26.3.06

Cuarto Domingo de Cuaresma: 2 Crónicas 36:14-16, 19-23; Efesios 2:4-10; Juan 3:14-21

En la primera lectura del segundo libro de crónicas, tenemos algo que nos debe dar cierto miedo: Dios usa hasta nuestros enemigos para enseñarnos la verdad. La corrupción de Israel acabó con su exilio. Dios usó a los enemigos de Israel para castigar. También Dios usó al enemigo Ciro, rey de los persas, para permitir que Israel vuelva a su tierra. Todo fue por el bien de Israel. Hasta el desastre nacional del exilio fue para beneficiar a Israel.

Este divino intento misericordioso de beneficiar a su pueblo se cumple perfectamente en el Nuevo Testamento cuando Dios sacrifica a su único Hijo para salvarnos. La dos lecturas, la de San Pablo y la del Evangelio, nos hablan de otro desastre: la muerte del Hijo de Dios por mano de los enemigos romanos de Israel. Pero, igual como la destrucción del templo en Jerusalen, este desastre--la muerte de Jesús que es el templo verdadero en su propia persona--fue para salvar al pueblo de Dios. Por medio de la muerte de Jesucristo, se acaba nuestro exilio espiritual de estar aparte de Dios, se acaba la condenación y la dictadura del pecado. En Cristo, salimos de las tinieblas y entramos en la luz.

19.3.06

Tercer Domingo de Cuaresma: Éxodo 20:1-17; 1 Corintios 1:22-25; Juan 2:13-25

La Ley de Moisés no pudo salvar a los judíos. Esta misma ley, en la forma más general de los Diez Mandamientos, la tenemos en la primera lectura. Hoy mismo nosotros los cristianos todavía usamos los mandamientos para regir nuestra vida moral. En ese sentido de guía para nuestra conducta, esta ley sigue vigente. Como dijo Jesús mismo, no vino para abolir la ley pero para cumplirla en su misión de salvarnos (Mateo 5:17-20). Las reglas ceremoniales de la Vieja Alianza se acabaron, pero la ley moral sigue. Lo que tenemos, que no tuvieron los judíos antiguos, es el poder del Espíritu Santo, que nos dio Cristo, para poder vivir moralmente.

En el Evangelio, Jesús se refiere a si mismo como «un templo» que se destruye y que él mismo reconstruye en tres días. El templo nuevo que reemplaza el templo antiguo de los judíos es el cuerpo de Jesús mismo que es el sacrificio final que nos salva por siempre. Ese cuerpo se rompió por nosotros y resucitó en tres días. Igual como hizo con la ley antigua, Jesús cumple perfectamente todo lo que se atentaba con los sacrificios de la Vieja Alianza. Como se puede ver en la reacción de sus oyentes judíos, hablar de la destrucción del templo era decir algo alarmante y escandaloso. Jesús vino en manera revolucionaria para derrotar la corrupción del sistema de sacrificios y reglas ceremoniales que existía en el templo de Jerusalen. Por eso, lo mataron.

San Pablo lleva este acontecimiento revolucionario al resto del mundo antiguo, predicando a Cristo crucificado «escándalo para los judíos y locura para los paganos». También era locura para los judíos como se ve en la lectura evangélica de hoy. Estas palabras tan claras y explícitas de San Pablo sobre la necesidad de predicar a Cristo crucificado siempre me recuerdan de la ridiculez protestante de abandonar el uso del crucifijo. El escándalo y la locura que distinguen el cristianismo es precisamente ese imagen del crucificado. ¡Cómo pueden los que supuestamente leen tanto a la Biblia abandonar lo que San Pablo apunta tan claramente como el corazón de su misión predicadora! Bueno, en el catolicismo, no hay ese problema: San Pablo hoy mismo, entrando en una iglesia católica, reconocería ligeramente que ahí se predica el mismo escándalo y locura que él predicaba en los siglos pasados.

