12.6.05

Undécimo Domingo del T.O.: Éxodo 19:2-6; Romanos 5:6-11; Mateo 9:36-10, 8

El amor de Dios es universal pero también muy particular. La lectura del Éxodo nos muestra Dios escogiendo un solo pueblo, un pueblo pequeño y sin importancia, como su «tesoro . . . aunque toda la tierra es mía». En el Evangelio, Jesús manda a los apóstoles en una misión inicialmente muy particular: solamente a «las ovejas perdidas de la casa de Israel».

Ahora todos de todas las naciones son «las ovejas perdidas de la casa de Israel». En Jesucristo, Dios ahora tiene como su tesoro a toda la tierra. El mismo amor muy particular a Israel--manifestado detalladamente en las páginas del Viejo Testamento-- se ha extendido a todos nosotros. San Pablo es el gran apóstol de estas buenas nuevas y proclama a los romanos que Cristo murió «por los pecadores en el tiempo señalado». El pecador es él que se cierra a la vida abundante y generosa que es el destino por cual fuimos creados. Todos estos, todos nosotros, ahora somos, sin distinción de raza o nación o lengua, el tesoro comprado por el cuerpo y la sangre de Cristo.

1 comentario:

Teófilo de Jesús dijo...

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Teófilo