13.11.05

Trigésimo Tercero Domingo del T.O.: Proverbios 31:10-13, 19-20, 30-31; 1 Tesalonicenses 5:1-6; Mateo 25:14-30

La diligencia sobria. Este es el tema de hoy. En Proverbios, vemos una alabanza extraordinaria a la mujer «hacendosa . . . . que teme al Señor». Existen tales mujeres y cuando las encontramos, las Escrituras requieren que ese tipo de mujer sea «alabada por todos». En algunas culturas, familias, y algunos círculos sociales, no se alaba mucho a la gente, sea hombre o mujer. Se guarda el silencio, y se rompe el silencio solamente cuando alguien fracasa en algo. Eso no es la manera bíblica ni cristiana: debemos de consolarnos unos a los otros y a honrar a los que merecen el honor. En Proverbios, se alaba especialmente la mujer activa, diligente, inteligente, y sabia. No es cosa de mujer pasiva o callada. Es cosa de una mujer muy activa y productiva que tiene ámbito para sus talentos prodigiosos.

En la epístola, san Pablo acaba diciendo que nos mantegamos «despiertos y vivamos sobriamente». Quiere decir, todos debemos ser tan diligentes como la mujer que merece la alabanza en Proverbios. La cristiandad no llama a nadie a ser pasivo: eso es típico de las religiones orientales, no de la de nosotros. El cristianismo pone como modelo a la persona práctica y prudente que aprovecha las oportunidades para hacer el bien.

En el Evangelio, Jesús cuenta la famosa parábola de los servidores que explotaron en diferentes maneras al dinero que se le encargó. El único servidor condenado en la parábola es el perezoso que hizo nada con lo que se le había encargado. Otra vez, vemos que el cristiano está obligado a ser diligente. Pero no podemos dejarlo así en una manera tan indeterminada. ¿Diligente para qué? No es diligencia para la vanidad (como nos advierte la lectura de Proverbios), no es diligencia para la seguridad falsa del materialismo (como nos advierte implícitamente san Pablo), y no es tampoco la diligencia falsa del servidor que por resentimiento y miedo busca una falsa seguridad en no arriesgarse (como nos cuenta el Evangelio). Es una diligencia sobria que sabe que lo más importante es el Señor quien nos hizo y quien nos mantiene vivo momento tras momento, el mismo Señor que aparece en la parábola y que vendrá otra vez a este mundo.

1 comentario:

Roberto Iza Valdes dijo...
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