25.12.05

La Natividad del Señor (Misa de la Aurora): Isaías 62:11-12; Tito 3:4-7; Lucas 2:15-20

¿Qué hacemos cuando viene la esperanza, la salvación, que nos libera de la sombra de la muerta y de la desilusión, que a veces es peor que la muerte? Vamos a ver la reacciónes en las lecturas de hoy.

Anticipando la llegada del Mesías, el profeta Isaías anuncia por el poder del Espíritu Santo que «llega tu salvador» en su victoria y acaba con nuestro abandono. Se anuncia como algo seminal y explosivo que lo cambia todo. La primera reacción al Salvador es, entonces, darse cuenta que esto es algo que cambia todo, es un terremoto.

Pablo escribe a Tito que el Salvador nos salva no por nuestro mérito sino por medio de su misericordia. Y tenemos muy cerca las maneras de recibir esta salvación: el bautismo «que nos regenera y nos renueva» y el Espíritu Santo que cae sobre nosotros. No es algo escondido, pero algo que tenemos a la mano, algo muy simple: abrirnos con fe y ser bautizados con agua y con el Espíritu Santo y realizamos «la esperanza de la vida eterna» que empieza ahora mismo.

Finalmente, tenemos en el Evangelio la reacción de los pastores al conocer el niño: fueron «alabando y glorificando a Dios por todo cuanto habían visto y oído, según lo que se les había anunciado». Como Isaías, los pastores van anunciando: son los primeros evangelistas.

En resumen, estas son las reacciones a la Encarnación que vemos en estas lecturas: anunciar que algo de una importancia explosiva occurre; darse cuenta que Cristo nos ofrece misericordiosamente y gratuitamente una salvación completa de todas las sombras de la vida por los medios simples de fe, bautismo, y el Espíritu Santo; que los frutos de esa salvación son la glorificación de Dios y la evangelización. Ese es el programa de Navidad.

1 comentario:

Andrés Devesa dijo...

Versos al hijo de dioS

"Jesucristo no era un pacifista. No era un mariquita."
Reverendo Jerry Falwell

Los firmes pechos de María resplandecían espléndidos
al dar de mamar al hijo de Dios.
El bastardo mordisqueaba con delicadeza
los pezones de su madre,
al tiempo que frotaba con su pequeña manita
el clítoris puro de su inmaculada concha,
arrancando gemidos de placer
de las entrañas de su virginal progenitora.
María chorreaba de lujuria y orgullo,
encandilada por las divinas palabras
que le susurraba al oído:
«Bendita eres entre todas las mujeres,
perra espléndida,
y bendito es el fruto de tu vientre
y de tu húmedo y rojo sexo.»
José, el carpintero, decidió serrar
su flácido miembro de cornudo;
humillado, desaparecerá en las calles
de Amsterdam, látigo, corsé y botas de cuero rojo.
¡Oh, Jesús! El placer de consumar
el glorioso incesto, renegar del padre
y abrazar al hideputa, besando
su sucio y maloliente trasero rojo.
Bajo la dorada cúpula se celebrará,
entre humo blanco y putrefacción de siglos,
la sagrada orgía, espectáculo del Apocalípsis,
donde el Gran Cabrón te montará
y tú orinarás -culminación de tu reinado-
sobre el álbum de fotos de tu sagrada familia.
Por los siglos de los siglos, así sea.