduría que viene del Espíritu Santo, Pablo invierta la manera de pensar convencional de la sociedad de su tiempo.

Y Jesús es más radical que Pablo en invertir y volcar nuestras expectaciones convencionales. Jesús nos urge que tenemos que estar preparados a renunciar a familiares y a todas nuestras posesiones materiales. Jesús dice que estar dispuesto a abandonar todo es parte del precio de tomar nuestra cruz y seguirlo.

¿Qué aplicación le podemos dar a estas palabras radicales? Bueno si, por ejemplo, nos hemos liberados del alcoholismo con la ayuda de Dios puede ser necesario apartarnos de amigos viejos y hasta familiares que siguen en la borrachera. Lo mismo se puede aplicar a los que han escapado el mundo satánico de las drogas. Puede ser que tengamos que renunciar también reuniones familiares llenas de cinismo, de celebración del materialismo, y de aprobación de estilos de vida inmorales. Tenemos que estar dispuestos a renuncias radicales cuando sean necesarias.

Jesús nos habla con el Espíritu Santo que aclara nuestras circunstancias y trastorna nuestras maneras normales de pensar y de vivir.

2.9.07

Vigésimo Segundo Domingo del T.O.: Eclesiástico 3:19-21, 30-31; Hebreos 12:18-19, 22-24; Lucas 14:1, 7-14

Tenemos lecturas sobre la humildad y también sobre grandeza y honor. Casi siempre en estas lecturas nos inmediatamente parece que tenemos un conflicto y contraste entre la humildad y el honor. Pero parece mas justo decir que hay en verdad un conflicto, no tanto entre humildad y honor, pero, mejor dicho, entre la humildad y la falta de fe en el poder de Dios.

En el libro del Eclesiástico, se dice «Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas». No nos dice que rechazemos la grandeza del honor, pero que tenemos que bien entender de donde viene la grandeza auténtica. Hazte pequeño para recibir la grandeza y el honor que viene de tener «gracia ante el Señor». Ten humildad y «te amarán más que el hombre dadivoso». Humildad nos traer el amor de otros y la gracia que es la aprobación de Dios que «sólo . . . [es] poderoso».

En la carta a los hebreos, san Pablo también hace un contraste. Es un contraste entre un encuentro dramático con Dios y un encuentro de fe más profundo y sencillo. Es un encuentro descrito como una «reunión festiva» de ángeles y como un juicio ante de Dios.

En el Evangelio, Jesús es muy claro y sencillo en su consejo. Nos dice que para evitar la vergüenza y para ser honrados debemos de vivir en humildad. Esa humildad es la misma humildad del Eclesiástico que nos manda hacernos más pequeño cuanto más grande seamos. El invitado es humilde porque no trata de agarrar el reconocimiento debido a él. Al contrario, el invitado humilde, con generosidad, toma una posición inferior a sus méritos. El invitado humilde es generoso porque no se paga él mismo. Al final de la lectura de san Lucas, Jesús afirma esa generosidad cuando nos manda a invitar a un banquete a los que no tienen con qué pagarnos.

Jesús no rechaza la tendencia humana y natural de preocuparnos por nuestra honra o vergüenza. Jesús toma nuestras preocupaciones naturales y las dirige a la gloria verdadera. Seremos honrados y glorificados si nos reducimos en humildad y si practicamos una generosidad desinteresada. Todo esto requiere confianza en Dios y en abandonar los asuntos de nuestra honra o vergüenza a las manos de Dios. Dejamos estos asuntos a Dios porque tenemos confianza que Dios sólo es poderoso. No tenemos que preocuparnos de nuestro honor y de nuestra compensación justa. Dios lo tiene todo en mano.

26.8.07

Vigésimo Primero Domingo del T.O.: Isaías 66:18-21; Hebreos 12:5-7, 11-13; Lucas 13:22-30

Isaías es, en mi opinión, el profeta más cercano al Nuevo Testamento. Hoy leemos su profecía que el Señor enviará algunos «como mensajeros . . . hasta los países más lejanos y las islas más remotas». Esa profecía se ha cumplido. Por eso estamos leyendo sus palabras en castellano.

En el Evangelio de san Lucas, Jesús repite la misma profeciá de la evangelización universal: «Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios». Por eso, llamamos la Iglesia «católica» que significa «universal». La Iglesia es la Nueva Israel que se dirige a todos en todos los rincones del mundo.

Esa evangelización universal o católica sigue. Es una tarea difícil y peligrosa. A veces tenemos la tentación de «ensimismarnos», de retirarnos de la battalla y preocuparnos solamente de los asuntos internos de la Iglesia, asuntos que en algunos casos son graves.

Pero san Pablo nos dice hoy que tenemos que aceptar las correcciones y los sufrimientos como disciplina de un Dios que nos ama. Los problemas internos y las dificultades externas de la Iglesia, incluso las dificultades de la evangelización misionera, son correcciones y oportunidades para crecer en la santidad. Esa santidad es la voluntad de Dios que llegaremos a ser plenamente los humanos que debemos de ser. La santidad es la gloria de Dios. Y como dijo un padre de la Iglesia, «la gloria de Dios es el hombre plenamente vivo».

San Pablo nos aconseja que tenemos que enfrentar las dificultades y seguir caminando «por un camino plano, para que el cojo ya no se tropiece, sino más bien se alivie». Es una frase extraordinaria. La reacción natural de un cojo es retirarse del camino. Es nuestra reacción natural en frente de dificultades y angustia. Pero Pablo nos urge al camino y nos instruye que en caminando seremos aliviados y curados.

Por eso la Iglesia, como siempre en medio de dificultades internas y externas, tiene que seguir el camino católico de la evangelización mundial. Y siguiendo ese camino universal se aliviarán las dificultades.

19.8.07

Vigésimo Domingo del T.O.: Jeremías 38:4-6, 8-10; Hebreos 12:1-4; Lucas 12:49-53

En estas lecturas vemos la cara dura de la vida del que sigue a Dios. Jeremías el profeta acaba tirado en una cisterna. Lo colgaron con sogas hasta que se hundió en el fango de la cisterna. En la misma manera, puede uno hoy en Jerusalén entrar en la Iglesia de Gallicantu (donde cantó el gallo para señalar la traición de San Pedro) y se puede ver una pintura grande de Jesús mismo colgando con sogas, bajo los hombros, cuando lo bajaron en la cisterna en la casa del sumo sacerdote que lo había arrestado antes de llevarlo a Pontio Pilato. Jesús cumple en su humillación la misma humillación prefigurada por el profeta Jeremías.

En la carta a los Hebreos, se habla de como Jesús «soportó la cruz sin miedo a la ignominia». El mismo Espíritu Santo que le dió a Jesús la audacia para enfrentar la ignominia sin miedo está a nuestra disposición. En el Evangelio de San Lucas, Jesús mismo habla del «bautismo que tengo que ser bautizado». Se refería a la cruz. También habla Jesús que no vino a traer paz, sino «división». Nosotros si somos otros Cristos, no por nuestros méritos sino por la gracia de Dios, también vamos a tener que enfrentar la ignominia como Jeremías y como Jesús y lo podemos hacer sin miedo por el poder del Espíritu Santo que inspiró a Jeremías y que llenaba a Jesús. También nosotros--si somos otros Cristos--traeremos la división, precisamente porque no se puede enfrentar la maldad sin la audacia de provocar la división. Todo esto es mucho para nosotros que en realidad somos nada. Pero con el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, todo lo podemos hacer, todo lo podemos conquistar, todo lo podemos enfrentar. Y así se hacen las cosas que parecen tan imposibles.

15.8.07

Asunción de La Santísima Virgen María: Apocalipsis 11:19; 12:1-6, 10; 1 Corintios 15:20-27; Lucas 1:39-56

La fiesta de la Asunción de María atrae los ataques de los protestantes que creen que los católicos ponen a María en el mismo plano que Jesucristo. Aunque la definición dogmática de la Asunción de María ocurrió en el año 1950, es una creencia muy antigua de la Iglesia. En ese año, el Papa Pío XII confirmó que María «fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo, al terminar su vida mortal».

En realidad, es, como todas las fiestas de la Iglesia, una celebración cristocéntrica. Leemos hoy en corintios que Cristo «resucitó como la primicia de todos los muertos». Lo que afirmamos en la Asunción de María es que María, la primera cristiana, por medio de Jesucristo es la primera de todos los cristianos que participa en la Resurrección de Cristo. Fue asunta cuerpo y alma: aquí vemos la promesa de la resurrección del cuerpo que es también nuestra. Cristo tiene la prioridad entre todos, incluso María. María tiene la prioridad entre los cristianos.

Y esa prioridad de María se funda en que ella fue la esclava humilde de Dios. En Lucas, oimos otra vez el Cántico de María: «mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava». María reconoce, como nosotros, que Dios es la que la salva. Reconocemos que la mas humilde es la primera que participa en la resurrección del cuerpo.

