26.2.06

Octavo Domingo del T.O.: Oseas 2:16, 17, 21-22; 2 Corintios 3:1-6; Marcos 2:18-22

Jesús es el Esposo de Israel igual como el Dios del Viejo Testamento. Por eso, digan lo que digan algunos, las Escrituras claramente enseñan que Jesús es Dios. En Oseas, vemos a Dios como el Esposo que perdona a su esposa infiel. Es algo difícil para nosotros los humanos comprender. Hasta la ley canónica de la Iglesia reconoce que en algunos casos es imposible que siguan viviendo juntos los esposos cuando uno comete el adulterio. Podemos inferir razonablemente que en la sociedad antigua de Israel sería algo extraordinario que un esposo perdone a una esposa infiel. Por eso, lo que Oseas nos presenta es tan sorprendente y tan radical: Dios hace lo que muchos de nosotros no podemos hacer. Dios hace lo inesperado y lo radical: recibe otra vez a Israel, la esposa infiel.

En el Evangelio, Jesús se identifica como el novio de la boda. Jesús como Salvador también hace lo inesperado: muero por nosotros los infieles, los que no merecemos tal sacrificio. ¿Cómo podemos entender tal sacrificio, tal perdón tan ajeno a nuestras debilidades y temores? Se entiende solamente por medio de un amor incomprensible al ser humano, un amor que San Pablo mismo siento por los corintios. San Pablo llama a los corintios una carta de recomendación «escrita en mi corazón». El Espíritu de Dios le ha dado a Pablo un corazón que se une a los corintios con un amor radical. Sí, tal amor nos pone nerviosos y ansiosos: ¿cómo vamos nosotros llegar a tal nivel de amor? Solamente por medio del Espíritu Santo. No hay otra maner de llegar ni cerca a ese nivel extraordinario de amor. No lo podemos hacer solos. Se necesita una fe y una entrega a la voluntad de Dios diaria y, en muchos casos, hasta un abandono a Dios de un minuto al otro. No hay otra manera.

19.2.06

Séptimo Domingo del T.O.: Isaías 43:18-19, 21-22, 24-25; 2 Corintios 1:18-22; Marcos 2:1-12

Estas son lecturas poderosas. El que perdona a Israel es Dios mismo, como se lee en Isaías. Y en el Evangelio es Jesús quien explícitamente le perdona los pecados al paralítico. La conclusión es obvia y fue obvia para los oyentes de Jesús: este hombre tiene que ser Dios si se atreve a perdonar los pecados contra Dios. Pero Jesús hace mucho más: usando las palabras de Isaías podemos decir que hasta abre caminos en el desierto de la enfermedad y del sufrimiento cuando cura al paralítico. Jesús hace correr «los ríos en la tierra árida». En Jesús, el Padre realiza algo nuevo. Todo lo descrito en la lectura de Isaías se cumple con Jesús. Por eso, San Pablo anuncia, en una frase tan brillosamente bella, la verdad sobre Jesús: Todo él es un «sí».

Jesús dice «sí» a todos nuestros deseos de ser curados, de tener esperanza, de realizar algo nuevo en el desierto de la desilusión, del sufrimiento, y de la confusión. ¿Por qué somos cristianos? Porque Jesús es todo un «sí». Pero para conocer esta cosa nueva tenemos que presentarnos como se presentó el paralítico. Sus amigos lo llevaron a Jesús aunque habían obstáculos. Hoy en día nuestros verdaderos amigos, los que tenemos aquí en la tierra y los santos en el cielo, son los que nos ayudan llegar al pie de Jesús para recibir un «sí» que nadie más puede pronunciar.

12.2.06

Sexto Domingo del T.O.: Levítico 13:1-2, 44-46; 1 Corintios 10:31-11:1; Marcos 1:40-45

La lepra era, como ahora, una enfermedad que nos llena de temor. En Levítico vemos como los israelitas recibirieron de Dios una manera de contener la propagación de esta enfermedad. Era un proyecto de limitar, de mitigar la situación, de prevenir la epidemia. El proyecto de Jesús es comparativamente radical: Jesús cura al leproso en el Evangelio. La Ley apuntaba la contaminación: Jesús sana y la quita. Lo mismo pasa con el pecado: la Ley indica el pecado, pero solo Jesús sana o salva.

Pero no es cosa solamente de la infección espiritual que es ciertamente el pecado. Hoy en tiempos modernos y en sociedades avanzadas nos agrade limitar el poder de Jesús a lo espiritual como si Jesús fuera solamente un tipo de psicólogo moderno. Entendemos la terapia psicológica o espiritual, pero rechazamos la curación de las enfermedades físicas por medio de la fe y la oración.

Bueno, el cristianismo no se puede modernizar tanto. En el cristianismo siempre hay la posibilidad de la curación de las enfermedades físicas por medios espirituales. Por eso los católicos tenemos un sacramento para ungir a los enfermos. No se trata solamente del perdón de pecados. Se trata también en pedir y esperar la curación física. No podemos perder esa audacia evangélica y apóstolica: de pedir la curación física. A veces parece que tenemos miedo de pedirla porque tememos quedar desilusionados si la enfermedad sigue o la persona se muere de todas maneras. Pero la fe, pide y pide y asi consigue. Si la enfermedad continúa, entonces sabemos con certeza que es la voluntad de Dios. ¡Pero si no pedimos la curación puede ser que la persistencia de una enfermedad se debe no a la voluntad de Dios sino a nuestra falta de fe!

Digo todo esto porque en el Evangelio no se puede evadir que parte clave del proyecto de Jesús es curar a los enfermos y no solamente perdonar a los pecadores. Si creemos que el mismo Jesús sigue activo en nuestras vidas, si creemos que el trabajo apóstolico continúa, ¿cómo podemos olvidarnos de la curación de los enfermos? San Pablo instruye a los corintios que sean sus imitadores igual como él es imitador de Cristo. No podemos imitar a Cristo si fallamos en orar y rogar por la curación de las enfermedades físicas.

5.2.06

Quinto Domingo del T.O.: Job 7:1-4, 6-7; 1 Cor. 9:16-19, 22-23; Marcos 1:29-39

«Todos te andan buscando.» Así le dicen los díscipulos a Jesús. Le llevaban todos los enfermos y poseídos del demonio. Job en la primera lectura está en una condición desesperada, agotado por el diablo y enfermo en cuerpo y alma. En Job, vemos dramáticamente la desesperación de todos nosotros aparte de Cristo. Pero en el Evangelio, viene Jesús. Cuando la suegra de Simón Pedro se enfermó, ¿qué hicieron? Le avisaron a Jesús. Cuando tu estas desesperado o enfermo, avísale a Jesús. No hay otra solución. Somos de cierto modo hermanos y hermanas de Job: estamos desesperados en uno u otro tiempo. En ese momento tenemos que llamar a Jesús.

En su carta, San Pablo emocionalmente le afirma a los corintios su inhabilidad de cesar a predicar el Evangelio: «Todo lo hago por el Evangelio, para participar yo también en sus bienes». Pablo conocía a Jesús intimamente. Por eso no podía parar de anunciar el Evangelio. El Evangelio es la solución para Job y para nosotros en todas las circunstancias. La solución no se puede esconder o guardar. Tenemos que tener la audacia de Pablo, y la tendremos si conocemos personalmente lo que Jesús puede hacer por nosotros en cualquier situación.