12.3.06

Segundo Domingo de Cuaresma: Génesis 22:1-2, 9-13, 15-18; Romanos 8:31-34; Marcos 9:2-10

Por la fe extraordinaria de Abraham, estamos aquí herederos en Cristo de la promesa que Dios hizo de bendecir a los descendientes de Abraham. Somos nosotros en Cristo los descendientes de Abraham. La salvación nuestra viene por medio de individuos. Empieza con la fe y obediencia del individuo Abraham y se cumple la salvación con la fe y obediencia de María y con la obediencia de Jesús mismo que llego a la cruz. Para que se cumple la providencia maravillosa de Dios se necesita todavía hombres y mujeres de fe y obediencia, que no temen entregar sus vidas, sus temores, y sus ansiedades a Dios. Cuando un solo hombre o una sola mujer se entrega en fe a Dios, todo es posible, hasta y especialmente lo que nosotros, tan limitados que somos, nunca pudieramos imaginarnos.

San Pablo en su carta a los romanos muestra porque no tenemos que temer a nadie o a nada. Dios nos ha dado su propio Hijo y nos ha perdonado. Si Dios nos favorece, nada más nos debe importar. Por eso, tenemos el coraje de seguir en adelante hasta en las situaciones más dificiles y confusas de la vida humana.

En el Evangelio, tenemos la Transfiguración de Jesús con Elías y Moisés. Para preparar a los apóstoles para la muerte de su Hijo, Dios muestra la gloria de Jesús en la presencia de Pedro, Santiago, y Juan. En su intervención en el sacrificio inminente de Isaac, Dios demonstró su poder para incitarnos hoy mismo a la fe y a la obediencia. En la Transfiguración, Dios le demuestra a los apóstoles escogidos la gloria de Jesús también para que puedan recordar este acontecimiento en el futuro cuando serían predicadores del Evangelio por todo el imperio romano. Para nosotros hoy, todo esto sirve para invitarnos a tener fe y a obedecer la voluntad de Dios sin temor en todas las complicaciones de este mundo.

5.3.06

Primer Domingo de Cuaresma: Génesis 9:8-15; 1 Pedro 3:18-22; Marcos 1:12-15

Nota a Lectores: Este comentario llega tarde por ciertas obligaciones académicas del autor durante la semana pasada. Ahora en adelante resume el comentario a su propio tiempo: una semana antes del domingo actual. Por ejemplo, mañana veremos el comentario que pertenece al segundo domingo de cuaresma.

A Noé se le anuncia una alianza: no se exterminará otra vez toda vida con un diluvio. Al arco iris es la señal de esta alianza. Se tiene que notar que Dios anuncia su alianza sin pedirle ni permiso ni compromiso anterior a Noé. Esta es la misericordia y el favor de Dios: Dios nos busca y se compromete con nosotros. Dios declara su amor sin pedir permiso, sin esperar guarantía que los humanos van a aceptar su amor. Quedamos libres para rechazar el amor de Dios, como queda libre una mujer para rechazar las declaraciones de un enamorado.

En la lectura paulina, declara Pablo la nueva alianza que finaliza la relación de Dios con los seres humanos: la muerte y resurrección de Cristo. La señal de esta alianza nueva y final es la cruz. Vamos ahora en los días de cuaresma a esa cruz, la cruz del Viernes Santo. La otra señal de la nueva alianza perfecta es la tumba vacía de la Resurrección. Dios se hizo carne por nosotros. Como en los días de Noé no pidió permiso, no exige nuestro mérito anterior, no nos obliga en nada: Dios propone su amor como un enamorado se lo propone a su novia: respeta nuestra libertad. Es un gesto de generosidad incalculable. Es un gesto de humildad por el Creador del mundo, que se hace humano y se expone a la humillación y a la muerte por nosotros sin contar con nuestra gratitud de antemano.

Ese Cristo en el Evangelio de hoy predica este Reino de Dios: la intervención generosa de Dios para salvarnos de todo mal. Antes de predicarlo, Jesús pasó su cuaresma en el desierto. Nosotros pasamos ahora nuestra cuaresma para poder decirle un «sí» completo a lo que Dios nos propone y nos regala.