En la vision de san Juan en el libro del Apocalipsis, vemos a María en su gloria «con una corona de doce estrellas». Tiene esa gloria porque es madre del Mesías. Todo deriva de Cristo.


12.8.07

Decimonoveno Domingo del T.O.: Sabiduría 18:6-9; Hebreos 11:1-2, 8-19; Lucas 12:32-48

El libro de la Sabiduría dice que la "noche de la liberación pascual fue anunciada con anterioridad a nuestros padres, para que se confortaran al reconocer la firmeza de las promesas en que habían creído" (Sabiduría 18:6). La primera pascua fue la intervención de Dios que le dió coraje a los Israelitas.

Pero esa pascua empezó con la fe de Abraham como nos instruye san Pablo. La fe de Abraham fue coraje: coraje de salir de su tierra natal y entrar en lo desconocido; coraje de confiar en la promesa de un heredero que saliera de la vejez; coraje de estar dispuesto a sacrificar a Isaac confiando que Dios podía resucitar a los muertos.

Jesucristo nos dice en el evangelio de san Lucas: «No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino.» Aquí está la culminación verdadera de la jornada de fe de Abraham. La culminación no es la pascua de la Vieja Alianza, pero la pascua de la Nueva Alianza de Jesucristo. En la muerte y resurrección de Cristo tenemos la pascua definitiva que es la prueba de la fe original de Abraham que Dios puede resucitar a los muertos. El rescate divino de Isaac del altar de Abraham prefigura la muerte verdadera y resurrección corporal de Jesucristo. Esa última pascua es la intervención divina que hoy nos da la fe para vivir con coraje.

5.8.07

Decimoctavo Domingo del T.O.: Eclesiastés 1:2; 2:21-23; Colosenses 3:1-5, 9-11; Lucas 12:13-21

Las lecturas de hoy hablan de las prioridades: las posesiones o Dios. En Eclesiastés, el Predicador nos dice famosamente:
«¡[V]anidad de vanidades, todo es vanidad!»

Todo es vanidad porque nada dura. Especialmente, nosotros no duramos. Desaparecemos en la muerte. Por eso, las posesiones son vanidad. Cuando nos morimos, quedarán para otros.

Muchas son las mansiones, fincas, y palacios que han quedado sin los dueños originales que las construyeron y decoraron con lujo y atención. Hoy mismo una multitud de turistas traspasan esos palacios con sus cámaras.

Esos turistas son hoy mas dueños de esos palacios que los reyes y nobles que las hicieron famosas. Los turistas todavía las disfrutan y las caminan. Los reyes y nobles que las construyeron han desaparecido.

Jesús mismo reitera la vanidad de las posesiones en la parábola del hombre rico que edificó graneros más grandes para sus riquezas. Al hombre rico, Dios le pregunta: «[L]as cosas que preparaste, ¿para quién serán?» En realidad, nunca somos dueños en esta vida porque todo lo que adquirimos se gastará o, si dura, llegará a ser de otro.

Un escritor católico británico justamente nota que posesión es ilusión. Él explica que si ni tenemos posesión de nuestra misma vida, que es un don de Dios, ¿cómo vamos a tener posesión en realidad de cualquier otra cosa? No somos dueños de nuestra vida que es un don que Dios da y quita a su placer. Esa realidad nos enseña que no tenemos posesión segura de nada en este mundo. En este sentido, verdaderamente, todo es vanidad.

Por eso, san Pablo está correcto cuando nos urge:

Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con el.

Colosenses 3:2-4.

Pablo nos informa que, por medio de nuestra conversión a Cristo, ya hemos muerto. Por eso no tenemos que temer a la muerte que nos espera. Además, cuando Cristo vuelva, entraremos en su vida gloriosa. No es un asunto vanidoso porque tenemos vida eterna en Cristo.

Lo que nos da esta esperanza auténtica es la realidad de la Resurrección de Cristo. Por medio de esa Resurrección, nosotros también entraremos en una vida gloriosa.

Si Cristo no resucitó, entonces es verdad que todavía estamos hundidos en la vanidad (1 Cor. 15:14-17). Pero si confiamos en la verdad que Cristo resucitó de entre los muertos, nuestra fe no es vanidad pero una esperanza eficaz. La vida que tenemos en Cristo si dura. Por eso esa vida no es vanidad.









29.7.07

Decimoséptimo Domingo del T.O.: Génesis 18:20-32; Colosenses 2:12-14; Lucas 11:1-13

En la lectura de Génesis, vemos que Abrahán es un intercesor magnífico y persistente que se atreve a repetir sus peticiones por los inocentes de Sodoma y Gomorra. Sabemos del Evangelio que Abrahán todavía vive. Jesús nos dice que Lázaro, el pobre, cuando murió fue al seno de Abrahán (Lc 16:22). También nos dice Jesús que el Dios de Abrahán es Dios de los vivos (Lc 20:37-38).

Los cristianos, incluso los protestantes, tienen la costumbre de pedirle a sus compañeros que oren por ellos. ¿Si Abrahán todavía vive, porqué no podemos pedirle a Abrahán, el famoso intercesor persistente, que también ore por nosostros? Hasta el hombre rico en el Evangelio le pide ayuda al «Padre Abrahán» (Lc 16:24). Así se manifiesta la doctrina católica de la comunión de los santos por cual le pedimos a los santos en la tierra y en el cielo que oren por nosotros. Pedirle la ayuda a intercesores es parte de la persistencia que debemos de tener en la oración.

En la Carta a los Colosenses, san Pablo repite un aparente himno cristiano sobre el bautismo en cual somos sepultados en Cristo y resucitados con Cristo a una vida nueva. Dios nos salvó en Cristo aunque estuvimos «muertos» en nuestros delitos. La persistencia no es solamente para nosotros los humanos que oramos. Tenemos un Dios persistente en salvarnos hasta cuando somos culpables. Dios sobrepasa a Abrahán porque Dios intenta salvar no solo a los aparentemente inocentes pero también a los muertos en el pecado. Este Dios es tan persistente en salvarnos que hasta se hizo hombre en Jesucristo.

En el Evangelio, Jesús nos da el Padre Nuestro como modelo de la oración y nos manda a persistir en presentar nuestras peticiones en la oración. No hay conflicto entre aceptar la voluntad de Dios cuando decimos en el Padre Nuestro «venga tu Reino» y seguir haciendo petición a Dios. Me acuerdo oir un sacerdote misionero, que trabaja en condiciones terribles en Africa, decirle a una congregación norteamericana, que la vida no significa nada sin la lucha. La oración es lucha como el ejemplo de Abrahán nos indica y como Jesús nos indica cuando nos manda a seguir molestando a Dios con nuestras peticiones. En esa lucha, llegaremos a conocer lo que significa nuestras circunstancias y entonces podremos orar autenticamente las palabras del Padre Nuestro «venga tu Reino» y «hágase tu Voluntad» (Mt 6:10).

Jesucristo es nuestro ejemplo, un ejemplo superior a Abrahán. El ejemplo de la oración persistente de Abrahán apunta a la oración perfecta de Jesús al Padre. En el monte de los Olivos, Jesús en su agonía y lucha oró que se apartará la copa de su sufrimiento, pero añadió que se haga la voluntad del Padre (Lc 22:42). En la lucha persistente de la oración, Jesús encontró su misión y el significado de su vida. Cristo es el intercesor, mediador, y abogado supremo frente al Padre. El sacrificio de su muerte fue la oración perfecta que nos dio a nosotros, muertos en el pecado, la nueva vida.

22.7.07

Decimosexto Domingo del T.O.: Génesis 18:1-10; Colosenses 1:24-28; Lucas 10:38-42

El tema de las lecturas de hoy es Cristo. Cristo manifestado en el Viejo Testamento, Cristo manifestado en la predicación de san Pablo, y Cristo mismo en el Evangelio. A Abraham se le aparace el Señor en forma de tres hombres. El número tres nos recuerda de la Santa Trinidad que se manifestará plenamente en el Nuevo Testamento.

Abraham tiene un encuentro misterioso con los tres hombres. San Pablo le escribe a los colosenses sobre el «misterio escondido desde siglos y generaciones y manifestado ahora a sus santos». Ese misterio «es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria». Los Padres de la Iglesia primitiva enseñaban que las manifestaciones de Dios en el Viejo Testamento eran en verdad manifestaciones de Cristo, el Verbo de Dios, en cual Dios se hace visible. El misterio de la apariencia del Señor a Abraham se ilumina en Cristo.

