27.11.05

Primer Domingo de Adviento: Isaías 63:16-17, 19; 64:2-7; 1 Corintios 1:3-9; Marcos 13:33-37

Empezamos el año nuevo de la Iglesia, de la Nueva Israel (el Ciclo B de las lecturas). No esperamos hasta el primero de enero. Empezamos el nuevo año esperando por, vigilando por, y pensando en la Encarnación: Dios hecho carne por medio del cuerpo de María. La Navidad que esperamos es la Encarnación. Por eso, no se puede ver la Navidad como solamente una conmemoración biográfica como, naturalmente, tenemos la tendencia de verla, como si fuera cosa de celebrar el natalicio de un mero heroe, rey, presidente, u otra figura histórica. La Navidad es un acontecimiento de verdadera historia biográfica-- pero es much más que eso. Esperamos la intervención definitiva de Dios en nuestras vidas y nuestra historia. No hay y no hará otra vez algo de semejante importancia en la historia. Reconocer la Encarnación es implícitamente reconocer la Resurrección y la Segunda Venida de Cristo para juzgar al mundo. Si de verdad es Dios hecho carne, entonces sabemos lo que tiene que resultar.

Isaías nos describe lo que aprendemos por medio de la Encarnación: conocemos a Dios como «nuestro padre» por medio de Jesús. San Pablo, en su primera carta a los corintios, celebra otro resultado de la Encarnación: recibimos en abundancia «dones divinos . . . por medio de Cristo Jesús»; estos dones divinos nos transforman en la conversión. Esta conversión personal es otro resultado de la Encarnación.

En el Evangelio, Jesús nos advierte que estemos sospechosos de la seguridad, de la paz, y de nuestra complacencia en los asuntos de la vida, porque es cierto que el Señor vuelve a cambiarlo todo. No tenemos seguridad ninguna en nuestros planes y en nuestros propios deseos. La Encarnación enseña que Dios ha invadido al mundo y que está determinado en transformarlo por completo cuando vuelva por segunda vez. Por eso no podemos vivir en la ilusión que el mundo que nosotros mismos construimos para nuestro placer es la realidad final. Lo que nosotros construimos tan asiduamente es solamente algo transitorio y temporario. La invasión radical que es la Encarnación y que resultará en una conquista total cuando se acabe el mundo presente lo ha cambiado todo.

20.11.05

Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo: Ezequiel 34:11-12, 15-17; 1 Corintios 15:20-26, 28; Mateo 25:31-46

El Rey del Universo interviene en su universo. Tenemos un libro de la Biblia llamado los Hechos de los Apóstoles. La Biblia entera se puede llamar «los Hechos del Rey». En Ezequiel, el Señor Dios dice que él es quien busca y rescata a las ovejas. En el Evangelio, Jesucristo describe su justicia en la consumación del mundo entero--el Juez viene a juzgar y arreglar. Interesamente, la lectura paulina habla de la resurrección que precede la consumación del mundo. Nuestro Dios no es un mero tema filosófico, un argumento intelectual, una fantasía psicológica. Nuestro Dios es un Dios de hechos, de acontecimientos, de verdaderas intervenciones públicas y privadas. Es el Dios que transforma las situaciones públicas y privadas. Es el Dios de sorpresas que azoran. No es un Dios en una cajita linda llamada «religión» por los hombres--es el Dios Rey del universo. La más grande sorpresa, como nos recuerda san Pablo hoy, es la resurrección de Cristo. Ese hecho confirma que nuestro Dios es el poder y la fuerza que gobierna, juzga, y transforma el universo. Acérquense a ese poder real.

13.11.05

Trigésimo Tercero Domingo del T.O.: Proverbios 31:10-13, 19-20, 30-31; 1 Tesalonicenses 5:1-6; Mateo 25:14-30

La diligencia sobria. Este es el tema de hoy. En Proverbios, vemos una alabanza extraordinaria a la mujer «hacendosa . . . . que teme al Señor». Existen tales mujeres y cuando las encontramos, las Escrituras requieren que ese tipo de mujer sea «alabada por todos». En algunas culturas, familias, y algunos círculos sociales, no se alaba mucho a la gente, sea hombre o mujer. Se guarda el silencio, y se rompe el silencio solamente cuando alguien fracasa en algo. Eso no es la manera bíblica ni cristiana: debemos de consolarnos unos a los otros y a honrar a los que merecen el honor. En Proverbios, se alaba especialmente la mujer activa, diligente, inteligente, y sabia. No es cosa de mujer pasiva o callada. Es cosa de una mujer muy activa y productiva que tiene ámbito para sus talentos prodigiosos.

