25.9.05

Vigésimo Septimo Domingo del T.O.: Isaías 5:1-7; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43

En el Evangelio, Jesús repite como parábola esencialmente (no exactamente) lo que se contiene en la lectura de Isaías. En Isaías, el dueño de la viña con la torre y el lagar decide destruirlo todo porque la viña no dio uvas buenas: dio solamente uvas agrias. Se condena al pueblo escogido porque muchos cometieron iniquidades. En la parábola de Jesús también tenemos una viña con una torre y con lagar que acaba en ser juzgada por Dios, pero esta vez no por razón de uvas agrias sino por razón que los viñadores mataron al hijo del dueño de la viña. Pero en fín, en ambas situaciones vino la condenación porque no se respetó a Dios el dueño de las dos viñas.

Aquí se habla del juicio y de la condenación de Dios. Hemos hecho en muchos casos de Jesús una figura de debilidad. Pero en el Evangelio vemos a un Jesús con autoridad que se tiene que respetar y temer porque anuncia el juicio de Dios a los hombres. Obviamente no es cosa de temer a algo malo sino de temer a lo que es perfectamente bueno que exige nuestro respeto, nuestra obediencia, y nuestra reverencia profunda. Jesús se tiene que respetar porque a la misma vez que es perfectamente bueno y compasivo es también omnipotente y exigente y rechaza lo malo. Jesús perdona pero también juzga.

Si queremos evitar ser uvas agrias y viñadores rebeldes, debemos de adaptar nuestras vidas al programa de vida descrita por san Pablo en la carta a los filipenses. El programa de vida del cristiano es presentar a toda necesidad y preoccupación a Dios en la oración con gratitud por todo, sea algo pasado, presente, o futuro. Y se nos promete que ese programa de vida nos quitará la inquietud y nos dará paz en esta vida. Para abandonarnos asi a Dios tenemos que reconocer que la paz de Dios sobrepasa toda nuestra inteligencia. Muchas cosas que nos pasan no entendemos, pero en la entrega total a Dios tendremos la paz. No se tiene que entender todo para recibir la paz de Dios en esta vida. Con fe en la providencia de Dios, seremos uvas buenas y viñadores obedientes al dueño de la viña.

18.9.05

Vigésimo Sexto Domingo del T.O.: Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-11; Mateo 21:28-32

Tenemos que alegrarnos que Dios perdona a los pecadores que han destruido a sus proprias vidas precisamente porque somos nosotros esos mismos pecadores. La justicia de Dios no se puede separar de su misericordia. Por eso en Ezequiel se conecta intimamente la contrición con la justicia de Dios. Con la conversión viene la justicia misericordiosa. Pero sin arrepentirse quedamos condenados por nuestra propia mano.

Pablo le escribe a los filipenses como Jesús se humilló para salvarnos. Esta lectura se tiene que leer repetidamente para entrarla en lo fondo. Nosotros tenemos que abandonar el orgullo, la ilusión, que sabemos aparte de Dios como vivir la vida. Tenemos que admitir nuestra ignorancia y pedir perdon a Dios y, si es práctico, a los que hemos dañado en nuestro egoísmo.

En el Evangelio, Jesús se lo dice en una manera alarmante a los que están satisfechos: los peores que se arrepientan se han adelantado. Por eso el sacramento de la confesión es tan esencial. Tenemos que humillarnos y admitir que no somos tan perfectos, tan sabios, y tan buenos como pensamos. Esa complacencia es una ridiculez. Tenemos que alarmarnos para conocer la verdad: necesitamos que confesarnos regularmente para seguir saliendo del egoísmo y la ilusión de ser tan buenos. Noten bien que la confesión sacramental es una alarma evangélica.

11.9.05

Vigésimo Quinto Domingo del T.O.: Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24, 27; Mateo 20:1-6

Dios dice en Isaías que sus pensamientos no son nuestros y que sus caminos no son nuestros. También dice que como los cielos aventajan a la tierra, así aventajan sus caminos a los caminos de nosotros. Tenemos que reconocer que en la vida hay mucho que no entendemos. Por la gracia de Dios, es posible entender más y más los acontecimientos de la vida. Pero a veces esa comprensión viene después que pasa cierto tiempo, sea largo o corto. Y a veces no vamos a entender hasta que hemos muerto y veamos a Dios cara a cara.

San Pablo mismo admite que no sabe si debe de elegir morir para estar con Cristo o seguir viviendo para el beneficio de los filipenses. ¡Pablo, tan cerca al Señor, no sabe que elegir o desear! No es sorpresa que nosotros también no sabemos que pensar sobre nuestras vidas. Pero Pablo no se queda ansioso o miedoso. Pabla sabe que sea por su vida o por su muerte, «Cristo sera glorificado en mí».

En el Evangelio, Jesús explica la parábola del propietario que le pagó la misma cantidad de dinero a los trabajadores más recientes que trabajaron poco tiempo que le dió a los trabajadores que trabajaron el día entero. Otra sorpresa de Dios. Dios no se lleva por lo que nosotros creemos necesario. Dios en su misercordia, favor, y bondad es generoso en una manera a veces inexplicable a los humanos.