En el Evangelio, Jesús visita a la casa de Marta y María. Como Abraham, Marta se preocupa con prepararle la mesa al visitante. Pero Jesús alaba a María que se sienta a los pies de Jesús a escucharlo. Esta actitud de María es un elemento nuevo y necesario porque Jesús es la culminación de la revelación de Dios que vimos en la vida de Abraham. Ahora el misterio escondido a las generaciones del pasado se ha iluminado con la llegada de Cristo. Por eso debemos también sentarnos a esuchar a Cristo como hizo María.

15.7.07

Decimoquinto Domingo del T.O.: Deutoronomio 30:10-14; Colosenses 1:15-20; Lucas 10:25-37

El tema de hoy es la Ley de Dios. En el Evangelio, Jesús nos habla del buen samaritano que, en contraste con los profesionales de la religión, para y se porta como prójimo al hombre herido, como requiere la Ley. Por eso, lo mataron. Mataron a Jesús porque expuso la hipocresía de los oficiales religiosos de su tiempo.

A la misma vez, Jesús completó la revelación de la Ley de Dios que se inició en Deutoronomio por Moisés. Moisés habla que la Ley no está lejos pero «en tu boca y en tu corazón». Ahora viene Jesús, quien san Pablo llama «imagen del Dios invisible» en cual habita «toda plenitud». Jesús mismo es la encarnación de la Ley que contiene la revelación completa de Dios en toda plenitud. Ahora si es verdad que la Ley esta aquí en nuestra presencia y no en el cielo o al otro lado del mar fuera de nuestro alcance. Hasta hoy en las sinagogas se mantiene en un lugar especial, semejante al tabernáculo de nuestras iglesias católicas, los rollos de la Ley. Para nosotros, Cristo mismo en forma eucarística toma el lugar de esos rollos.

Por eso cuando practicamos la caridad al prójimo, mandada por la Ley, estamos unidos a Cristo en una manera profunda. La Ley de Dios es una persona, y esa persona es Cristo. En él vemos la imagen de Dios. No se puede decir que la Ley es una carga impersonal y ajena que nos oprime y nos quita la libertad. Al contrario, la Ley es Cristo mismo, una persona que nos ama y que nos llama a amar.

8.7.07

Decimocuarto Domingo del T.O.: Isaías 66:10-14; Gálatas 6:14-18; Lucas 10:1-12, 17-20

Un tema de las lecturas de hoy es la separación, la separación entre los que aceptan el evangelio de Dios y los que rechazan el evangelio de Dios. En Isaías, el profeta proclama la paz y bondad que Dios le dará a su pueblo. Pero en la parte de Isaías que no se lee hoy, también se habla del castigo de Dios a sus enemigos. En Lucas, Jesucristo manda a los setenta y dos discípulos a los pueblos antes de que llegue Jesús. Jesús los manda a traer paz y a curar a los enfermos. Pero a los pueblos que rechazan al evangelio, Jesús le dice a sus discípulos que sacuden el polvo de sus pies «en señal de protesta» contra tal pueblos. La decisión libre que rechaza el evangelio trae separación de Dios. No es asunto de cristianos juzgando en lugar de Dios, pero de reconocer las consecuencias de rechazar el evangelio. Cuando reconocemos esas consecuencias, a la misma vez reiteramos la urgencia de aceptar la invitación rechazada del evangelio.

En la carta a los gálatas, san Pablo se gloria solamente en la cruz de Jesucristo. Pablo da el ejemplo del cristiano que sabe que la cosa más importante y clave en la vida es Jesucristo. Todas las otras cosas del mundo merecen, en comparación, indiferencia. Por eso es que al rechazar el evangelio nos condenamos nosotros mismos. No son los cristianos que nos condenan. Somos nosotros mismos. De ese rechazo resulta la separación señalada cuando Jesús nos ordena a sacudir el polvo de nuestros pies. Por eso en la sociedad de hoy, los cristianos tienen que estar preparados a romper con la manera de vida de los que rechazan el evangelio y sacudir el polvo de sus pies en protesta contra tal rechazo. Esa protesta es la mejor misericordia que se les puede dar a los que se condenan por rechazar el evangelio.

1.7.07

Decimotercero Domingo del T.O.: 1 Reyes 19:16, 19-21; Gálatas 5:1, 13-18; Lucas 9:51-62

Las lecturas de hoy dan un gran contraste entre la vocación profética bajo la Vieja Alianza y la vocación apostólica en la Nueva Alianza de Jesucristo. En el libro de Reyes, Elias apunta al profeta que tomará su lugar: Eliseo que se encuentra con la mano en el arado. Eliseo pide y recibe permiso para despedirse de sus familiares antes de tomar su nueva vocación profética.

Al contrario, Jesucristo no da semejante permiso a los que el llama a una vida apostólica. Famosas son las palabras de Jesús: "Deja que los muertos entierren a los muertos." También dice: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios." Como en sus otras enseñanzas, Jesucristo exige mas que la ley del Viejo Testamento. Jesús exige una lealtad semejante a la de Abrán que estuvo dispuesto a sacrificar todo, incluso a su hijo, para obedecer la llamada de Dios.

En la carta a los gálatas, san Pablo le pide a los gálatas que no caigan otra vez bajo el yugo de la esclavitud de la ley. Les pide que vivan en el Espíritu Santo, no con espiritu de esclavitud. En la historia de Eliseo, también se habla de un yugo sobre bueyes abandonados por Eliseo para abrazar su vocación nueva de profeta. San Pablo esta llamando a los nuevos cristianos a esa misma libertad que viene con la nueva vocación de cristiano.

Esa libertad se funda en obediencia a la misión dada por Dios a cada uno de nosotros por medio de Jesucristo. Esa misión es nuestra vocación profética y apostólica. Es nuestro destino. Es la razón de nuestra existencia. Por eso, obediencia a esa misión de Dios es superior a los lazos mas familiares que tengamos. Todos ahora tienen que relacionarse con nosotros a base de esa nueva misión. Los que no reconocen a nuestra misión quedan atrás porque no podemos mirar hacia atrás. Quedan como muertos para el nuevo cristiano. Es parte inevitable y escandalosa de la conversión.

24.6.07

Natividad de San Juan Bautista: Isaías 49:1-6; Hechos 13:22-26; Lucas 1:57-66, 80

Hoy, obviamente, se trata de Juan el Bautista. Desde su vida en el seno materno, ya Dios lo había escogido. Eso vemos claramente en la lectura de Isaías y también en la visitación de María que meditamos en el rosario cuando brinca Juan el Bautista en el vientre de su madre en alegría de estar en contacto con María que cargaba Jesús en su vientre. No somos accidentes. Dios tiene un propósito y un destino particular para cada uno de nosotros: seamos pobres o enfermos o muy sencillos o hasta incapacitados de alguna manera grave. Por eso, la Iglesia defiende la dignidad de cada vida humana, sea lo que sea.

En la lectura de los Hechos, vemos que Juan el Bautista fue el «precursor» de Jesús, el precursor que preparó el camino del Señor. Bueno, nosotros también somos precursores de Jesús en cierta manera hoy en día porque la evangelización nos trae Jesús de nuevo a tantos individuos y tantas culturas. Hasta en paises que han sido históricamente «cristianos» tenemos que ser precursores otra vez porque se ha perdido la fe de muchos en esos paises. Tenemos que preparar el camino de nuevo como hizo San Juan el Bautista--el es modelo para nuestros esfuerzos de hoy.

En Lucas, oimos como Zacarías, el padre de Juan Bautista, pudo hablar otra vez después que insistió que el nombre de su hijo sería «Juan» como había indicado el ángel. Zacarías llegó a aceptar la misión de su hijo. Nosotros también tenemos que aceptar la misión de nuestros hijos y amigos, de nuestros conocidos. Nuestro papel no es ser obstáculo, pero ayudar a que otros sigan los caminos de Dios. Al inicio, Zacarías tenía cierta duda sobre el nacimiento de su hijo. Pero llegó a ser convencido por los hechos. Tenemos nosotros también que mirar a los otros con los ojos de Dios y tener fe en el llamamiento de otros para ser nuevos profetas en nuestros tiempos--porque todavía Dios llama a los nuevos profetas.

17.6.07

Undécimo Domingo del T.O.: 2 Samuel 12:7-10, 13; Gálatas 2:16, 19-21; Lucas 7:36-50

¡Qué interesante las lecturas de hoy que ponen juntas la historia del pecado de David-- que acabó en el asesinato de Urías para obtener su mujer para David-- con la proclamación en el Nuevo Testamento que somos salvos por fe en Jesucristo! Bueno, David es el antepasado más famoso de Jesús de Nazaret. Jesús es rey de Israel como descendiente del Rey David. Y aquí tenemos al prototipo del rey mesiánico cometiendo un horrible pecado: matar un hombre por lujuria hacia su mujer. ¿Qué nos estará diciendo la Iglesia en poner estas lecturas juntas para este domingo?

