27.8.06

Libro Electrónico: Lecturas Dominicales para Adviento Ciclo C

Ya han pasado tres años de tener este sitio de lecturas dominicales. Empezamos en 2003 con el Adviento del Ciclo C de las lecturas dominicales. Ahora en el año 2006 para Adviento, volvemos a las lecturas del Ciclo C. Por esa razón, anuncio la publicación de un libro electrónico conteniendo estas lecturas dominicales para Adviento Ciclo C. El libro se puede conseguir gratuitamente en el sitio Lulu.com en este enlace. ¡Que sigamos leyendo, orando, y alabando! (Si alguien tiene alguna sugerencia sobre este proyecto, mi dirección electrónica es sobrino95@hotmail.com.) Hay otro libro también publicado para uso gratuito que cubre las lecturas desde Navidad a Cuaresma del Ciclo C. Los dos libros se pueden encontrar en el margen a la izquierda. Hay un enlace en los imágenes.

Vigésimo Primero Domingo del T.O.: Josué 24:1-2, 15-17, 18; Efesios 5:21-32; Juan 6:60-69

Veo estas lecturas como una llamada a escoger radicalmente. Josué le pone las opciones claramente a los israelitas: ¿Quieren servir a los dioses de sus padres o a los dioses del país donde habitan o al Señor? En palabras memorables, Josué habla por su familia propia y dice, «En cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor.» Si nuestros antepasados no eran cristianos, tenemos que decidir si nos vamos a quedar con su religión no cristiana. En muchos casos entre cristianos, se trata de escoger entre imitar el cristianismo superficial de nuestros padres o de entrar más profundamente en la llamada de Cristo. En otros casos, se trata de inmigrantes que tienen que decidir si van a seguir siendo católicos o se van a submitir a una denominación norteamericana en el nuevo país que habitan. Las opciones son varias dependiendo de nuestras circunstancias particulares. Pero en todas las circunstancias, tenemos que escoger.

En efesios, San Pablo nos transmite la enseñanza sobre el matrimonio y cita a las palabras del libro de Génesis: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola cosa». Pablo asemeja el matrimonio con nuestra unión con Cristo. Por eso, unirse a Cristo requiere abandonar el pasado y romper con el pasado para entrar en una familia nueva y más importante que nuestras asociaciones del pasado. Unirse a Cristo requiere escoger entre Cristo y los compromisos en que nos encontramos. No es cosa de abandonar los lazos de nuestras familias de crianza (aunque en algunos casos excepcionales de maldad hasta eso puede ser necesario y prudente en ciertas circunstancias trágicas). Pero si es cosa de poner la relación con Cristo primera igual como un esposo o esposa le da prioridad a sus obligaciones en su nuevo matrimonio sobre las obligaciones a su familia de crianza.

En el Evangelio, Jesús, como Josué, enfrenta a los judíos con la opción de seguir al Señor o quedarse en las tradiciones de sus padres. Josué prefigura a Jesús: hasta sus nombres tienen el mismo sentido porque los dos nombres significan la frase «Dios salva». El nombre «Jesús» es la forma griega del nombre «Josué». Jesús le presenta a los judíos la opción de reconocer que su carne es verdadera comida y que su sangre es verdadera bebida o de rechazar tal creencia. Todavía hoy Jesús nos pregunta si vamos a reconocer su cuerpo y sangre en la Eucaristía . Los protestantes tienen que decidir si van abandonar sus tradiciones para aceptar esta enseñanza de Jesús. Los católicos tienen que decidir si van a seguir siendo católicos que aceptan esta enseñanza escandalosa de Jesús. Él que no es cristiano también no puede ignorar lo que enseña Jesús. Para aceptar la doctrina eucarística de Jesús tenemos que abandonar un pasado protestante o no creyente. Tenemos que abandonar el esceptisimo racionalístico.

