15.1.06

Segundo Domingo del T.O.: Samuel 3:3-10, 19: 1 Corintios 6:13-15, 17-20; Juan 1:35-42

Dios le habla a los hombres. Tenemos el testimonio del Antiguo Testamento. Dios le habló al joven Samuel en su propia habitación. Hay varias cosas que podemos notar sobre la llamada a Samuel. Primero, Dios lo llamó en privado, en la habitación, aparentemente privada, del joven Samuel. Segundo, fue precisamente una llamada a un joven. Dios no descrimina contra los jovenes. Tercero, la lectura nota que «[a]ún no conocía Samuel al Señor, pues la palabra del Señor no le había sido revelado». Pero el sacerdote Elí se dio cuenta de lo que estaba pasando: sabía que era el Señor. Entonces Samuel pudo responderle al Señor: «Habla . . . tu siervo te escucha». Desde ese momento, el Señor estuvo con Samuel.

, hay aquí varios puntos hasta para nosotros hoy en día. Como cristianos, participamos en Cristo quien es sacerdote, rey, y profeta en perfección total. Por tal modo, tenemos como cristianos bautizados (y por eso participantes) en Cristo una vocación profética. En la época de Samuel, se esperaba que Dios se revelaba a los hombres. ¿Esperamos nosotros lo mismo hoy? No somos huérfanos. Somos herederos de todo lo que tenía la vieja Israel. Tenemos que abrirnos para oir la voz de Dios otra vez precisamente para cumplir nuestra vocación profética que surge de nuestro bautismo sacramental. Como en el caso de Samuel, Dios se revela a cada uno en los momentos secretos de nuestras vidas. Como en el caso de Samuel, Dios llama a quien Él quiera: sea joven o viejo. Como en el caso de Samuel, Dios espera nuestra respuesta, nuestra decisión a escucharlo. Dios no se impone. Dios espera el ejercicio de nuestra libertad.

Lo que hizo Samuel, hicieron los apóstoles. En el Evangelio, San Juan el Bautista apunta en privado que Jesús es el Mesías a dos de sus discípulos. En ese tiempo todavía eran estos hombres jovenes. Y noten que Jesús los invitó después que vio que estaban preparados a seguirlo. Tenemos una situación semejante a la de Samuel, pero con una gran diferencia: ahora Dios mismo camina cara a cara con sus discípulos. Ya no es solamenta una voz misteriosa. Es Dios en carne.

Y ese Dios en carne ha consagrado a nuestros cuerpos. La resurrección de Cristo señala el destino de nuestros cuerpos: transformación y perfección, no abandono y corrupción. Por eso San Pabla escribe que tenemos que glorificar a Dios con el cuerpo. Por eso la fornicación es un sacrilegio. Es noticia dura en estos tiempos. Hoy especialmente en norteamérica y en la europa occidental la virginidad femenil antes del matrimonio no se celebra, no se anticipa, y no se espera entre la gran mayoría de la población (es una situación diferente en otras zonas culturales del mundo). Y mucho más átras en el pasado, ya en muchas sociedades, incluso las hispanas, no se tomaba en serio entre muchos la preservación de la virginidad masculina antes del matrimonio. Pero sabemos la verdad: Dios se hizo carne, la carne es para glorificar a Dios. La carne no es para el egoísmo de la fornicación. Es un mensaje duro para muchos. Pero es un mensaje profundamente profético y revolucionario revelado poderosamente por medio de la Encarnación que acabamos de celebrar.

1 comentario:

davelando7767 dijo...

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