Hay que pedirle a Dios la luz, como siempre, para comprender algo de todo esto, especialmente que Dios nos está diciendo a cada uno de nosotros. David se arrepienta cuando oye la acusación del profeta Natán. Tenemos que escuchar a los profetas: en las Escrituras y en la vida diaria. Lo que vemos en David es que hasta una persona tan cerca a Dios puede cometer un crimen extraordinario y mantenerse en complacencia. Si le pasó a David, nos puede pasar a nosotros. Por eso es esencial leer la Biblia, orar, y hacer examinación de conciencia--e ir a confesarse. Somos por naturaleza «ciegos» por medio de nuestro egoísmo. Necesitamos muchas oportunidades para obtener la luz del día para nuestros hechos.

Pero Dios, cuando vio el cambio de corazón de David, lo permitió vivir. En las lecturas del Nuevo Testamento para hoy, se habla del descendiente perfecto de David quien murió por cada uno de nosotros. Dios perdonó a David. Ahora, por medio de Jesucristo, el hijo de David, Dios también nos perdona. ¡Qué ironía! El hijo de David con la mujer de Urías era el rey Salomón. Y Jesucristo es descendiente de ese mismo Salomón (vea Mateo 1:6-7). De lo más malo, Dios saca el milagro de la salvación. Es un misterio profundo. No se va explicar aquí. Pero, como dice un sacerdote que conozco, si se puede decir, por lo menos, definitivamente que tenemos un Dios que le gusta con pasión buscar manera de salvarnos, las maneras más inesperadas y sorprendentes. Por eso, se nos exige la fe de plena confianza en el Dios que ama salvarnos. Amén.


10.6.07

El Cuerpo y La Sangre de Cristo: Génesis 14:18-20; 1 Co. 11:23-26; Lucas 9:11-17

En Génesis, tenemos a Melquisedec ofreciendo con pan y vino la primera "eucaristía," que en griego indica dar gracias. Esta conexión de los elementos del pan y el vino con dar gracias obviamente prefigura la Eucaristía instituida por Cristo en el Evangelio. En la Carta a los Hebreos en el Nuevo Testamento, se refiere a la acción de gracias de Melquisedec:

[C]uyo nombre significa, en primer lugar, «rey de justicia» y, además, rey de Salem, es decir «rey de paz», sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre.

Hb 7:2b-3 (énfasis original).

Las Escrituras claramente asemejan a Cristo con Melchisedec. Cristo, como la Palabra de Dios, que siempre existió con el Padre es como Melquisedec el rey de justicia y de paz sin genealogía humana en su preexistencia divina. Ese Melquisedec, en mi opinión privada y personal, es Cristo. Y nota que Melquisedec como Cristo es sacerdote. El sacerdocio y la Eucaristía estan ligados estrechamente desde el Viejo Testamento, y esa conexión es el tema notable de la Carta a los Hebreos.

En la lectura de Corintios, san Pablo transmite la tradición de la institución por Cristo de la Eucaristía. Ahora vemos la significacíon del sacrificio de Melquisedec: Dios mismo se sacrifica por nosotros. Abram respondió a la bendición de Melquisedec con «el diezmo de todo lo que había rescatado». Nosostros hoy sabemos que la bendición prefigurada por Melquisedec incluye el sacrificio extravagante del cuerpo y la sangre del Hijo de Dios. Por eso, como una gente eucarística inevitablemente respondemos con la misma generosidad agradecida que Abram mostró toda su vida.

En el Evangelio, Cristo multiplica los cinco panes y los dos pescados para la gente que se encontraba en un lugar solitario. Cristo satisface la hambre de la gente y nuestra hambre también. Como el Nuevo Melquisedec que existe sin comienzo y sin fin, el Alfa y el Omega, Cristo, la Palabra de Dios, es nuestro Creador. Como Creador, solamente él puede satisfacer la hambre de nuestros corazones. Ninguna criatura, ningún objeto de este mundo puede satisfacer el corazón humano. Como la gente, cuando nos encontramos con hambre en un lugar solitario, nos damos cuenta que solo Dios puede resolver nuestra hambre. En la agitación de la vida, finalmente nos damos cuenta en esos momentos solitarios que la Satisfacción siempre estuvo ahí, tranquila y serena, en los tabernáculos de nuestras iglesias esperando para saciar nuestros corazones intranquilos.

3.6.07

La Santísima Trinidad: Proverbios 8:22-31; Romanos 5:1-5; Juan 16:12-15

La lectura de Proverbios, que habla de la Sabiduría de Dios que estuvo presente con Dios en la creación, presagia la revelación completa de la Trinidad que vemos en los primeros versos del Evangelio de san Juan:

En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada.

Jesús es esa Sabiduría y Palabra de Dios siempre junto a Dios.

En la lectura de la Carta a los Romanos, san Pablo menciona en cinco versos las tres personas de la Trinidad: Dios, nuestro Señor Jesucristo, y el Espíritu Santo. En el uso paulino, la palabra «Dios» se reserva tradicionalmente para indicar el Padre sin disminuir la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo. Ese modelo trinitario se repite varias veces en el Nuevo Testamento y confirma que la doctrina de la Trinidad es una doctrina de origen bíblico.

En el Evangelio de san Juan, Jesús mismo une las tres personas de la Trinidad en una sola divinidad. Jesús dice que el Espíritu de verdad lo «glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando». Después añade Jesús que «[t]odo lo que tiene el Padre es mío». Jesús tiene todo lo que tiene el Padre, y el Espíritu Santo comunica todo lo que tienen Jesús y el Padre juntos. De los mismos labios de Jesús tenemos la descripción de las relaciones intimas en la Trinidad: una sola divinidad en tres personas.

27.5.07

Pentecostés: Hechos 2:1-11; 1 Corintios 12:3-7, 12-13; Juan 20:19-23

En los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo viene con «gran ruido» como «un viento fuerte». Aparecen «lenguas de fuego». En el libro de Génesis, el Espíritu de Dios también se presenta como un «viento de Dios que aleteaba por encima de las aguas» (Gn 1:2). En el hebreo original, se dice que se indica un viento de gran fuerza y violencia. A Moisés se le manifestó Dios «en llama de fuego, en medio de una zarza» (Éxodo 3:2). Las Escrituras comentan sobre las Escrituras. La unidad de la Biblia se manifiesta en la manifestación de Dios en Pentecostés en la misma manera que se manifestó en el Pentateuco del Antiguo Testamento. La palabra de Dios nace del Espíritu Santo y habla un solo mensaje.

Está claro que el Espíritu Santo es Dios y forma parte de la Santa Trinidad de Padre, Hijo, y Espíritu Santo porque se describe la manifestación del Espíritu con los mismos acontecimientos con cuál Dios se manifestó en el Antiguo Testamento. En Pentecostés, también se manifiesta la Iglesia, el Nuevo Pueblo de Dios, la Nueva Israel. En Pentecostés, no nace la Iglesia como se oye decir algunas veces. La Iglesia nació durante el ministerio público de Jesucristo cuando Jesús escogió los Doce y le dió su misión evangélica. En Pentecostés lo que pasó fue la manifestación universal de esa Iglesia ya fundada por Jesucristo durante su ministerio.

Y acuérdense que es casi cierto que María la madre de Jesús estaba presente en Pentecostés reunida con los apóstoles como se indica anteriormente en Hechos 1:14. Así se completa las referencias al Antiguo Testamento con María que es la Nueva Eva. Como la Eva primera era «la madre de todos los vivientes» (Gn 3:20), ahora María por medio del Espíritu Santo es madre no solamente de Jesús pero también de la humanidad nueva viviendo por el poder del Espíritu Santo. En el mismo Evangelio de san Juan que también se lee hoy, Jesús mismo ya había apuntado a María como madre de los creyentes: «Ahí tienes a tu madre» (Juan 19:26).

San Pablo en su primera carta a los corintios celebra el Espíritu como fuerza unificadora de los cristianos. Al contrario del babel y la confusión de lenguas en el Antiguo Testamento (Gn 11:1-9), ahora se manifiesta la unidad dada por el Espíritu. Esa unidad se destacaba en el don de lenguas de Pentecostés cuando los peregrinos judíos de varias partes del mundo presente en Jerusalén podían entender a los apóstoles que recibieron el Espíritu.

En el Evangelio, Jesús le da a los discípulos el don del Espíritu Santo y el poder de perdonar los pecados y de no perdonar a los pecados (Juan 20:23). Este poder se refiere en la tradición católica como «el poder de las llaves» con referencia al poder dado por Jesucristo a Pedro: «A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mateo 16:19). Por eso, en ciertos templos antiguos se puede ver la insignia de las llaves sobre el confesionario donde el cura da la absolución sacramental. Jesús, el Nuevo Moisés, prepara a Pedro para actuar con la autoridad de Moisés después que Jesús vuelva al Padre. Y en los Hechos de los Apóstoles se ve claramente a Pedro actuando con la autoridad del Nuevo Moisés. Con ese poder, salen los apóstoles del cuarto con las puertas cerradas por miedo a los judíos, y empiezan a predicar con el poder del Espíritu Santo el evangelio a todo el mundo.

