4.12.05

Segundo Domingo de Adviento: Isaías 40:1-5, 9-11; 2 Pedro 3:8-14; Marcos 1:1-8

Tenemos en Isaías 11:1-10 (la lectura del ciclo A) los dones del Espíritu Santo: sabiduría e inteligencia, consejo y fortaleza, piedad y temor de Dios. También tenemos un representación del nuevo mundo que entraremos cuando venga Jesús por la segunda y final vez. Noten que los dones del Espíritu Santo incluyen--hasta primeros en la lista--la sabiduría e inteligencia. El cristianismo nos obliga a pensar y pensar bien: a dedicar nuestra inteligencia a Dios. Solo Dios completa y realiza el destino y las aspiraciones de nuestra inteligencia por medio del «espíritu del Señor».

Pero la lectura de Isaías que tenemos hoy para el nuevo año de lecturas (Ciclo B) es diferente y viene de otro capítulo: Isaías 40:1-5, 9-11. Comenté primero sobre la lectura del Ciclo A porque se relaciona centralmente con la lectura de hoy. En Isaías 11, se nos presenta el Espíritu Santo que posee el Mesías. En Isaías 40, que se lee hoy, vemos los hechos maravillosos del mismo Mesías: «Que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane». Todos estos hechos maravillosos vienen por el Espíritu Santo que lo arregla todo sin excepción. Esta transformación acaba en un nuevo mundo. Pasará todo esto completamente cuando vuelva Jesús otra vez. Pero también empieza ahora, durante el Adviento, cuando cae sobre nosotros el Espíritu de Dios que transforma y arregla todo «lo torcido» y «lo escabroso» en nuestras vidas.

En el Evangelio, san Juan Bautista predica que «el que viene después de mí, es más fuerte que yo, . . . . Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego». Como el profeta Isaías, Juan el Bautista, el último de los profetas de la Alianza Vieja, apunta al Espíritu Santo que trae el Mesías. San Pedro en su segunda carta se refiere a las Escrituras, inspiradas por ese mismo Espíritu, Escrituras que nos dan la paciencia y el consuelo. Pedro instruye a sus oyentes y lectores que vivan en «perfecta armonía unos con otros, conforme al espíritu de Cristo Jesús»--otra referencia al Espíritu Santo (compare el Catecismo de la Iglesia Católica, sección 693).

Jesús nos bautiza con el Espíritu Santo si nos entregamos totalmente y humildemente a Jesús. Aquí y hoy mismo entre los cristianos, en la Iglesia, se anticipa el nuevo mundo de caridad, paz, y armonía que Isaías describe tan gloriosamente. Esa anticipación del mundo renovado por Cristo al final de la historia la vivimos hoy mismo por medio del bautismo del Espíritu Santo. ¡Hoy, si no le has pedido a Cristo que te bautize--quiere decir que te inunde--en el Espíritu Santo, hazlo! Con esa inundación (el sentido original de la palabra «bautismo») abrimos completamente las fuentes de los sacramentos que hemos ya recibido como católicos, especialmente el Bautismo sacramental de agua y la Confirmación. Jesús nos da por medio del fuego del Espíritu Santo una anticipación de la nueva tierra y el nuevo cielo que brotarán cuando Jesús vuelva por segunda vez. No te lo pierdas.

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