30.4.06

Tercer Domingo de Pascua: Hechos 3:13-15, 17-19; 1 Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48

Dos puntos me saltan de estas lecturas. El primer punto es la realidad corporal del Cristo resucitado. Esta realidad se ve también en el encuentro dramático del apóstol Tomas con el Jesús resucitado cuando Tomás ve las heridas de Jesús y cree. También se ve la realidad corporal del Cristo resucitado cuando Pedro les explica a sus oyentes que la tumba de Jesús está vacía en contraste con la tumba de David cuyo cuerpo vio la corrupción (Hechos 2:29-32). Aquí tenemos en Lucas otro testimonio claro a la realidad corporal del cuerpo resucitado de Cristo. Entra Jesús a donde están reunidos los discípulos y les informa que él no es un fantasma: es en realidad una persona con carne y hueso (Lucas 24:36-43). Y para ponerlo clarissimo, Jesús acaba pidiéndoles algo de comer y comiendo un «trozo de pescado». Tengan estos pasajes bíblicos en la mente cuando oigan mentiras sobre la Resurrección de Cristo.

El segundo punto es que la muerte de Cristo no fue por accidente. Fue parte de la intención de Dios para salvarnos. Las otras lecturas de hoy hablan muy claras como la ignorancia de los que mataron a Jesús Dios nos trajo la salvación. Hay otra mentira moderna que dice que la muerte de Jesús no fue la voluntad de Dios. Eso es herejía. Dios usa hasta lo más malo que hacen los hombres para el bien de su pueblo. La muerte de Jesús es el ejemplo clave. Y la victoria del Dios que controla la realidad y el mundo se ve claramente en la resurrección corporal de Jesús, una resurrección que nostros también vamos a compartir plenamente en el futuro.

23.4.06

Segundo Domingo de Pascua: Hechos 4:32-35; 1 Juan 5:1-6: Juan 20:19-31

Tenemos hoy un «catecismo pequeño» de lo esencial de la fe cristiana. No se dejen engañar de los que dicen que las doctrinas céntricas del cristianismo no se pueden encontrar en el Nuevo Testamento. Ahí están muy claras para los que tienen ojos para ver y oídos para oir.

En la primera lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles se describe la actividad de los apóstoles en una manera muy simple y directa: «los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús». El Evangelio es, esencialmente, dar testimonio que Jesús es el Señor que resucitó. Si no se predica eso, no se predica nada. Sin la resurrección histórica de Jesús, estamos hablando mitología falsa que no vale la pena.

En la primera carta de San Juan, tenemos la doctrina de la Trinidad:

1.) Jesús es el Hijo de Dios:

2.) Si Jesús es Hijo, Dios es el Padre;

3.) El Espíritu testifica a esta verdad.

Ahí tenemos sin complicación la Trinidad: Dios Padre, Jesús el Hijo, y el Espíritu Santo. Tratar de entenderlo es complicado. Pero el hecho actual de la revelación es algo directo y simple.

En el Evangelio, tenemos la definición de la Resurrección: el Jesús resucitado posee el mismo cuerpo cuyo manos y costado fueron torturados en la cruz. No es asunto de una resurrección meramente espiritual. Es una resurrección CORPORAL Y FÍSICA. El cuerpo muerto fue transformado y no se quedó atrás en la tumba. Por eso como Tomás, decimos «¡Señor mío y Dios mío!» El Hijo de Dios Padre es también Dios. La Trinidad se revela sin duda en el Nuevo Testamento, igual que se revela la Resurrección Corporal de Jesucristo. Eso es lo esencial de la doctrina cristiana. No deje que nadie trate de engañarte o causarte confusión sobre esta realidad.




16.4.06

Domingo de Pascua: Hechos de los Apóstoles 10:34, 37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9

Otra Pascua y tenemos el hecho histórico inolvidable: la tumba estaba vacía. Como dijo María Magdalena: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto». Paren ahí. Si la tumba no hubiera estada vacía, yo no sería ni cristiano ni católico. San Pablo está de acuerdo: «Y si no resucitó Cristo, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados» (1 Corintios 15:14). Hoy muchos quieren engañar con la mentira que la tumba vacía no es un hecho importante o esencial a la fe cristiana. Es una gran mentira del diablo. Tenemos esperanza solamente porque Jesús resucitó de entre los muertos: el mismo cuerpo que estuvo solitariamente en esa tumba fue transformado en un cuerpo glorioso que mantuvo los rasgos de su tortura. Por eso sabemos que ese mismo Jesús es Dios. Por eso rezamos a él. Por eso lo adoramos. También por eso cuenta mucho lo que hacemos con nuestros cuerpos porque nuestros cuerpos también, como dice la segunda lectura, se manifestarán gloriosos. Noten en la primera lectura como la predicación de Pedro tiene como punto clave el hecho que, al tercer día, Dios resucitó a Jesús y concedió que testigos lo vieran. Hoy en la Iglesia Católica, el Papa, como sucesor del mismo Pedro, predica precisamente lo mismo que predicó Pedro. No se puede hacer el mismo comentario sobre algunas otras comunidades que se llaman supuestamente «cristianas».