20.5.07

La Ascensión del Señor: Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Lucas 24:46-53

Lo dijo muy simplemente un sacerdote predicando: Jesús volvió al Padre después de completar su misión. Nota que decir «su misión» es intencionalmente equívoco. La misión es al mismo tiempo la misión de ambos: de Jesús y también del Padre. Igualmente, nosotros seremos trasladados al cielo después de completar nuestra misión. No sabemos nosotros la hora en que eso pasará. Ni sabemos exactamente en muchos casos cuando empezó nuestra misión. Como una epopeya literaria en que la narración empieza en medio de la acción (en latín «in medias res»), en muchos casos no nos damos cuenta de nuestra misión hasta que estamos ya en medio de la misión. Similarmente los apóstoles no empezaron a darse cuenta de su misión verdadera hasta que encontraron la tumba vacía, y tuvieron que esperar hasta el Pentecostés para que esa misión se manifestaría plenamente.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, san Lucas describe como Jesús le indica a los apóstoles su misión de ser testigos «en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra» por medio del Espíritu Santo. En su Evangelio, san Lucas nos presenta a Jesús apuntando a esa misma misión «de predicar a todas las naciones» después de recibir al Espíritu Santo, «la fuerza de lo alto». Se debe notar que Jesús en el Evangelio dice que él le va a enviar el Espíritu «que mi Padre les prometió». Vemos claramente la Santa Trinidad: el Padre mandó al Hijo, el Hijo y el Padre les manda el Espíritu Santo. Es una misión trinitaria. Por eso los católicos nos cruzamos constantemente: es la insignia de nuestra misión evangélica. Por eso no debemos de aceptar el uso absurdo de la palabra «evangélica» para apuntar solamente algo que no es católico en fondo. Ser evangélico es ser católico al fondo con la insignia de la cruz invocando a la Trinidad. La misión evangélica auténtica es necesariamente una misión de la Trinidad.

San Pablo en Efesios invoca al Espíritu Santo concedido por el Padre de Jesucristo--otra vez la invocación de la Trinidad--a sus oyentes para «que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento». Ese llamamiento es nuestra misión evangélica y trinitaria, nuestra misión católica dirigida, como significa la misma palabra «católica», al mundo entero, una misión universal. La palabra griega usada por san Pablo para significar nuestro llamamiento tiene el sentido de un oficio o una profesión. Nuestra misión del Espíritu Santo es nuestro oficio verdadero, y cuando se completa entraremos a nuestra «herencia que Dios da a los que son suyos», la herencia recibida primeramente por el Hijo Jesús en su Ascensión al cielo.

13.5.07

Sexto Domingo de Pascua: Hechos 15:1-2, 22-29; Apocalipsis 21:10-14, 22-23; Juan 14:23-29

Las lecturas de hoy son claramente de caracter apóstolico. Estas lecturas nos enseñan los origenes apóstolicos de la Iglesia y la sucesión apóstolica que se encuentra en la Iglesia Católica y las iglesias orientales. En los Hechos, tenemos un retrato de la Iglesia primitiva funcionando con apóstoles y presbíteros. Estos presbíteros son iguales que los sacerdotes que también llamamos presbíteros en nuestros tiempos. Así vemos los apóstoles en el Nuevo Testamento funcionando como obispos con la asistencia de los presbíteros. La conclusión inescapable es que los Hechos de los Apóstoles nos presenta la Iglesia Católica.

Contrariamente al mito propagado por eruditos bíblicos, casi todos de procedencia protestante, el libro de los Hechos no presenta una iglesia pre-católica que fue corrompida más tarde por elementos católicos que suprimieron una vitalidad pura y carismática. La Iglesia Católica existió desde el principio. En la lectura de los Hechos, los apóstoles y presbíteros producieron el primer decreto conciliar invocando directamente la autoridad del Espíritu Santo para recibir los nuevos cristianos de origen gentil. El panorama católico es sumamente evidente si se ignoran los prejuicios de origen protestante. Los apóstoles son los primeros obispos supervisando a las iglesias, asistidos por los presbíteros. Cuando los apóstoles se van muriendo, algunos de estos presbíteros tomarán el papel de obispos dirigentes. Algunos como Timoteo ya eran obispos contemporáneamente con los apóstoles.

Este tema apóstolico es consumado en el libro del Apocalipsis donde la fundación de la Nueva Jerusalén que baja del cielo contiene los nombres de los doce apóstoles. La fundación de la Iglesia es apóstolica.

En el Evangelio de san Juan, Jesús asegura a sus discípulos que el Espíritu Santo vendrá a enseñarles todo que él le había predicado. Este es el mismo Espíritu Santo invocado por el concilio de apóstoles y presbíteros en el primer concilio de la Iglesia. El sistema católico es el sistema neotestamentario y carismático.

6.5.07

Quinto Domingo de Pascua: Hechos 14:21-27; Apocalipsis 21:1-5; Juan 13:31-33, 34-35

Las lecturas de hoy nos hablan de la transformación del mundo. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, Pablo y Bernabé hacen el trabajo de obispos y evangelistas que transforma el mundo por medio del Evangelio. Son obispos porque supervisan a las nuevas iglesias que fundan y designan los presbíteros en cada nueva iglesia. La idea que en la Iglesia primitiva no había un obispado y un sacerdocio es completamente errónea. Aquí tenemos a Pablo y Bernabé tomando claramente el papel de obispos supervisando a las nuevas iglesias. Los presbíteros son los asistentes y delegados de Pablo y Bernabé. Hoy día sigue la realidad que los presbíteros o sacerdotes parroquiales asisten al obispo de cada comunidad. Y acuérdense que anteriormente Lucas describe la ordenación de Pablo y Bernabé en Hechos 13:1-3. Está funcionando en la Iglesia primitiva el sacramento de Orden Sagrado.

En la lectura del Apocalipsis, san Juan tiene una visión de un cielo nuevo y una tierra nueva. Baja la nueva Jerusalén que tiene por fundación la obra evangélica de los doce apóstoles de donde surgen los obispos y presbíteros actuales de la Iglesia (Apocalipsis 21:14). La transformación del mundo se funda en la misión apóstolica.

En el Evangelio de san Juan, Jesús nos da su nuevo mandamiento: que se amen los unos a las otros. Este nuevo mandamiento es la manera por cual se transformará el mundo.

En resumen, vemos en la lectura de los Hechos que los obispos y presbíteros son los que inician la transformación evangélica del mundo, vemos en la lectura del Apocalipsis que la transformación cósmica se funda en ese trabajo apóstolico, y vemos en el Evangelio que el amor, llamado agape en el griego del Nuevo Testamento, es la manera distintiva de esa transformación.

29.4.07

Cuarto Domingo de Pascua: Hechos 13:14, 43-52; Apocalipsis 7:9, 14-17; Juan 10:27-30

Todas las lecturas de hoy tratan de la misión a los paganos, a los gentiles. En los Hechos de los Apóstoles, Pablo y Bernabé tienen que salir de Antioquía por la envidia de esos judíos que rechazaban al Evangelio. Aquí estaban Pablo y Bernabé predicando en la sinagoga las buenas nuevas que finalmente había llegado el Mesías de Israel que ofrece misericordia, salvación, y vida eterna. ¡Qué comentario sobre nuestra humanidad caída que respondemos a este mensaje salvador con envidia y rechazos! Cristo nos ofrece el camino real pero nos abrazamos del camino bajo. La consecuencia de la caída original de Adán es la inclinación fuerte al egoísmo y a la explotación. Se ve en el rechazo a la enseñanza de Cristo sobre el amor humano y la práctica de maneras de actuar y vivir que son verdaderamentes pornográficas. Se ve en el áfan por el dinero y el poder cuando el mensaje libertador de Cristo es que tanta furia por dinero, prestigio, y poder es algo que destruye nuestra humanidad. Pero, al contrario, los que si aceptaron el Evangelio y su mensaje agradable de misericordia y vida eterna se regocijaban.

En la lectura del Apocalipsis, san Juan tiene una visión del fruto de la misión a todo el mundo: la multitud de gente de todas razas y lenguas en el cielo adorando a Dios con palmas en las manos en un Domingo de Ramos eterno. En la Santa Misa, participamos en esa liturgia celestial. Por eso en la Misa, no solamente se trata de solemnidad pero también de alegría. Celebramos que el destino del mundo es misericordioso porque Dios enjugará de nuestros ojos todas las lágrimas.

