24.12.06

Cuarto Domingo de Adviento: Miqueas 5:1-4; Hebreos 10:5-10; Lucas 1:39-45

La humildad de una semilla o grano que acaba en grandeza es un tema profundo y extenso en las Escrituras, sea en el Viejo o en el Nuevo Testamento, consumido en la parábola del grano de mostaza de Jesucristo (Lucas 13, 19).

El profeta Miqueas transmite lo que le dice el Señor: que de «Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá» vendrá el rey de Israel. Belén, la ciudad de David, pequeña y humilde como David mismo quien, aunque era el mas insignificante de sus hermanos, fue elegido como rey. También Miqueas habla que «el Señor abandonará a Israel, mientras no dé a luz la que ha de dar a luz». La que ha de dar a luz es, como opinan los comentaristas de La Biblia Nueva de Jerusalén, «la madre del Mesías . . . . Miqueas piensa quizá en el oráculo» de Isaías 7,14. En ese oráculo, Isaías habla de la doncella o muchacha que será la madre del Mesías. En la versión griega del Antiguo Testamento se traduce la palabra hebrea «muchacha» por la palabra «virgen». Los mismos comentaristas notan que esa traducción «es un testimonio de la interpretación judía antigua, consagrada por» San Mateo (Mt. 1,23) que aplica esa profecía a la Virgen María.

En la Carta a los Hebreos, San Pablo nos habla del cuerpo de Cristo por cuyo sacrificio «quedamos santificados». En la misma carta (Hb 7), Pablo muestra que Jesucristo es el Sumo Sacerdote, eterno y divino, en la linea de Melquisedec (Génesis 14, 18). Es el Sacerdote que ofrece el Sacrificio Eterno de su cuerpo, el mismo cuerpo nacido en la aldea humilde de Belén en circunstancias de gran humildad.

En el Evangelio, tenemos a María, la muchacha virgen y humilde, visitando a Isabel que la saluda con las palabras que ahora rezamos en el Santo Rosario: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» La humilde María, una muchacha, es la escogida por el Señor para recibir la semilla divina por medio del Espíritu Santo. María responde al saludo de Isabel con su Cántico de gracias al Señor por haber escogido su esclava humilde para salvar a Israel (Lc 1, 46-55). En ese Cántico, María, como la primera cristiana, participa en la primera acción de gracias eucarística al recibir el cuerpo de Jesucristo en su vientre por medio del Espíritu Santo. Ella responde plenamenta a Jesucristo, el divino y eterno Sumo Sacerdote, que ofrece su cuerpo al mundo por medio del Espíritu Santo. Belén, María, la semilla: todos de génesis humilde pero de todos estos vendrá el rey del universo, Jesucristo.

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