21.2.05

2a Semana de Cuaresma: Génesis 12:1-4; 2 Timoteo 1:8-10; Mateo 17:1-9

Abram hizo algo extraordinario. Recibió promesas ambiguas de un Dios que en verdad él no conocía muy bien, y dejo su país, su parentela, y la casa de su padre. Lo dejo todo. Hizo el papel de un ridículo. Pero ese ridículo llego a ser el padre de la nación de donde surgió Cristo, el Mesías. Abram es en verdad nuestro padre en la fe porque no tuvo miedo de aparecer ridículo.

San Pablo escribe a Timoteo que estamos llamados a esa misma fe que acaba en entregar y consagrar nuestras vidas enteras a Dios. Esta salvación es por medio de Cristo, el descendiente prometido de Abram por cual todas las naciones son bendecidas.

En el Evangelio, Jesús se reune con los dos grandes profetas de la Vieja Alianza, Moisés y Elías, en la Transfiguración. Jesús es el cumplimiento de la promesa original al patriarca Abram. Ahora conocemos lo que Abram no conocía. Vale la pena dejarlo todo por una promesa tan clara de un Dios que llegó a ser hombre.

13.2.05

1er Domingo de Cuaresma: Génesis 2:7-9; 3:1-7; Romanos 5:12-19; Mateo 4:1-11

Las lecturas nos hablan de la tentación. En Génesis, la primera pareja deja de confiar en la providencia de Dios y se lanza a tomar la situación en sus proprias manos. Por eso comen de la fruta prohibida del árbol del conocimiento del bien y del mal. Además de la desconfianza en lo que Dios planea para ellos, quieren usurpar el lúgar de Dios y llegar a ser como dioses. Finalmente, no quieren obedecer y servir a Dios. Quieren solamente complacerse. Por eso acaba que el primer hombre y la primera mujer ya no pueden confiar en el otro y tienen que cubrir su desnudez. La inocencia y la confianza mutua se acaban.

Pero en el Evangelio, viene otro hombre, Jesús, que resiste las mismas tentaciones del mismo diablo. Jesús confía en Dios para aliviar su hambre y no se atreve a tomar la situación en sus proprias manos en desconfianza de la providencia de su Padre. Jesús no se atreve a manipular al Padre como le pide el diablo hacer si se tira de la altura del templo. Jesús no se atreve a someterse al diablo porque sabe que se tiene que servir solamente al Padre. Jesús lo hace todo en una manera opuesta a la primera pareja humana.

Por eso san Pablo puede decir con confianza que la obediencia del Segundo Adán nos hace justos y por eso empezamos a recobrar poco a poco la inocencia perdida-- una inocencia que tendremos en su plenitud cuando se renova todo el mundo a la segunda venida de Cristo.

6.2.05

5o Domingo del T.O.: Isaías 58:7-10; 1 Cor. 2:1-5; Mateo 5:13-16

The midday sunImage by play4smee via Flickr
Isaías habla en manera casi poética cuando nos dice que «tu oscuridad será como el mediodía». Eso pasará si primero compartimos, si abrimos nuestras casas y nuestras vidas al otro, si vestimos al desnudo, y si no le damos la espalda a nuestros hermanos (nota que en el uso bíblico «hermano» incluye mas, mucho mas, que solamente otro hijo o hija de nuestros mismos padres). 


En el Evangelio, Jesús dice que sus seguidores son como la sal que sana y da sabor a la vida. Somos como la luz que no se puede esconder. Esa luz completa la profecía de Isaías que la oscuridad se convertirá a mediodía. Y san Pablo apunta precisamente la encarnación de la generosidad, la compasión, y la luz que alumbra al mundo: Jesucristo «más aun, . . . Jesucristo crucificado».


Por eso, nosotros los católicos no escondemos el cuerpo torturado de Cristo en la cruz. Tenemos crucifijos, no solamente cruces brillantes sin un cuerpo sufriendo, porque sabemos que es la pasión y el sufrimiento del Cristo crucificado que alumbra al mundo. Él que lee las cartas de san Pablo reconoce claramente que Pablo era católico, muy católico, y se gloriaba solamente en Cristo crucificado y en mostrarlo a todos (Gálatas 6:14).