En el Evangelio, Jesús hable de sus ovejas que lo escuchan, quien él conoce, y que lo siguen. Todas esas ovejas de origines diversos y aunque separadas por largas distancias comparten una comunión eclesial. Por eso, la Iglesia es, como dijeron los padres del Segundo Vaticano, el sacramento de la unidad de la humanidad entera. De esa hermandad disfrutaremos completamente en el cielo y parcialmente en esta vida terrenal.

22.4.07

Tercer Domingo de Pascua: Hechos 5:27-32, 40-41; Apocalipsis 5:11-14; Juan 21:1-19

¡Qué diferencia! Después de la resurrección, los apóstoles no pueden ser manipulados por el miedo. En la lectura de los Hechos, desafían a las autoridades que quieren callarlos. Hoy en día en norteamérica hay muchos sacerdotes y obispos que se quedan callados por miedo a los políticos poderosos. Por ejemplo, hay muchos políticos que se autoidentifican como católicos pero que rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre el crimen del aborto, y todavía, escandalosamente, se presentan para comulgar. Algunos obispos han dicho lo obvio: al que no debe de comulgar, no se le debe dar la comunión. Pero muchos otros se han quedado callados. No tienen el don de fortaleza que viene del Espíritu Santo. Por eso muchos de nosotros que somos laicos estamos por necesidad gritando la verdad.

En la segunda lectura, el Apóstol san Juan ve a los ángeles y a todas las creaturas en el cielo alabando a Cristo que recibió todo poder de la mano de Dios. Esa es la realidad. Cristo es el jefe, no los políticos.

En el Evangelio, Jesús habla a los apóstoles, especialmente a Pedro como líder de los apóstoles. Jesús le indica que cuando lo obedecen se llenará la red de pescados. ¿Cúal es la solución a la necesidad de evangelizar? Que los líderes de la Iglesia obedezcan a Cristo y que no temen a los poderosos del mundo. Jesús le pregunta tres veces a Pedro si ama a Jesús. Cada vez que Pedro responde afirmativamente, Jesús le indica su deber: «Apacienta mis corderos», «Pastorea mis ovejas», «Sígueme». Esas son las ordenes vigentes a los obispos de hoy.

15.4.07

Segundo Domingo de Pascua (Domingo de la Divina Misericordia): Hechos 5:12-16; Apocalipsis 1:9-11, 12-13, 17-19; Juan 20:19-31

Hoy es el Domingo de la Divina Misericordia. El Salmo Responsorial de hoy, Salmo 117, repite varias veces esta frase: «Su misericordia es eterna». Gracias a Dios que es eterna porque nosotros no somos fieles y necesitamos tiempo y madurez para reconocer la verdad de la vida.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, tenemos un retrato de la Iglesia infantil creciendo con vigor. Traían a los enfermos y los atormentados por espíritus malignos para ser curados por la sombra de Pedro. Hoy en día el heredero de Pedro, Juan Pablo II, también ha dado y sigue dando una sombra medicinal a nuestro mundo confuso en que hay muchos enfermos de espíritu con espíritus malignos. Esos espíritus malignos son el vicio, el materialismo, la obsesión con el poder y el prestigio del mundo. El Pedro de hoy, Juan Pablo, nos anuncia la misericordia de Dios que nos cura de estas fiebres malignas.

En la visión de la Apocalipsis, san Juan ve al Cristo resucitado, el mismo Cristo visto por san Faustina en Polonia cuando se inició la devoción a la Divina Misericordia en los años treinta del siglo viente. Este Cristo ya no es víctima de los soldados salvajes que lo crucificaron. Ahora Cristo es «el primero y el último . . . el que vive . . . [el que estuvo] muerto y ahora . . . [está] vivo». Este Cristo tiene «las llaves de la muerte y del más allá». Este Cristo es el pantocrator--en griego, el que gobierna el mundo entero, el cosmos. Por eso la estructura intíma del mundo, del cosmos, es misericordiosa. La ley de la realidad es misericordia, una misercordia que surge del corazón de Cristo, de Dios mismo. Por eso ya se pasó la epoca del miedo. Estamos en la epóca de misericordia divina en que seremos curados si lo pedimos.

En el Evangelio, Jesús le da el don del Espíritu Santo a los discípulos y el poder claro de perdonar los pecados. Aquí Cristo instituye el sacramento de la reconciliación dándole a sus discípulos, los apóstoles, el poder de dar la absolución a los que sinceramente piden la misericordia de Dios. Jesús, el gobernador cósmico, gobierna el mundo por medio de los sacramentos, y especialmente dispensa su misericordia divina por medio del sacramento de la reconciliación. Ese gran sacramento de que huyen los orgullosos es un signo de la Iglesia verdadera que encarna la misericordia cósmica del Cristo resucitado.

8.4.07

Domingo de Pascua: Hechos 10:34, 37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9

Nuestra pascua se completa hoy. El cordero de Dios sacrificado para nosotros vive y ahora no viene pisoteado por nuestros pecados pero viene como el «juez de vivos y muertos» (Hechos 10:42). Jesucristo es el Juez. En la sociedad moderna, tenemos la tendencia de olvidar este título pascual de Cristo que surge explicitamente de la Resurrección. No aceptamos la realidad del pecado y por eso rechazamos la necesidad de un juez. Pero-- un gran «pero»-- esa necesidad no está en nuestro poder. Jesucristo es el Juez, diga lo que diga nuestra sociedad y mentalidad moderna. Es un hecho y será consumido.

También notamos en la lectura primera que Pedro, el líder de los apóstoles, anuncia que ellos son testigos de la Resurrección por medio de comer y beber con Cristo «después de que resucitó de entre los muertos» (Hechos 10:41). Ellos, los testigos de la Resurrección, conocieron al Cristo resucitado en comida y bebida. Hoy somos nosotros también testigos de que Cristo vive actualmente: lo recibimos en el pan y la copa de la Eucaristía. Cristo no nos ha dejado huérfanos con iglesias vacías de su presencia física o corporal. Sigue con nosotros físicamente o corporalmente en la Eucaristía. Se une físicamente o corporalmente con nuestros cuerpos y por medio de esa comunión intima nos purifica de la impureza física y espiritual del pecado. Por eso hasta hoy en día él todaviá puede sanar la prostituta, y al hombre que se une a la prostituta. Hoy también lo conocemos igual como esos primeros testigos cuando lo comimos y bebimos en la Santa Misa.

San Pablo enseña que los que hemos resucitado con Cristo debemos de aspirar «a las cosas de arriba, no a las de la tierra . . . [porque nuestra] vida está oculta con Cristo en Dios» (Colosenses 3:2-3). Nuestra gloria no está en las cosas de la tierra pero en la vida nueva de Cristo. La belleza y el gozo que justamente dan las cosas de la tierra reflejan la gloria de Cristo que ahora vive en nosotros. Por eso no hay conflicto entre verdaderamente gozar las cosas de la tierra y nuestra vida oculta en Cristo. Todo lo bello y glorioso del mundo es una reflección parcial e imperfecta de la gloria y belleza total de una persona: Jesucristo mismo. Por eso la castidad y la moderación o templanza no representan la represión de nuestro gozo natural, sino el reconocimiento del gozo eterno que es natural a los que han resucitados con Cristo. En obedecer los mandamientos no nos negamos el gozo humano, sino reconocemos el gozo total y eterno por cual fue creado el ser humano. Como dijo el Padre de la Iglesia, San Ireneo de Lyons (130-200 A.D.), en latín: «Gloria Dei vivens homo»--«La gloria de Dios es el hombre plenamente vivo».

En el Evangelio de San Juan, tenemos el famoso descubrimiento de la tumba vacía. Otra vez es Pedro, el líder de los apóstoles, que entra primero en la tumba, el primer testigo apóstolico de la Resurrección igual que en la lectura de los Hechos. La descripción es detallada y sumamente auténtica. Esto no es cuento. Nos enfrentamos con la verdad histórica y asombrosa que la tumba estaba vacía. No es nada que se pudiera inventar porque hasta ese punto ninguno había entendido que «Jesús debía resucitar de entre los muertos» (Juan 20:9). Los cobardes confusos se convirtieron en hombres con el coraje de transformar el mundo.

1.4.07

Domingo de Ramos: Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Lucas 22:14-23:56

Hoy en día tenemos una ventaja para comprender la Pasión de Jesucristo según san Lucas. Comprendemos en una forma especialmente expresiva e intensa si hemos visto la película llamada La Pasión del Cristo. Y si no la hemos visto debemos de tratar de verla, ahora que se encuentra ya en forma de DVD. También comprendemos más si hemos sufrido grandemente en nuestras vidas. Sabemos que lo que hemos sufrido no se puede comparar con la tortura prolongada y salvage, y la burla incesante que se le hizo a Jesucristo.