En todas las lecturas de hoy Dios nos presenta la necesidad de escoger entre los compromisos del pasado y presente, y el futuro nuevo que Dios propone. ¿En tus propias circunstancias qué es lo que Dios te está proponiendo abandonar para entregarte completamente a Jesús?

20.8.06

Vigésimo Domingo del T.O.: Proverbios 9:1-6; Efesios 5:15-20; Juan 6:51-58

Es un domingo de lecturas eucarísticas. El católico puede entender profundamente las palabras de hoy. La ironía es que los protestantes que tanto hablan de la Biblia solamente le pueden dar un sentido superficial a estas lecturas bíblicas. El católico afirma que el pan y el vino se convierten en la carne y la sangre de Cristo. Lo tenemos muy claro y literalmente en la lectura del Evangelio de San Juan: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». No se puede decir más claro que eso. No se puede negar que estas palabras se refieren a la Santa Cena cuando Jesús anticipó su sacrificio en la cruz declarando que este pan es su cuerpo y que la copa es la copa de su sangre (vea Mateo 26:26-29; Marcos 14:22-25; Lucas 22:19-20; 1 Corintios 11:23-25). Si tomamos en serio las palabras mismísimas de Jesús, vemos que el pan es su cuerpo y que la copa es la sangre. El testimonio del Nuevo Testamento está claro y seguro. Y así la Iglesia primitiva lo entendía. Tomar el sentido de todas estas palabras como algo solamente simbólico es no tomar las Escrituras en serio y andar en juegos que no son serios.

En la lectura de los Proverbios, vemos que la Sabiduría pone la mesa con pan y vino. Con la venida de Cristo, podemos entender este pasaje: Jesús es la Sabiduría que nos da pan de comer y vino de beber. ¡Y qué pan y qué vino! Un pan y un vino que quita la ignorancia, da la plenitud de la vida, y nos avanza «por el camino de la prudencia». Eso no lo hace un pan normal o un vino normal: lo puede hacer solamente un pan y un vino sobrenatural que nos da una participación intima con la Sabiduría. ¡Al contrario el vino normal en muchos casos abusivos quita la sabiduría, la vida, y la prudencia!

La lectura escrita por Pablo nos enseña más sobre la Eucaristía. Pablo nos manda a llenarnos del Espíritu Santo, no del vino que solo emborracha. En la mentalidad bíblica, el vino es la alegría que da Dios (Salmo 104:15). Pablo nos enseña en Galatas 5:22 que la alegría es fruto del Espíritu Santo. Pablo nos apunta otro vino, no el vino ordinario de los borrachos sino el vino que es el Espíritu Santo. Pablo nos invita a emborracharnos con el Espíritu Santo. Por eso San Ambrosio de Milán, el mismo que famosamente bautizó a San Agustín de Hipona, llamaba la efusión del Espíritu Santo una embriaguez sobria. En la copa de la Eucaristía (y también en el pan) recibimos al Espíritu Santo (vea Catecismo de la Iglesia Católica, sección 1394). Y también sabemos que el Espíritu Santo nos da el don de la sabiduría que se celebra en los Proverbios (Isaías 11:1-2).

Todo se relaciona y se cumple en el milagro eucarístico: porque el pan es el cuerpo de Cristo y la copa es la sangre de Cristo, nos llenamos del Espíritu Santo y recibimos alegría, sabiduría, y prudencia. Como dice Pablo expresamos esa alegría en nuestro cantar y en dar gracias continuamente a Dios. Ese dar gracias es lo que literalmente significa la palabra Eucaristía en el griego original. Como dije, todo se relaciona en la revelación bíblica.

