9.4.06

Domingo de Ramos (Misa): Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Marcos 14:1-15:47

Como siempre el Evangelio para la Misa del Domingo de Ramos es la lectura de la Pasión de Jesucristo. La lectura empieza con el incidente de la mujer que derramó un frasco de perfume muy caro sobre la cabeza de Jesús, pasa entonces a la Santa Cena, a Getsemaní, a la condena por los judíos y por Pilato, las varias torturas y humillaciones del Señor, la Crucifixión, y el entierro. Conocemos la historia bien y la vamos a conocer otra vez con emoción en la Santa Misa cuando vivimos otra vez esos momentos en cuales se encuentra el punto crítico de la historia del mundo. Por eso, quiero enfocar nuestra atención en las otras dos lecturas que son en realidad dos comentarios sobre la Pasión de Jesucristo.

La lectura de Isaías tiene tres partes. Primero el profeta dice que Dios lo ha escogido, lo ha informado, y lo ha impulsado para proclamar la palabra de Dios. Segundo, el profeta no echa para atrás. Ofrece la espalda a golpes, recibe los insultos por ser profeta de Dios. Finalmente, el profeta persiste en mostrar coraje: su rostro fue como roca. Eso es lo mismo que vemos en la Pasión: Jesús no echó para atrás. Sabía que su ministerio y su predicación acababa en estas torturas y humillaciones, en esta muerte tan cruel y fea. Obedeció al Padre. Proclamó la verdad del Padre. Cumplió su misión por el Padre. Nosotros no lo podíamos hacer. No lo tenemos que hacer porque Jesús lo hizo por nosotros. Sí, nosotros también tenemos que obedecer, endurecer la cara como roca, hasta recibir insultos y golpes, pero no es nada comparable con la Pasión de Cristo porque Cristo era Dios mismo.

En filipenses, San Pablo, en uno de los pasajes más maravillosos de la Biblia entera, describe en un himno lírico como Jesús abandonó sus prerrogativas divinas para tomar la condición de siervo, para humillarse, para morir en una cruz. Nosotros no somos divinos, nosotros mismos nos humillamos en muchas cosas antes que otros nos humillan, para nosotros la muerte es inevitable. Pero no fue así con Cristo. El Hijo se hizo humano y escogió ser humillado y morir. Para nosotros, al contrario, la humillación y la muerte son parte de nuestra condición desde nuestro nacimiento. Jesús hizo lo que nosotros nunca pudieramos hacer.

1 comentario:

Cristian Cifuentes Arellano dijo...

que tenga un hermosa semana santa hermano,

desde chile bendiciones por tu trabajo