24.7.05

Decimoséptimo Domingo del T.O.: Reyes 3:5-13; Romanos 8:28-30; Mateo 13:44-46

Salomón le pidió a Dios solamente la «sabiduría de corazón» y no larga vida, ni riquezas, ni la muerte de sus enemigos. Por eso, Dios le dió la sabiduría y además lo que no había pedido: gloria y riqueza en abundancia. Como en las parábolas del tesoro y de la perla en el Evangelio de hoy, Salomón sabía lo que valía mas que nada: la sabiduría que procede de Dios. Nosotros también, especialmente después de tener experiencia de la vida, conocemos la desilusión que traen las cosas separadas y aparte de Dios, cosas como las riquezas o la gloria o hasta la destrucción vacía de nuestros enemigos. Todo eso no es suficiente para el corazón. El corazón humano necesita la sabiduría de corazón que solamente procede de Dios para ser satisfecho.

Y, si perseguimos esa sabiduría de Dios, además recibiremos todo lo que necesitamos como lo recibió Salomón. Por eso, san Pablo dice en la lectura de hoy «que todo contribuye para bien de los que aman a Dios». Los que escogen amar a Dios y poner en el primer plano la sabiduría de corazón que solamente Dios puede dar--como hizo Salomón y los que encontraron el tesoro y la perla en las parábolas de Jesús--serán bienaventurados abundantemente en todas las circunstancias de la vida.

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