Por esas razones comento solamente sobre las otras dos lecturas. El tema es el conflicto, la batalla. Seguir a Cristo es una batalla espiritual contra el diablo y contra otros seres humanos que son por intención o por ignorancia instrumentos de la maldad del diablo. En Isaías el profeta ofrece «la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban la barba». El profeta no aparta su «rostro de los insultos y salivazos». El profeta endurece su «rostro como roca» y sabe que no quedará «avergonzado». Es la hora de la batalla para Cristo y para nosotros. Oramos que tengamos el coraje de Cristo para endurecer nuestro rostro como roca.

San Pablo nos da el justamente famoso himno sobre la kenosis o humillación de Cristo en cual él «se anonadó a si mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres». Si Cristo que es Dios mismo no se agarró de sus prerrogativas divinas, nosotros ciertamente no debemos de agarrarnos de nuestro orgullo humano que nos empuja a evitar los insultos de la batalla. Entraremos en la batalla sabiendo que al final no quedaremos avergonzados. No le tenemos miedo a nada y a nadie porque Cristo ya abrió el camino y guarantiza la conquista. Por eso hoy empezamos la Semana Santa celebrando con gritos y gestos triunfales la victoria que ya es nuestra. En Cristo ya somos conquistadores. Y debemos entrar en cada situación como conquistadores en Cristo Jesús. Hay que pedir más y más el Espíritu Santo para tener esa fe poderosa que se luce «loca» en un mundo que ciertamente no cree en un Dios tan «loco» que nos quiere tanto que murió por cada uno de nosotros personalmente. Pero ese es el Padre Dios que tenemos, y por eso, y solamente por eso, conquistamos en Cristo en cada situación, incluso las más trágicas.

25.3.07

Quinto Domingo de Cuaresma: Isaías 43:16-21; Filipenses 3:8-14; Juan 8:1-11

Tenemos hoy el gran episodio de la mujer sorprendida en adulterio. Para entender lo que pasa en este episodio, tenemos que considerar lo exigido por la Ley del Viejo Testamento. La comunidad tenía que apedrear un hombre y una mujer en una relación adúltera. Nota que el castigo incluye no solamente la mujer, sino también el hombre (Levítico 20:10; Deuteronomio 22:22). Además se necesitaba tener testigos actuales que serían precisamente los que tenían que tirar la primera piedra antes que el resto de la comunidad pudiera participar en el castigo (Deuteronomio 17:6-7).

Por eso, cuando Jesús les dice famosamente « Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra» y nadie tira, esto significa que los testigos actuales del adulterio eran pecadores. No pudieron tirar la primera piedra como exigía la Ley antigua. ¿Y porqué no pudieron tirar la primera piedra? No sabemos el pecado actual que les amarraba las manos a los testigos que se presentaron. Pero podemos especular que posiblemente esos mismos testigos también estaban en relaciones adúlteras con la misma mujer.

¿Porqué pienso asi? El episodio entero tenía como objeto ser una trampa para Jesús. Los enemigos de Jesús usaron hombres que fingieron «ser justos» para tratar de sorprender a Jesús en algún error fatal sobre el tributo debido al César (Lucas 20:20). Por eso no sorprendería que los escribas y fariseos trataran de usar testigos implicados en el mismo adulterio de la mujer para «ponerle una trampa [a Jesús] y poder acusarlo» (Juan 8:6). Para ponerle la trampa a Jesús tenían que buscar con rapidez una mujer en flagrante adulterio. No sería sorprendente que buscaron hombres relacionados con una mujer de ya mala reputación para obtener rapidamente los testigos exigidos por la Ley. Si esta especulación es probable, entonces vemos que los que tenían que tirar la primera piedra eran hombres que habían estado en relaciones adúlteras con la mujer acusada. La Ley mandaba que esos mismos hombres tenían que ser apedreados como la mujer.

Jesús vió que los testigos eran pecadores y no podían tomar el papel de testigos justos y sinceros exigido por la Ley. Jesús trajo justicia a un procedimiento ilegal. Pero Jesús no solamente aplicó justamente la Ley antigua pero quiso, como dice Isaías, «realizar algo nuevo» (Isaías 43:19). Jesús declaró la Ley Nueve de misericordia y perdón que reconoce que todos los humanos son pecadores. Y por eso san Pablo dice que «todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo y de estar unido a él, no porque haya obtenido la justificación que proviene de la ley, sino la que procede de la fe en Cristo Jesús, con la que Dios hace justos a los que creen» (Filipenses 3:8-9). Cristo mismo nos enseña en el Evangelio que no hay justificación para nadie en la Ley antigua.

18.3.07

Cuarto Domingo de Cuaresma: Josué 5:9, 10-12; 2 Co. 5:17-21; Lucas 15:1-3, 11-32

La lectura del libro de Josué ilustra el momento en que Israel salió del desierto y empezó a vivir en la Tierra Prometida: «desde aquel año comieron los frutos que producía la tierra de Canaán». Dios le quitó «el oprobio de Egipto».

San Pablo proclama con entusiasmo que en Cristo «todo es nuevo». En la película «La Pasión del Cristo», hay un momento singular cuando en la via crucis Jesús se encuentra con su Madre, nuestra Madre, y le dice, «Hago nuevo todas las cosas». Como dice san Pablo, Cristo hace nuevo «todo» sin excepción ninguna. Por eso tenemos que estar dispuestos a las sorpresas. Nuestros pecados viejos, nuestras costumbres, y nuestros vicios serán renovados y convertidos en la fuerza de la virtud. Tal transformación será una sorpresa asombrosa. Entraremos en la Tierra Prometida.

El Evangelio nos cuenta la parábola del hijo pródigo que gastó los bienes recibidos de su padre en mujeres malas. Bueno, también es una parábola del padre pródigo que le dió esos bienes al hijo sabiendo que tomaba el riesgo que el hijo lo gastara todo en cosas malas. Pero el padre sigue siendo pródigo. Cuando vuelve el hijo del desierto del pecado a su casa verdadera, el padre hace una gran fiesta y gasta sin pensar. Es verdad que en nuestros pecados y nuestra ignorancia hemos gastado los dones extravagantes que el Padre nos dió originalmente. Pero también es verdad que cuando volvemos al Padre, el Padre otra vez será generoso y pródigo en hacer todo nuevo en nuestras vidas. Lo que nos espera al volver al Padre son cosas verdaderamente asombrosas que nunca podíamos esperar después de nuestra estancia en el desierto. Dios es pródigo. No es miserable con nosotros.

11.3.07

Tercer Domingo de Cuaresma: Éxodo 3:1-8, 13-15; 1 Co. 10:1-6, 10-12; Lucas 13:1-9

Cuando Dios se revela es al mismo tiempo un acontecimiento maravilloso y enorme. En esa enormidad hay justamente un elemento de miedo por parte de nosotros. En la lectura del libro del Éxodo, «Moisés se tapó la cara, porque tuvo miedo de mirar a Dios». Y Dios le revela su «nombre para siempre»: «Yo-soy». La enormidad del acontecimiento naturalmente induce cierto miedo.

En la primera carta a los corintios, san Pablo dice que la roca que acompañaba a los israelitas y a Moisés en el desierto era el mismo Cristo (vea Números 20:6-11). En otras palabras, Cristo mismo es el Dios llamado «Yo-soy» que guió a los israelitas y a Moisés. Y en el evangelio Jesucristo se identifica ante de los líderes judíos como «Yo-soy» (Marcos 14:61-62).

En el evangelio de san Lucas, Jesús le comenta a la gente que no piensen que las tragedias que le ocurieron a los galileos matados por Pilato o a los que fueron aplastados por una torre no les pueden ocurir a ellos mismos. Jesús le advierte a la gente que «si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante». ¿Qué implica aquí Jesús cuando habla «de manera semejante»? El sentido literal de sus palabaras puede indicar que los que murieron de repente no se habían arrepentido. Los que murieron estaban en la misma situación que los oyentes de Jesús. Parece que Jesús nos quiere indicar que debemos de tener cierto miedo a la posibilidad que nuestra muerte puede llegar en cualquier momento inesperado y por eso debemos de arrepentirnos a tiempo. Como Jesús es el mismo Dios que se le apareció a Moisés, es apropiado que la revelación de Jesús igualmente induce cierto miedo sano.

Jesús también le dijo a la gente una parábola sobre el juicio de Dios. Dios tiene paciencia pero al fin Dios corta la higuera que no da fruto. La enseñanza es clara: tenemos que dar fruto y empieza con el abono del arrepentimiento.

Jesús nos habla de un Dios de amor y misericordia, pero en estas lecturas-- que la mentalidad moderna trata de ignorar-- Jesús también nos habla del juicio que cada uno de nosotros tendrá que confrontar. Jesús induce un cierto miedo sano para despertarnos de nuestra creencia irracional que la muerte inesperada solo le ocurre a otros.