13.8.06

Decimonoveno Domingo del T.O.: 1 Reyes 19:4-8; Efesios 4:30-5:2; Juan 6:41-51

Como siempre, la lectura del Viejo Testamento y el Evangelio tienen el mismo tema: Dios da el pan que necesitamos para tener vida. Elías ya estaba cansado de la vida cuando se sentó bajo el árbol. En cierto modo, ya no tenía, no sentía vida. Pero el ángel le trajo el pan que necesitaba para caminar cuarenta días y noches para llegar al monte de Dios, el monte Horeb donde Dios había dado su Ley a los judíos. Pero ahora, viene Cristo, no un ángel, Cristo que procede directamente del Padre. Y Cristo ahora no da un pan mortal como el maná o el pan dado a Elías. Cristo se da él mismo, «el pan vivo que ha bajado del cielo». Este pan vivo es lo que apunta y anticipaba el maná y el pan de Elías del Viejo Testamento. El pan mortal, muerto, del Viejo Testamento trajo a los judíos a la iluminación de la Ley de Dios dada en el monte de Dios, Horeb. Pero esa Ley no puede dar vida, la vida que necesitamos. Cristo es él que da vida: «el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida».

Por eso San Pablo en su carta habla de la «liberación final» cuya marca es el don del Espíritu Santo. Pablo urge a sus oyentes que vivan anticipando la liberación final, imitando el amor de Dios y de Cristo. Ya no se trata de obedecer la Ley, pero de vivir en el Espíritu Santo, que es el amor divino propio. Esa es la liberación, liberación de la misión imposible de cumplir con la Ley sin el Espíritu Santo. Y tenemos el pan vivo: la Eucaristía, Cristo mismo y vivo, para darnos más y más ese Espíritu Santo que nos lleva hasta la liberación final en la presencia de Dios en el monte de Dios. Pero primero tenemos que reconocer como Elías que no tenemos vida, no tenemos valor aparte de Dios. De ese cansancio y esa desesperación espiritual, que ya no tiene la ilusión de vivir con recursos meramente humanos, viene la conversión que es la entrega total a Jesús, la conversión que se completa en el hecho de recibir el Pan de Vida en la Eucaristía.

6.8.06

La Transfiguración: Daniel 7:9-10, 13-14; 2 Pedro 1:16-19; Marcos 9:2-10

En el profeta Daniel, tenemos la profecía de la Asención del Señor Jesucristo al Padre. Toda la Biblia se cumple en Cristo. Cristo es la palabra y la luz esencial que explica e ilumina todo lo que se dice en las Escrituras del Viejo y del Nuevo Testamento. Esa es la regla clave de la interpretación bíblica. En Daniel, vemos al «hijo de hombre» (el título usado tan frecuente por Jesús por si mismo) viniendo «entre las nubes del cielo» a la presencia del Padre. Es el Cristo resucitado llegando al trono del Padre.

En la segunda carta del apóstol Pedro, Pedro recuerda la Transfiguración en el «monte santo» cuando el Padre dijo: «Este es mi Hijo amado, en quien yo me complazco». Recordamos que el Nuevo Testamento es el nuevo testimonio de hombres y mujeres que vieron los milagros de Cristo, la Transfiguración de Cristo, al Cristo resucitado, y el poder del Espíritu Santo. En su carta, Pedro da su testimonio sobre la gloria y el poder de Cristo, una gloria y poder que sobrepasa las de todo rey o imperador o cualquier otra potencia del mundo. Estos testigos evangelizaron al Imperio Romano y en muchos casos murieron por la fe porque estaban convencidos por sus mismos ojos de la verdad de lo que predicaban. Nadie muere por una mentira inventada por uno mismo. Murió Pedro por un Señor vivo, resucitado, y glorificado.

En el Evangelio, tenemos el evento actual de la Transfiguración. Es claro que Jesús mostró su gloria a Pedro, a Santiago, y a Juan para prepararlos por los eventos de su muerte y Resurrección. Era anticipación de la Resurrección de Cristo. Pero también este episodio afirma la unidad del la Vieja Alianza y de la Nueva Alianza por la presencia de Elías el profeta y de Moisés quien recibió la Ley de Dios. Todo en el Viejo Testamento se cumple en Jesús. Por eso, el que lee el Viejo Testamento siempre debe de buscar a Jesús en esas páginas. Repito: la ley clave de la interpretación bíblica es buscar a Cristo en todas las partes de la Biblia.