26.11.06

Solemnidad de Cristo Rey: Daniel 7:13-14; Apocalipsis 1:5-8; Juan 18:33-37

Lo hemos oído muchas veces: Cristo es rey. Todas las lecturas de hoy hablan de su reinado y su autoridad. En Daniel 7 (mencionado en mi último comentario de la semana pasada), vemos al Mesías ("Cristo" en griego) llegando a su puesto de autoridad a la diestra del Dios Padre. En la lectura de Apocalipsis, vemos otra vez las palabras de Daniel 7, ahora aplicadas explícitamente a Jesucristo como rey. En el Evangelio, Jesús le confiesa su identidad como rey a Poncio Pilato.

En Daniel 7:14, se dice «gente de todas las naciones y lenguas le servían». En Apocalipsis 1:5, se dice que Jesucristo «tiene autoridad sobre los reyes de la tierra». En Juan 18:37, Jesús dice: «soy rey». No es solamente otro rey entre otros reyes: es el Rey de los reyes. En ese sagrario que visitas está el más potente del mundo entero, del universo entero. Jesús no solamente es amor; él es el amor de la persona más poderosa del universo.

Por eso, el enfrentamiento con el representante romano Poncio Pilato es tan significante: Jesús es el verdadero rey; no lo es el emperador romano y sus representantes. Cuando confesamos a Cristo Rey, a la misma vez proclamamos algo verdaderamente revolucionario--más revolucionario que todos los otros gritos de la historia. Proclamamos que este Jesús es el único Rey y no hay otro. Cuando afirmamos el reinado de Cristo, afirmamos que todos que se creen poderosos son mentirosos y falsos. Reconoce la realidad explosiva que anuncias cuando proclamas a Cristo Rey.

19.11.06

Trigésimo Tercero Domingo del T.O.: Daniel 12:1-3; Hebreos 10:11-14, 18; Marcos 13:24-32

En el Evangelio, Jesús dice que "no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla». ¿Qué es el «todo esto» a que se refiere? En la primera parte de la lectura, Jesús usa palabras de estilo apocalíptico para describir el gran acontecimiento. Al primer paso, el lector piensa primero en el fin del mundo cuando viene el juicio final. Pero después de considerarlo mejor con todos los datos bíblicos en mente, vemos que Jesús mismo parece tener en mente un panorama más grande que incluye más que un solo punto al final de la historia del mundo viejo. Jesús se refiere a la caída y destrucción del Templo de Jerusalén por los romanos en el año 70 D.C. Eso es la catástrophe que esa generación, que escuchaba el discurso de Jesús en el Evangelio, vió. Pero esa catástrophe es parte del inicio de un proceso que vivimos ahora y que acabará con el Hijo viniendo por segunda vez «sobre las nubes con gran poder y majestad». Jesús nos da un vistazo panorámico de muchos siglos en un solo discurso. Nosotros hoy somos parte de ese proceso histórico.

La carta paulina a los hebreos confirma esta interpretación que lo que «esta generación», que escuchaba el discurso de Jesús, iba a ver era la destrucción del Templo de Jerusalén. En la carta a los hebreos, se ve que los sacrificios del templo ya los acabó Cristo con el sacrificio perfecto y final de la cruz. Por eso, el Templo de Jerusalén fue destruido: ya no se necesitaba. Y Jesús ascendió a sentarse «a la derecha de Dios», en posición de autoridad plena sobre sus enemigos.

El mismo estilo e idioma apocalíptico se ve en la lectura del profeta Daniel. En la lectura de Daniel se habla del juicio final acompañado por la resurrección de los muertos. El proceso apocalíptico que se finaliza en el juicio final empezó cuando Jesús se ofreció como el sacrificio perfecto y final en la cruz, cuando resucitó de entre los muertos, y cuando ascendió a sentarse a la derecha de Dios. Este mismo proceso apocalíptico continuó con la destrucción del templo en el año 70 y continua ahora cuando esperamos el juicio final. En otra lectura famosa del profeta Daniel en el capitulo 7, vemos estas palabras: «Yo seguía mirando, y en la visión nocturna vi venir sobre las nubes del cielo alguien parecido a un ser humano, que se dirigió hacia el anciano y fue presentado ante él. Le dieron poder, honor y reino y todos los pueblos, naciones y lenguas le servían. Su poder es eterno y nunca pasará, y su reino no será destruido» (Daniel 7:13-14; Nueva Biblia de Jerusalén; énfasis añadido). Ese «alguien parecido a un ser humano» fue Jesús ascendiendo al Padre («el anciano») después de su Resurrección y también será Jesús cuando acabe el juicio final.