El impacto de estas lecturas es llamarnos a la humildad intelectual: entendemos poco y muchas veces entendemos mal. Nuestro Dios es un Dios de sorpresas en las vidas de los individuos. No es un Dios que se puede controlar o manipular. La vida es una verdadera aventura, y él que dirige la aventura es Dios.

Vigésimo Cuarto Domingo del T.O.: Eclesiástico 27:33-28, 9; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35

Estas lecturas hablan del perdón. Hemos oído en nuestras vidas muchos sermones sobre el perdón. Vamos a leer con cuidado para encontrar si hay algo nuevo que Dios nos quiere decir. En la lectura de Eclesiástico (también conocido como el libro de Sirácide), el perdón del prójimo es el hecho necesario y práctico: si pedimos perdón a Dios y a nuestros compañeros por nuestros pecados, tenemos que dar el mismo perdón. Para mantener una relación con Dios, tenemos que perdonar a otros precisamente porque la única base de nuestra relación con Dios es el perdón de Dios hacia nosotros. Para recibir perdón (algo que tenemos que recibir por necesidad humana) tenemos que dar perdón.

¿Y para que hacer todo esto? Porque, como dice Pablo en la segunda lectura, vivimos y morimos para el Señor. El egoísmo no puede perdonar. Se ancla en el orgullo o en la venganza. Pero si reconocemos que existimos no para nosotros sino para Dios, entonces si podemos perdonar ofensas personales. Reconocemos que la ofensa personal no importa; lo que importa es vivir la vocación que Dios nos ha dado. Eso es lo importante. La venganza se rechaza no porque el que ofende no se la merece pero porque nosotros tenemos asuntos mucho más importantes para enfrentar en nuestras vidas.

Pero también es verdad que el perdón no es idealmente algo sin ciertas condiciones. En la parábola que Jesús nos cuenta en el Evangelio los que fueron perdonados primero suplicaron por el perdón y reconocían a la misma vez que tenían la obligación de pagar sus deudas. No es asunto de recibir el perdón sin tener que pedirlo y sin tener que tratar de corregir los efectos de nuestros hechos. Él que quiere ser perdonado, sea por Dios o por el prójimo, tiene que arrepentirse y anunciar un cambio de conducta. Para ser perdonado tenemos que convertirnos.

A la misma vez, Cristo desde la cruz perdonó a sus enemigos porque ellos no sabían lo que hacían. En ciertas situaciones, él que nos ofende ni pide y ni quiere el perdón: ni reconoce que lo que ha hecho es algo malo. En tal casos, perdonamos por medio de no guardar el rencor. Pero él que ofende y no se se quiere arrenpentir es él que pierde la oportunidad de conversión. Pero él que perdona hasta el prójimo que no pide el perdón queda libre para vivir la vocación suya manifestada en la vida y la misión que recibe de Cristo.

4.9.05

Vigésimo Tercero Domingo del T.O.: Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20

¿Qué es el amor al prójimo? ¿Es ganar la aprobación del prójimo? ¿Es complacer y satisfacer al prójimo? Sabemos por la luz natural de la razón que no puede ser así. Y las Escrituras enseñan lo mismo. En Ezequiel, leemos que Dios dice que el profeta tiene que amonestar y informar al prójimo del mal camino, o el profeta mismo pagará con su propria vida. En el Evangelio, Jesucristo le da a sus discípulos un proceso de corregir al hermano: primero a solas, despúes con testigos, y finalmente por medio de la comunidad entera. No es asunto de complacer al hermano que cae en error. Es asunto de corregir. Y si el hermano no escucha y no acepta la corrección hay que apartarse del hermano como si fuera pagano o publicano para que el hermano se de cuenta de su situación.

San Pablo escribe que no debemos de tener deuda ninguna más que la deuda del amor mutuo. Ese amor mutuo resume a los mandamientos. Nota que Pablo menciona el mandamiento de no dar falso testimonio. El amor mutuo requiere no dar falso testimonio. Dicho positivamente, el mandamiento de no dar falso testimonio es un mandamiento de comunicar la verdad. El amor no existe aparte de la verdad porque la verdad es necesaria para hacerle bien a cualquier persona, y el amor es cosa de hacerle el bien con objetividad al otro. Padres no deben quedarse mudos cuando ven a sus hijos asociando con gente de mal carácter o contemplando matrimonio con alguien que no le conviene. Amigos no se pueden quedar mudos cuando ven a sus amigos en el peligro moral. El amor requiere el riesgo de ser rechazado por el amado. El que pierde su vida por Cristo la encontrará.

A veces tenemos que abandonar prudentemente y con cuidado la cortesía y la diplomacia que imuniza al prójimo de la verdad. Amar es avanzar el bien verdadero del otro. No se puede sustituir por ese amor auténtico el deseo egoísta de ser popular con el otro o aprobado por el otro.