En la epístola, san Pablo acaba diciendo que nos mantegamos «despiertos y vivamos sobriamente». Quiere decir, todos debemos ser tan diligentes como la mujer que merece la alabanza en Proverbios. La cristiandad no llama a nadie a ser pasivo: eso es típico de las religiones orientales, no de la de nosotros. El cristianismo pone como modelo a la persona práctica y prudente que aprovecha las oportunidades para hacer el bien.

En el Evangelio, Jesús cuenta la famosa parábola de los servidores que explotaron en diferentes maneras al dinero que se le encargó. El único servidor condenado en la parábola es el perezoso que hizo nada con lo que se le había encargado. Otra vez, vemos que el cristiano está obligado a ser diligente. Pero no podemos dejarlo así en una manera tan indeterminada. ¿Diligente para qué? No es diligencia para la vanidad (como nos advierte la lectura de Proverbios), no es diligencia para la seguridad falsa del materialismo (como nos advierte implícitamente san Pablo), y no es tampoco la diligencia falsa del servidor que por resentimiento y miedo busca una falsa seguridad en no arriesgarse (como nos cuenta el Evangelio). Es una diligencia sobria que sabe que lo más importante es el Señor quien nos hizo y quien nos mantiene vivo momento tras momento, el mismo Señor que aparece en la parábola y que vendrá otra vez a este mundo.

6.11.05

Trigésima Segunda Semana del T.O.: Sabiduría 6:12-16; 1 Tesalonicenses 4:13-18; Mateo 25:1-13

La lectura del libro de la Sabiduría nos recuerda cuando Jesús en partes del Evangelio le dice a sus discípulos que oren sin cesar y que lo que ruegan y buscan lo encontrarán (Mateo 7:7-11 y Lucas 11:9-13). La lectura del Viejo Testamento de hoy nos dice que la sabiduría «se deja encontrar por quienes la buscan» y que a encontrarla quedaremos «libre de preocupaciones».

Sabemos que esa sabiduría se encuentra plenamente en Jesús. En el Evangelio de hoy Jesús cuenta la parábola de las diez jóvenes esperando la llegada del esposo. Y nos advierta que estemos preparados para la llegada del esposo porque no sabemos «ni el día ni la hora». Jesús es Sabiduría y nos da sabiduría con este consejo urgente: esten preparados para la llegada del esposo. El Esposo es el mismo Jesús y el banquete de bodas se celebrará cuando Jesús mismo vuelva otra vez. En ese banquete si estaremos completamente libre de preocupaciones como prometió el libro de la Sabiduría.

Tenemos que escuchar y «darle la primacía en los pensamientos»--como aconseja la lectura del Viejo Testamento--a este consejo de Jesús. Jesús se acerca a cada uno de nosotros y vendrá para cada uno de nosotros muy personalmente en el día y en la hora de nuestra muerte. Y como nos damos cuenta, no sabemos ni el día ni la hora de nuestra muerte. Por eso el consejo de Jesús es, como también se dice en la primera lectura, «prudencia consumada». Además Jesús vendrá a juzgar y transformar el mundo entero en su segunda venida cuando todo quedará renovado, cielo y tierra. Obviamente, a los que les toque estar vivos en ese momento tendrán que estar preparados.

En su primera carta a los tesalonicenses, san Pablo repite esta enseñanza de Jesús. En cierto modo, las palabras de Pablo son un comentario inspirado sobre esta parábola de Jesús. San Pablo le asegura a los tesalonicenses que los difuntos tendrán su encuentro con Jesús igual que los que esten vivos en el momento cuando Jesús venga a juzgar al mundo entero. Los difuntos «resucitarán primero». En esa resurrección, se completa la promesa del Viejo Testamento que finalmente quedaremos libres de toda preocupación, especialmente la preocupación más terrible, la preocupación sobre la muerte que nos espera. Esa era la preocupación de los tesalonicenses y es también la de nosotros.