28.5.06

Séptimo Domingo de Pascua: Hechos 1:15-17, 20-26; 1 Juan 4:11-16; Juan 17:11-19

En los Hechos de los Apóstoles, leemos como los apóstoles eligieron a Matías para tomar el lugar del traidor Judas. Noten que reconocían la necesidad de llenar el puesto vacante. Ya se reconocía que los apóstoles tenían un cargo central en la Iglesia, que eran en realidad los primeros obispos. Hoy todavía la Iglesia consagra a hombres como sucesores de estos mismos apóstoles, imitando directamente el ejemplo bíblico de los apóstoles cuando escogieron a Matías. Estos apóstoles y sus sucesores son, como se dice en esta lectura, testigos de la resurrección de Jesús. La Iglesia vive y se perpetua solamente por el hecho histórico de la resurrección corporal de Jesús. Sin esa realidad histórica, no hay razón para perpetuar ninguna iglesia. Pero hoy, en la Iglesia Católica se perpetua ese testimonio apóstolico en los obispos que son como Matías sucesores de los apóstoles originales encabezados por el obispo de Roma, el sucesor del líder de los apóstoles, San Pedro. Noten que en esta lectura es precisamente Pedro que «se puso de pie en medio de los hermanos» para proponer la selección del sucesor del traidor Judas.

En la lectura de la primera carta de Juan, tenemos otra vez el énfasis en el amor y en la necesidad de permanecer en el amor porque Dios es amor. La Trinidad Divina es una comunión y relación de amor. Cristo nos invita a cada uno que entremos en esa relación de amor. Invita a todos. Por eso nos amamos unos a los otros: porque existimos como cristianos en ese amor trinitario. Es nuestra realidad. No es cosa de sentimiento efímero. Es una realidad objetiva.

En el Evangelio, Jesús ora por sus discípulos. Ya se ve claramente en el Evangelio que Jesús fundó una Iglesia y se preocupa por su destino. Por eso oraba al Padre por su Iglesia que se iba a quedar en el mundo sin ser parte del mundo. Algunos se imaginan que el proyecto de Jesús era un proyecto solitario sin ninguna institución eclesiástica. Es mentira. Claramente vemos que Jesús fundó su Iglesia en el Evangelio durante su vida en la tierra. La prueba es su oración por la protección de esa misma Iglesia que vemos en esta lectura de hoy. Jesús pide y habla sobre lo que se llama en el catolicismo los rasgos de la Iglesia: ser una como Jesús es uno con el Padre, tener custodia de la palabra y verdad dada por Jesús a los apóstoles (es decir, ser «apóstolica»), ser santificada o santa igual como Jesús, y ser enviada al mundo como el Padre envío Jesús al mundo (es decir, ser «católica» o universal en su evangelización). Ahí tenemos claramente en la Biblia lo que siempre decimos en el Credo duranta la Santa Misa: creemos en la Iglesia, una, santa, católica, y apóstolica. En esa Iglesia, está la plenitud del gozo que es la voluntad de Jesús para nosotros.

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