9.10.05

Vigésimo Octavo Domingo del T.O.: Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14, 19-20; Mateo 22:1-4

Hoy quiero comentar sobre el tema de la cooperación con la voluntad de Dios. Somos libres en el sentido que podemos cooperar o rechazar a Dios. Todo lo que pasa en el mundo no es por mano de Dios. La maldad viene de nuestro rechazo de la voluntad de Dios en nuestras vidas y también viene por la influencia del diablo en este mundo. Dios permite la maldad porque nos hizo seres dignos de la libertad, pero Dios no es autor de lo malo. Por eso nuestra cooperación es tan importante. Para que se desenvuelva la voluntad de Dios para nosotros tenemos que cooperar.

En Isaías tenemos la fiesta que el Señor prepará para los que cooperan. Los invitados a la fiesta dicen «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara». Los que llegan a la gran fiesta esperaban en Dios por su salvación. ¿En quién o en qué esperamos nosotros para ser salvados? ¿Esperamos en el dinero o en la fama o en el prestigio? ¿Esperamos en una relación romántica? Los que llegan al banquete esperan en Dios para la salvación.

En su carta a los filipenses, san Pablo dice que el tiene fuerza, sea en pobreza o en abundancia, porque todo lo puede unido a Cristo que le da la fuerza. Pablo espera solamente en Cristo para sus necesidades.

En el Evangelio, tenemos la parábola de la boda del rey. No hubo la cooperación de los invitados. Quedaron indiferentes a una invitación real. Es asombrante, pero nosotros los humanos tenemos tremenda capacidad para ser indiferentes. A veces uno se tiene que quedar pasmado de como tantos son indiferentes a lo que les conviene, hasta cuando se le ofrece gratuitamente. Pero así es la cosa. ¿Porqué tanta indiferencia obstinada y obtusa? Creo que viene de la ilusión que no necesitamos a nada más o a nadie más. Es un tremendo error basado en el orgullo y la arrogancia de ser confiados en nosotros mismos. En verdad necesitamos siempre porque somos tan incompletos. Y él que nos completa es Jesucristo. Sin Cristo no podemos hacer en realidad nada que dure. No debemos rechazar la invitación del Rey.

Y la otra verdad que nos llama la atención en la parábola es que el Rey no mantiene la invitación por siempre. Llega un momento de decisión para todos; y si rechazamos la oportunidad, se invita a otros en nuestro lugar.

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