18.12.05

Cuarto Domingo de Adviento: 2 Samuel 7:1-5, 8-12, 14, 16; Romanos 16:25-27; Lucas 1:26-38

En la primera lectura, el profeta Natán recibe del Señor un mensaje para David: «te daré una dinastía . . . . engrandeceré a tu hijo . . . . y tu trono será estable eternamente». El hijo de David que asumió el trono era Salomón, el mismo Salomón que fue el segundo hijo de David con Betsabé (2 Sam. 11)--una relación que empezó con un adulterio que incluía planear la muerte del esposo de Betsabé. Es muy asombroso que por medio de este acontecimiento y crimen continua la dinastía que acaba con el reinado de Jesucristo, el hijo de David.

San Pablo escribe a los romanos sobre el Evangelio y la predicación de Cristo como «la revelación del misterio . . . que ahora, en cumplimiento del designio eterno de Dios, ha quedado manifestado por las Sagradas Escrituras». Si, es asombroso como Dios sacó de un crimen la salvación del mundo.

En el Evangelio propio, tenemos la visita del ángel a María. El ángel Gabriel anuncia el nacimiento de Cristo al cual «el Señor Dios le dará el trono de David, su padre». La promesa mesiánica se enfoca en David y se realiza precisamente por medio de la línea real de Salomón producto de un adulterio criminal como vemos en Mateo 1:6. ¿Qué debemos de pensar de todo esto que es tan extraño?

Dios no aprueba de lo malo: mandó la muerte del primer hijo de David y Betsabé. El profeta Natán fue enviado por Dios para enfrentarse con David sobre su crimen. Y David acabó arrepentido. Pero de una relación que surgió de lo malo y lo criminal, Dios hizo algo maravilloso: produció el Mesías. En nuestras vidas, vemos las consecuencias de hechos malos y hasta en algunos casos de crimenes actuales. Dios hasta en esas condiciones nos llama a la conversión y nos escoge para avanzar su reino. De lo malo, de que nosotros los humanos no podemos sacar nada bueno, Dios mismo si puede sacar lo bueno. Por eso, creo que Jesús nos llama a no condenar a los individuos en sí: Dios puede salvar el mundo usando a cualquiera, usando hasta nosotros como usó a David y a Salomón.

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