1.1.06

Santa María, Madre de Dios: Números 6:22-27; Gálatas 4:4-7; Lucas 2:16-21

En la lectura del libro de los Números, tenemos la bendición sacerdotal que Dios le enseña a su pueblo. Es una bendición que favorece a los israelitas con la presencia de Dios mismo y de su benevolencia junto con la paz. En la segunda lectura, san Pablo recuenta en resumen la proclamación evangélica: «envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, . . . para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos». El tema es consistente: Dios escoge a su pueblo y lo bendice. Escogió a Israel y en Jesucristo escoge a todo el mundo, incluso los gálatas que no eran judíos (se cree que la designación «gálatas» se refiere a una raza celta del mundo antiguo; existe una conexión lingüística cuando referimos a la Galicia de los gallegos españoles que son también de ascendencia céltica).

En el Evangelio de hoy, los pastores van a visitar a María, a José y al niño en Belén. Por medio de María, llega la más poderosa bendición posible: la presencia de Dios mismo en forma de su Hijo. La bendición antigua se cumple en una manera singularmente generosa y sorprendente. Vemos aquí que Dios nunca se olvida de sus promesas. Él cumple su intención de bendecirnos en las maneras más sorprendentes. Por medio de María, tenemos a Cristo. Y por Cristo, nuestro Sacerdote, continúan esas bendiciones sorprendentes en nuestras vidas.