29.10.06

Trigésimo Domingo del T.O.: Jeremías 31:7-9; Hebreos 5:1-6; Marcos 10:46-52

En Jeremías, tenemos un retrato del retorno de los judíos del exilio. A cada uno de nosotros, Dios nos promete liberación de nuestro «exilio» de confusión, error, ignorancia, y hasta de maldad. Salimos de ese exilio personal por medio del Sumo Sacerdote Jesucristo, cuyo sacrificio perfecto ha ganado nuestra liberación personal y colectiva.

En el Evangelio, el ciego Bartimeo nos da la oración llamada por algunos la Oracion «Jesús», en cual se repite tranquilamente la frase tan simple pero honda del ciego: «Jesús, hijo de David, ten compasión de mí». Es una oración recomendada en el propio Catecismo de la Iglesia Católica, Sección 2667. Como dijo Jeremías, la salvación de Dios incluye al ciego. Y el ciego soy yo, y el ciego eres tú. Todos tenemos que orar constantemente la misma demanda del ciego: «Maestro, que pueda ver». Que pueda ver muchas cosas: que hago en mis dificultades; que hago con individuos difíciles; que hago con las consecuencias del pecado; que hago cuando viene, como siempre viene, la tentación fuerte; que hago para evangelizar; que hago para vivir la vida abundante de liberación prometida por Jesús. Jesús nos pregunta a cada uno como le preguntó al ciego Bartimeo: «¿Qué quieres que haga por ti?» ¿Nos quedamos callados, o tenemos la audacia de Bartimeo de contestar?

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