27.3.05

Domingo de Resurrección: Hechos 10:34, 37-43; Colosenses 3:1-4; 1 Corintios 5:6-8

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles vemos la realidad de la Resurrección de Cristo: no era la vuelta de un mero fantasma o espíritu, pero una resurrección corporal y verdadera. Pedro dice en su sermón «que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos». No se come y bebe con un fantasma o con una mera visión. Se come y se bebe con un Jesús que ha vuelto con su cuerpo propio, un cuerpo verdadero, pero ahora inmortal y transformado en gloria.

Esto no fue invento. El Evangelio nos dice que los apóstoles Pedro y Juan «hasta entonces [hasta el momento de ver la tumba vacía] no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos». Fueron sorprendidos. No inventaron nada. No esperaban la Resurrección. Fueron convencidos por la tumba vacía y por sus encuentros con el Jesús resucitado que comió y bebió con ellos.

Pero hay mas. San Pablo escribe en la lectura de hoy que en el momento de nuestra conversión y bautismo hemos resucitado con Cristo. En el momento de nuestro bautismo ya empieza la transformación que acaba y que se completa en la resurrección de nuestros cuerpos cuando Jesús vuelva por segunda vez y cuando nosotros también nos manifestaremos gloriosos.

20.3.05

Domingo de Ramos (De la Pasión del Señor): Mateo 21:1-11 (Entrada); Isaías 50:4-7; Filipenses 2:6-11; Mateo 26:14-27, 66

El Evangelio principal de hoy no trata de la entrada a Jerusalén con los ramos, sino con la Pasión de Cristo. Esa Pasión es una llamada a cada uno de nosotros a estirar nuestros brazos entre la tierra y el cielo en imitación de Cristo con sus brazos abiertos en la cruz. Es una llamada a un abandono total a la voluntad de Dios para nuestras vidas. Vemos ese abandono total en la vida del Papa Juan Pablo II que muestra su devoción a María con la frase en latín Totus Tuus («Todo Tuyo»). Nosotros también decimos, en imitación de María y de Jesús, en abandono total a la voluntad de Dios para cada uno de nosotros: Totus Tuus.

13.3.05

5o Domingo de Cuaresma: Ezequiel 37:12-14; Romanos 8:8-11; Juan 11:1-45

Anticipamos la celebración de Pascua con estas lecturas sobre la resurrección. En Ezekiel, vemos que ya existía en Israel la esperanza de la resurrección de los muertos «por obra» del Espíritu Santo. En Romanos, san Pablo le dice a los cristianos que ya habita el Espíritu Santo en ellos, pero que en el futuro ese mismo Espíritu nos resucitará de entre los muertos. En el Evangelio, Jesús vuelve a la vida el cuerpo muerto de su amigo Lázaro. Este milagro no es precisamente lo mismo que la resurrección porque Lázaro volvería a morir otra vez en el futuro. En la resurrección no moriremos otra vez. Pero, de todos modos, el milagro de Lázaro apunta a la resurrección de Cristo y de todos nosotros--es una anticipación imperfecta de la resurrección de los muertos que destruye la muerte por siempre.

6.3.05

4o Domingo de Cuaresma: 1 Samuel 16:1b, 6-7, 10-13a; Efesios 5:8-14; Juan 9:1-41

Las lecturas de hoy tienen un tema sacramental. Cuando el profeta Samuel ungió a David, el Espíritu de Dios reposó en David. Cuando Jesús le puso lodo en los ojos del hombre ciego y cuando el ciego se lavó en el agua, el ciego comenzó a ver. San Pablo describe la transformación del convertido que sale de las tinieblas y entra en la luz. Pablo exhorta a sus oyentes que se levanten de entre los muertos para que Cristo sea su luz. En Romanos 6, Pablo describe esta misma transformación por medio del bautismo en cual morimos, somos enterrados, y resucitamos como Cristo cuando descendemos en las aguas del bautismo y cuando salimos de esas mismas aguas. Dios nos cura por medio de gestos materiales. Dios trabaja por medios sacramentales. No se puede ignorar. El tema sacramental es un tema bíblico. No fue inventado siglos después.

3.3.05

3er Domingo de Cuaresma: Éxodo 17:3-7; Romanos 5:1-2, 5-8; Juan 4:5-42

Vamos a empezar con el Evangelio. ¡Qué encuentro! Jesús se atreve a tratar a una raza odiada por los judíos. Jesús se atreve a hablar con una mujer. Jesús le pide un favor a la mujer. Y se interesa en la vida de la mujer samaritana. Le hace la pregunta clave que revela el problema de su vida: el hombre que tiene no es su marido. Y por el poder del Espíritu Santo la mujer dice la verdad. Una vida de confusión y mentira acaba en la confesión de la realidad que el hombre que tiene ahora no es su marido. Ahí en esa confesión verdadera empieza su conversión y su misión evangélica.

Nosotros también tenemos que enfrentar la verdad en nuestras vidas. La verdad es la realidad. Cristo no nos llama a escapar la realidad, sino a ver por primera vez la realidad de nuestras vidas y vivir en esa realidad. La mujer samaritano se dio cuenta de la contradicción central de su vida y cambió. La verdad es realismo. El cristianismo nos llama al realismo. En la sociedad, hay cierta idea que el cristianismo es una fantasía que no refleja las dificultades de la vida. Al contrario, somos nosotros, en una cultura sin Dios, que tapamos la verdad de nuestras vidas. Cristo nos abre los ojos.

En el libro del Éxodo, Moisés le abre los ojos a los israelitas dudosos de la providencia de Dios cuando produce agua de la piedra. San Pablo habla que la muerte de Jesús por nosotros «cuando aún éramos pecadores» prueba el amor de Dios. Ese mismo amor que iba acabar en la muerte le abrió los ojos con sus preguntas insistentes a la mujer samaritana. Y hoy nos abre nuestros ojos a la verdad, a la dignidad, y a la esperanza que tenemos en Cristo.