11.12.05

Tercer Domingo de Adviento: Isaías 61:1-2, 10-11; 1 Tesalonicenses 5:16-24; Juan 1:6-8, 19-28

La lectura de Isaías es un momento magnífico: anuncia la revolución del Mesías. Jesús mismo lee esta misma lectura en la sinagoga de Nazaret cuando empieza su ministerio público (Lucas 4:16-30). En el Evangelio de Juan, no tenemos este episodio conocido como el rechazo en Nazaret. Lo que tenemos en la lectura de Juan para hoy es Juan el Bautista anunciando la revolución que viene con el Mesías. El Bautista apunta a Jesús como el Mesías que cumplirá las profecias y los anhelos de Israel.

Y si es algo revolucionario como vemos claramente en la lectura de san Pablo. ¿Cuáles son los rasgos de esta revolución? Son muy diferentes de lo que ha pasado en las revoluciones que conocemos en los países latinoamericanos. En esas revoluciones políticas casi todo acaba en matanzas, persecuciones, corrupción, y desilusión--y el pueblo va de mal a peor. Se ve lo mismo claramente hoy en Cuba (por muy largo tiempo) y más recientemente en Venezuela y seguramente en otros países que no conozco bien. Pero la revolución mesiánica es totalmente diferente--no acaba en desilusión como los proyectos grandiosos de los humanos.

En contraste, Jesús ofrecía a los judíos, sus compatriotas, de ese tiempo un tipo de revolución que sus líderes acabaron en rechazar--aunque obviamente muchos del pueblo judío si aceptaron la invitación de Jesús. Los líderes y los revolucionarios políticos querían guerra militar con una victoria militar sobre los ocupadores romanos. Jesús, en cambio, ofrecía una revolución contra las fuerzas de maldad que existen en el corazón humano. Quedaron las aspiraciones políticas frustradas y por eso rechazaron al Mesías sorprendente que no se adaptaba a lo que ellos anhelaban. Hacemos lo mismo hoy en muchos casos cuando tratamos las ideologías y la política humana como una religión misma que sustituye a Cristo.

Pero tenemos que volver a la pregunta clave. ¿Cuáles son los rasgos de la revolución verdadera y mesiánica? San Pablo nos instruye: alegría, oración constante, gratitud, profecía, evitar toda clase de mal, paz, santificación. En otras palabras, transformación personal que, a su propio tiempo, tiene que acabar en transformación social. Esa es la verdadera revolución que no acaba en la desilusión que conocemos muy bien en nuestra experiencia.

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