9.4.06

Domingo de Ramos (Misa): Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Marcos 14:1-15:47

Como siempre el Evangelio para la Misa del Domingo de Ramos es la lectura de la Pasión de Jesucristo. La lectura empieza con el incidente de la mujer que derramó un frasco de perfume muy caro sobre la cabeza de Jesús, pasa entonces a la Santa Cena, a Getsemaní, a la condena por los judíos y por Pilato, las varias torturas y humillaciones del Señor, la Crucifixión, y el entierro. Conocemos la historia bien y la vamos a conocer otra vez con emoción en la Santa Misa cuando vivimos otra vez esos momentos en cuales se encuentra el punto crítico de la historia del mundo. Por eso, quiero enfocar nuestra atención en las otras dos lecturas que son en realidad dos comentarios sobre la Pasión de Jesucristo.

La lectura de Isaías tiene tres partes. Primero el profeta dice que Dios lo ha escogido, lo ha informado, y lo ha impulsado para proclamar la palabra de Dios. Segundo, el profeta no echa para atrás. Ofrece la espalda a golpes, recibe los insultos por ser profeta de Dios. Finalmente, el profeta persiste en mostrar coraje: su rostro fue como roca. Eso es lo mismo que vemos en la Pasión: Jesús no echó para atrás. Sabía que su ministerio y su predicación acababa en estas torturas y humillaciones, en esta muerte tan cruel y fea. Obedeció al Padre. Proclamó la verdad del Padre. Cumplió su misión por el Padre. Nosotros no lo podíamos hacer. No lo tenemos que hacer porque Jesús lo hizo por nosotros. Sí, nosotros también tenemos que obedecer, endurecer la cara como roca, hasta recibir insultos y golpes, pero no es nada comparable con la Pasión de Cristo porque Cristo era Dios mismo.

En filipenses, San Pablo, en uno de los pasajes más maravillosos de la Biblia entera, describe en un himno lírico como Jesús abandonó sus prerrogativas divinas para tomar la condición de siervo, para humillarse, para morir en una cruz. Nosotros no somos divinos, nosotros mismos nos humillamos en muchas cosas antes que otros nos humillan, para nosotros la muerte es inevitable. Pero no fue así con Cristo. El Hijo se hizo humano y escogió ser humillado y morir. Para nosotros, al contrario, la humillación y la muerte son parte de nuestra condición desde nuestro nacimiento. Jesús hizo lo que nosotros nunca pudieramos hacer.

2.4.06

Quinto Domingo de Cuaresma: Jeremías 31:31-34; Hebreos 5:7-9; Juan 12:20-33

El enfoque de este domingo es la lectura tan profunda del Evangelio de Juan. Igual como en la lectura de hebreos en cual se describe las emociones y el sufrimiento de Cristo con «fuertes voces y lágrimas», en el Evangelio Jesús mismo admite que tiene miedo. Pero Jesús sigue con coraje obedeciendo la misión que recibe del Padre. Y nos llama a la misma obediencia: «El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna». El Padre promete glorificar a Jesús. Lo hizo en la Resurrección. Nosotros también tenemos la promesa: si obedecemos, seremos glorificados por Dios.

Esa glorificación empieza en este mundo cuando Dios graba en nuestros corazones su ley, como comunicó el profeta Jeremías. Como se canta en los salmos, esa ley no es cosa opresiva. Al contrario, esa ley es nuestra delicia porque nosotros los humanos fuimos hecho para vivir en la verdad y en la justicia en comunión con nuestro Creador. Recibir esa ley en lo más profundo de nuestro ser es recibir la vida abundante y gloriosa. En la conversión aquí en este mundo empieza la glorificación prometida que se completa en la resurrección de nuestros cuerpos en un mundo nuevo. Pero tenemos que primero vaciar el corazón del egoísmo estéril. No fuimos hecho para el egoísmo. El egoísmo es contra nuestra naturaleza humana y nuestro destino humano. Tenemos que abandonar el egoísmo para que entre la ley de Dios que nos completa como seres humanos.