Vemos entonces que en el discurso apocalíptico de Jesús en el capitulo 13 de San Marcos tenemos que adaptar una interpretación panorámica que considera la apocalipsis como un proceso largo que empieza con el sacrificio perfecto de Jesús en la cruz, un mismo hecho apocalíptico, que hizo del Templo de Jerusalén, destruido en el año 70 D.C., algo ya no necesario en el plan de la salvación.

12.11.06

Trigésimo Segundo Domingo del T.O.: 1 Reyes 17:10-16; Hebreos 9:24-28; Marcos 12:38-p44

«Ha echado todo lo que tenía para vivir». Así dijo Jesús sobre la viuda que «echó dos moneditas de muy poco valor» en las alcancías del templo. En la lectura del Viejo Testamento, tenemos otra viuda que le da todo lo que tiene de comer al profeta Elías. Dos profetas, y dos viudas que lo dan todo con abandono y confianza en Dios. ¿Somos capaces nosotros de darlo todo aunque parezca cosa imposible y estemos llenos de miedo? Estamos en mejor situación que esas dos viudas porque somos testigos por medio del Evangelio que Jesús ya «se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos» (la segunda lectura que proviene de la carta a los hebreos). ¡Dios mismo murió por nosotros! ¡Dios mismo lo dio todo por cada uno de nosotros! No es cosa solamente de palabras y sentimientos bonitos. Es cosa del sacrificio de la vida del Hijo de Dios, un sacrificio acompañado por agonía, tortura, y humillación. Si Dios mismo lo dio todo por nosotros, ya no debemos tener miedo de darlo todo por Dios y su Hijo. Como dicen las Escrituras en otra parte (Romanos 8:32; énfasis añadido): «Él que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?» Estamos en mejor situación que las dos viudas porque conocemos lo que Dios hizo por cada uno de nosotros en el Calvario. Sabemos que darlo todo por Dios no es gasto o locura.

5.11.06

Trigésimo Primero Domingo del T.O.: Deutereonomio 6:2-6; Hebreos 7:23-28; Marcos 12:28-34

En estas lecturas, vemos otra vez la realidad que no se puede entender el Evangelio sin entender la Antigua Alianza de Dios con Israel. Tenemos que obtener «ojos judíos» para entender a Jesús y al cristianismo. Por eso es la más grande ridiculez que los cristianos sean anti-semitas.

En Deuteronomio (un nombre que quiere decir la «segunda ley» en griego porque en este libro bíblico se repite la ley de Moisés dada en el libro del Éxodo), tenemos la oración y confesión de fe central de Israel (llamada en hebreo el «Shema»): «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas». En el Evangelio de San Marcos, Jesús le repite esta confesión antigua al escriba que le pregunta cuál es el primero de todos los mandamientos. Jesús preserva en la Nueva Alianza la confesión central de la Antigua Alianza. Por eso, para todo cristiano, los libros del Antiguo Testamento siguen siendo la Palabra de Dios que tenemos que leer, escuchar, y contemplar para oir la voz de Dios hoy día. Sí, las leyes meramente ceremoniales del Antiguo Testamento ya no aplican. Pero Dios todavía nos habla en las páginas del Antiguo Testamento en una manera contemporánea y con relevancia.

Después en la primera carta de San Pablo a los corintios, vemos como el Señor Dios del «Shema» se define en una manera nueva, revolucionaria, y definitiva: Dios es el Padre, y el Señor es Jesucristo (1 Cor. 8:6). El único Dios ahora contiene a Jesús como parte de la divinidad única del Antiguo Testamento. Por eso, también leemos hoy en la carta a los hebreos que el nuevo sacerdocio es eterno porque Jesús mismo es el nuevo sumo sacerdote, «el Hijo eternamente perfecto». Como se transformó la confesión de fe de Israel, igualmente se transformó el sacerdocio antiguo del Antiguo Testamento. Ahora, el Sumo Sacerdote forma parte de la misma divinidad. Por eso, es un sacerdote eterno y perfecto. Dios mismo es ahora nuestro abogado.