5.10.06

Trigésimo Primero Domingo del T.O.: Deuteronomio 6:2-6; Hebreos 7:23-28; Marcos 12:28-34

En estas lecturas, vemos otra vez la realidad que no se puede entender el Evangelio sin entender la Antigua Alianza de Dios con Israel. Tenemos que obtener «ojos judíos» para entender a Jesús y al cristianismo. Por eso es la más grande ridiculez que los cristianos sean anti-semitas.

En Deuteronomio (un nombre que quiere decir la «segunda ley» en griego porque en este libro bíblico se repite la ley de Moisés dada en el libro del Éxodo), tenemos la oración y confesión de fe central de Israel (llamada en hebreo el «Shema»): «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas». En el Evangelio de San Marcos, Jesús le repite esta confesión antigua al escriba que le pregunta cuál es el primero de todos los mandamientos. Jesús preserva en la Nueva Alianza la confesión central de la Antigua Alianza. Por eso, para todo cristiano, los libros del Antiguo Testamento siguen siendo la Palabra de Dios que tenemos que leer, escuchar, y contemplar para oir la voz de Dios hoy día. Sí, las leyes meramente ceremoniales del Antiguo Testamento ya no aplican. Pero Dios todavía nos habla en las páginas del Antiguo Testamento en una manera contemporánea y con relevancia.

Después en la primera carta de San Pablo a los corintios, vemos como el Señor Dios del «Shema» se define en una manera nueva, revolucionaria, y definitiva: Dios es el Padre, y el Señor es Jesucristo (1 Cor. 8:6). El único Dios ahora contiene a Jesús como parte de la divinidad única del Antiguo Testamento. Por eso, también leemos hoy en la carta a los hebreos que el nuevo sacerdocio es eterno porque Jesús mismo es el nuevo sumo sacerdote, «el Hijo eternamente perfecto». Como se transformó la confesión de fe de Israel, igualmente se transformó el sacerdocio antiguo del Antiguo Testamento. Ahora, el Sumo Sacerdote forma parte de la misma divinidad. Por eso, es un sacerdote eterno y perfecto. Dios mismo es ahora nuestro abogado.