4.3.07

Segundo Domingo de Cuaresma: Génesis 15:5-12, 17-18; Filipenses 3:17-4:1; Lucas 9:28-36

En Génesis, Dios hace su alianza con Abram. Inmediatamente antes de los versos que inician la lectura de hoy, Abram le pregunta a Dios porque lo ha dejado sin hijo. Dios responde con una promesa: «te heredará uno que saldra de tus entrañas» (Gn 15:4). Dios también promete que la descendencia de Abram será tan numerosa como las estrellas (Gn 15:5).

En la carta a los filipenses, San Pablo nos llama a imitarlo basados en la fe que Cristo cambiará a nuestros cuerpos miserables en los cuerpos gloriosos de la resurrección. Es la misma fe que tuvo Abram cuando Dios le prometió un hijo aunque el cuerpo de Abram ya estaba «sin vigor--tenía unos cien años-- y el seno de Sara, igualmente estéril» (Romanos 4:19). Como Abram tuvo fe que su cuerpo casi muerto iba a tener fruto en su descendencia, nosotros igualmente tenemos que tener fe que nuestros cuerpos miserables y débiles seran transformados en los cuerpos gloriosos de la resurrección. También tenemos que notar que, para San Pablo, Jesucristo mismo es singularmente el descendiente de Abram (luego llamado Abrahán) (Gálatas 3:16). Por eso Cristo recibe la promesa que recibió Abram, y nosotros, por medio de Cristo, somos también herederos de esa promesa y alianza original que Dios hizo con Abram (Gálatas 3:29).

En el Evangelio, San Lucas nos presenta la Transfiguración. Jesús aparece glorificado con Moisés y Elías, todos descendientes de Abrahán. Dios proclama por medio de la Transfiguración el cumplimiento total de la alianza vieja que empezó con Abram. Como el cuerpo casi muerto de Abram fue milagrosamente hecho capaz de tener hijos, el cuerpo de Jesús aparece en su condición gloriosa. La voz del Padre anuncia que Jesús es su Hijo. Ahora vemos la manera sorprendente y magnificamente generosa en que Dios cumple su promesa antigua a Abram: Dios mismo, por medio de la Encarnación, se hace descendiente de Abram.

En resumen, vemos una triple transfiguración de la promesa original hecha a Abram en Génesis: la promesa de fertilidad al cuerpo viejo de Abram se transforma en la realidad de la glorificación del cuerpo de Cristo y en la promesa de también glorificar nuestros cuerpos miserables en la resurrección, la promesa de descendencia humana se transforma en el hecho maravilloso que en la Encarnación Dios mismo se hace hijo de Abram, la promesa que Abram será padre de muchos se convierte en la realida que, por medio de su descendiente Jesucristo, Abram es en realidad padre de todas las naciones.

25.2.07

Primer Domingo de Cuaresma: Deuteronomio 26:4-10; Romanos 10:8-13; Lucas 4:1-13

En el Evangelio, vemos el diablo derrotado: trató de parar la misión salvadora de Jesús. Fue una tentación sutil--una tentación a usar a Dios para nuestra voluntad, en vez de entregarnos a la voluntad del Dios Padre. Jesús ganó la victoria porque en cada instante se nego a usar al Padre. La misión de Jesús era obedecer a su Padre. Nosotros también tenemos que obedecer a nuestro Dios Padre, no tratar de explotarlo, usarlo, o manipularlo. El Padre nos quiere profundamente, tiene planes para bien para cada uno de nosotros, tiene toda la sabiduría y todo conocimiento, sabe lo que nos verdaderamente conviene. Entregarse al Padre es entregarse al amor más profundo y potente del mundo. Las tentaciones del diablo se fundan en la mentira que nosotros sabemos más sobre nuestro bien que el Padre. Él que tiene experencia de la vida sabe que el Padre sabe más que nosotros.

En la lectura de Deuteronomio, Moisés le recuerda a los israelitas sobre el amor de Dios manifestado en la liberación del pueblo cuando salieron de Egipto. Para cada uno de nosotros, Dios también tiene una liberación igualmente dramática--una liberación del pecado, de la tristeza, y de la soledad. En la lectura de la carta a los romanos, San Pablo nos llama muy simplemente a la salvación: «Porque basta que cada uno declare con su boca que Jesús es el Señor y que crea en su corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, para que pueda salvarse». Como también dice en esta lectura, ahora somos como los israelitas: podemos invocar a Dios para salvarnos. Podemos invocar a Dios para librarnos de la esclavitud de la desesperanza, cruzar nuestro Mar Rojo, y llegar a la Tierra Prometida.

18.2.07

Séptimo Domingo del T.O.: Samuel 26:2, 7-9, 12-13, 22-23; 1 Co. 15:45-49; Lucas 6:27-38

David no mata a su enemigo declarado, Saúl, porque David no quiere «atentar contra el ungido del Señor». Esa misericordia contradice el consejo normal y lógico de su consejero Abisay.

En el Evangelio, Jesús nos llama a ser gente de una misericordia «extraordinaria»: «Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso». Esta misericordia extraordinaria contradice la lógica ordinaria de atacar al enemigo.

San Pablo proclama que los que están vivificados por el Espíritu serán «semejantes al hombre celestial». Ese hombre celestial es el último Adán, Jesucristo. En el Evangelio, el hombre celestial nos llama a una misericordia extraordinaria.

¿Es la llamada a tal misericordia ilógica? Si hay un solo Dios, autor de una sola verdad, esa verdad divina no puede ser ilógica. Tenemos una instancia de paradoja, pero no un mandamiento ilógico. Si somos pecadores, tenemos un interes lógico en tratar a los otros pecadores con misericordia porque seremos medidos con la misma medida con que medimos a otros. Si nos presentamos antes de Dios y pedimos ser medidos por una medida diferente a la que medimos a otros pecadores, seremos entonces nosotros los que estaremos en una contradicción lógica. ¿Entonces que es lo que debemos pedirles a nuestros enemigos? Le debemos pedir que reconozcan la verdad como David le pidió a Saúl que reconozca que David no se merecía la envidia de Saúl.

Eso es la misericordia extraordinaria: no destruir o matar al enemigo, pero llamar al enemigo a la verdad. No es condena llamar el pecador a la verdad. Al contrario, la Iglesia enseña que instruir al ignorante--ser profeta--es precisamente un esfuerzo misericordioso. No debemos de destruir al enemigo porque nosotros también fuimos enemigos de Dios y seremos otra vez enemigos de Dios cuando pecamos en el futuro. Debemos de tratar a los enemigos como queremos ser tratados. Y lo profundamente lógico es que queremos que alguien nos proclame la verdad, especialmente cuando estemos hundidos en el pecado. Por eso Jesús llamó a cada pecador al arrepentimiento y a creer en el evangelio. Esa llamada al arrepentimiento no es condena. Esa llamada es precisamente la misericordia que nos enseña como escapar la condena de Dios. Eso es lo que debemos hacerles a los enemigos: el gran favor, o gracia, de la verdad que libera.

11.2.07

Sexto Domingo del T.O.: Jeremías 17:5-8; 1 Co. 15: 12, 16-20; Lucas 6:17, 20-26

Las Bienaventuranzas en el Evangelio siempre nos perplejan porque llaman dichosos a los que son pobres, a los que tienen hambre, a los que lloran, y a los que son insultados y odiados. La lectura de Jeremías nos da una manera de entender las paradojas anunciadas por Jesús en las Bienaventuranzas. Jeremías nota que el Señor dice que maldito es el hombre «que confía en el hombre» y bendito es el hombre «que confía en el Señor». Los que a nosotros nos parecen malditos--los pobres, los hambrientes, los que lloran, los insultados--ya no pueden confiar en los hombres porque son precisamente los hombres que los han hecho malditos. Los rechazados por los hombres no tienen remedio que confiar en Dios. Y por eso los aparentemente «malditos» son en realidad los dichosos.

Son dichosos porque su confianza en Dios lleva un promesa escatológica: que los que confían en Dios serán satisfechos y glorificados por Dios. Por eso, en mi opinión, las Bienaventuranzas son una profecía de la pasión y crucifixión de Cristo. Cristo se hizo «maldito» por nosotros en su agonía antes de ser detenido por los soldados y también en los insultos y el odio que recibe de la muchedumbre, de los líderes judíos, y del los soldados romanos y que acaba en la crucifixión brutal. Pero esa maldición también acaba en la gloria de la Resurrección.

La lectura de San Pablo nos habla de esa glorificación por medio de la resurrección. Y claramente nos dice que si confiamos solamente en «las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres». En otras palabras, si confiamos solamente en las cosas de los hombres seremos los verdaderamente malditos, como nos dice Jeremías.